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La semana siguiente estuve muy atareado. Ya no recuerdo si porque tenía poco tiempo para preparar la conferencia que me habían encargado, o fue debido sólo a la presión de trabajo a la que me había sometido a mí mismo, en busca del éxito profesional.
La idea inicial que tenía para la conferencia no llevaba a ninguna parte. Cuando me puse a revisarla tropecé con una retahíla de arbitrariedades, en lugar del buen tino y la regularidad que esperaba. En vez de resignarme, seguí buscando, agobiado, con terquedad y miedo, como si con mi visión de la realidad naufragara también la realidad misma, y estaba dispuesto a darles la vuelta a los hechos comprobados, a hincharlos o camuflarlos. Entré en un estado de extraña inquietud; conseguía dormirme cuando me iba a la cama tarde, pero al cabo de unas pocas horas me encontraba otra vez despierto, hasta que me decidía a levantarme y seguir leyendo o escribiendo.
Hice también todo lo necesario en relación con la puesta en libertad de Ha
Pero me bastaba para no tener que pensar en mi visita a Ha
Por la tarde, antes de pasar a buscarla, llamé a la cárcel. Primero hablé con la directora.
– Estoy un poco nerviosa. Normalmente, sabe usted, cuando se pone en libertad a alguien después de tantos años, esa persona pasa primero unas cuantas horas o días fuera. Pero Fiau Schmitz se ha negado. Mañana lo pasará mal.
Me pusieron con Ha
– ¿Qué te apetece hacer mañana? ¿Quieres que te lleve a casa directamente o prefieres ir a dar un paseo por el bosque o por la orilla del río?
– Me lo pensaré. Sigues siendo un gran planificador, ¿eh?
Aquello me molestó. Me molestó igual que cuando mis novias me decían que me faltaba espontaneidad, que me regía demasiado por el cerebro y muy poco por el estómago.
Ella detectó mi enfado en mi silencio y se rió.
– No te enfades, chiquillo, no lo decía con mala intención.
Había encontrado a Ha