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Nunca supe lo que hacía Ha

0 me recitaba: «Pues mira, tengo que barrer, tengo que fregar, tengo que lavar, tengo que planchar, tengo que comprar, tengo que hacer el desayuno, la comida y la cena y beberme un vaso de leche y meterme en la cama.»

Tampoco me la encontré nunca casualmente en la calle, o en una tienda, o en el cine. Decía que le gustaba mucho ir al cine, y durante los primeros meses insistí en que fuéramos juntos, pero ella no quería. A veces hablábamos de películas que habíamos visto los dos. En cuestión de cine, parecía tener los gustos más variopintos: veía toda clase de películas, desde bélicas o folklóricas alemanas hasta la nouvelle vague, pasando por las del Oeste. A mí lo que me gustaba era todo lo que venía de Hollywood, fueran películas de romanos o de vaqueros. Había una del Oeste que nos gustaba especialmente; salía Richard Widmark en el papel de un sheriff que debe afrontar a la mañana siguiente un duelo que no tiene ninguna posibilidad de ganar; al anochecer llama a la puerta de Dorothy Malone, que le ha aconsejado huir, aunque él no le ha hecho caso. Ella abre la puerta. «¿Qué quieres? ¿Toda tu vida en una noche?» A veces, cuando yo llegaba rebosante de deseo, Ha

Sólo una vez vi a Ha

Hacía días que Ha

Pero ella no quiso.

Prefiero bañarte, chiquillo.

No fue el bochorno veraniego lo que se posó sobre mí como una pesada tela cuando entré en la cocina. Era el calentador, que estaba encendido. Ha

– Y ahora vete con tus amigos.

Me despidió, y yo me fui. El calor envolvía las casas, yacía sobre los huertos y jardines y reverberaba sobre el asfalto. Me sentía aturdido. En la piscina, el griterío de los niños que jugaban y chapoteaban llegaba a mis oídos como desde muy lejos. Me encontraba en el mundo como si no formara parte de él ni él de mí. Me sumergí en el agua clorada y turbia y no sentí la necesidad de volver a asomar afuera. Me eché junto a los otros, les escuché y lo que decían me pareció ridículo y trivial.

En algún momento ese estado de ánimo se disipó. En algún momento, aquello se convirtió en una tarde normal en la piscina, con deberes por hacer, partido de voleibol, chismes y coqueteo. No me acuerdo en absoluto de lo que estaba haciendo cuando levanté la vista y la vi.

Estaba a unos veinte o treinta metros, con pantalones cortos y una blusa desabrochada, anudada en la cintura, y me miraba. Yo la miré a ella. A aquella distancia no pude interpretar la expresión de su cara. En vez de levantarme de un salto y echar a correr hacia ella, me quedé quieto preguntándome qué hacía ella en la piscina, si acaso quería que yo la viera, que nos vieran juntos, si quería yo que nos viesen juntos. Nunca nos habíamos encontrado casualmente y no sabía qué hacer. Y entonces me puse en pie. En el breve instante en que aparté la vista de ella al levantarme, Ha

Ha