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Cuando estaba trabajando en la tesina, murió el catedrático que había organizado el seminario de Auschwitz. Gertrud encontró la esquela casualmente en el diario. El entierro era en el cementerio de Bergfriedhof. Me preguntó si quería ir.

No quería. El entierro era un jueves por la tarde, y yo tenía dos exámenes el jueves y el viernes por la mañana. Además, aquel profesor y yo nunca nos habíamos entendido muy bien. Y no me gustaban los entierros. Y no quería acordarme del juicio.

Pero ya era demasiado tarde. El recuerdo ya había vuelto, y el jueves, cuando salí del examen, me pareció que tenía una cita con el pasado a la que no podía faltar.

Cogí el tranvía, cosa que normalmente nunca hacía. Eso ya fue un reencuentro con el pasado, como regresar a un lugar que nos es familiar pero ha cambiado de aspecto. Cuando Ha

Subí al tranvía, por supuesto sin revisor, y me dirigí al cementerio. Era un día frío de otoño, con el cielo despejado y algo neblinoso y un sol amarillo que ya no calentaba y al que se podía mirar de frente sin que dolieran los ojos. Tuve que buscar un rato hasta encontrar el lugar de la ceremonia. Pasé entre árboles altos y pelados, entre viejas lápidas. De vez en cuando veía a algún empleado del cementerio trabajando en los jardines o a alguna vieja con una regadera y unas tijeras de podar. Había mucho silencio, y oí de lejos el himno litúrgico que estaban cantando al pie de la tumba del catedrático.

Me quedé un poco apartado, observando a la escasa concurrencia. Había unos cuantos individuos que parecían a todas luces gente de pocos amigos o algo excéntrica. De los discursos que pronunciaron sobre la vida y la obra del catedrático parecía desprenderse que aquel hombre se había sacudido el yugo de las ataduras sociales y había perdido el contacto con ellas, para volverse autosuficiente y acabar convirtiéndose en un solitario.

Reconocí a un antiguo compañero del seminario de Auschwitz; se había licenciado antes que yo y luego había empezado a trabajar de abogado, hasta que se cansó y abrió un bar; llevaba un abrigo largo de color rojo. Se dirigió a mí cuando todo había acabado y yo me volvía ya hacia la puerta del cementerio.

– Tú y yo éramos compañeros de clase, ¿no te acuerdas?

– Sí.

Nos dimos la mano.

– Yo siempre iba al juicio los miércoles, y a veces te llevaba en coche -dijo, soltando una carcajada-. Tú, en cambio, ibas todos los días, todos los días y todas las semanas. Siempre me he preguntado el motivo. ¿Por qué no me lo cuentas ahora?

Me miró con benevolencia y expectación, y recordé que aquella mirada ya me había llamado la atención en clase.

– El juicio me interesaba especialmente.

– O sea que el juicio te interesaba especialmente. -Volvió a reír-. ¿Seguro que lo que le interesaba era el juicio? ¿No sería más bien una de las acusadas? ¿Aquella que estaba de bastante buen ver? No le quitabas la vista de encima. Todos nos preguntábamos qué os traíais entre manos tú y ella, pero nadie se atrevía a decírtelo a ti. En aquella época éramos todos terriblemente comprensivos y considerados. ¿Te acuerdas de…?

Empezó a hablar de otro compañero del seminario, que tartamudeaba o ceceaba y no paraba de decir tonterías, y al que escuchábamos como si fuese un oráculo. Y luego pasó a hablar de otros compañeros, de cómo eran entonces y lo que hacían ahora. Hablaba y hablaba. Pero yo sabía que al final me volvería a preguntar: «Bueno, y dime, ¿qué os traíais entre manos tú y la acusada aquella?» Y no sabía qué responderle, cómo mentir, cómo decir la verdad, cómo esquivarlo.

Llegamos a la puerta del cementerio y me hizo la pregunta. Miré hacia la parada y vi que en aquel momento estaba llegando el tranvía, y grité: «Hasta luego», y eché a correr, como si pudiera encaramarme de un salto a la plataforma, y perseguí al tranvía y golpeé la puerta con la palma de la mano. Y entonces sucedió lo que ya no creía posible, lo que no me atrevía a esperar. El tranvía volvió a parar, se abrió la puerta y entré.