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¿Por qué me pongo tan triste cuando pienso en aquellos días? ¿Será que añoro la felicidad pasada? Lo cierto es que en las siguientes semanas fui feliz. Me las pasé estudiando como un imbécil, hasta sacar el curso, mientras nos amábamos como si nada más importara en el mundo. ¿O será por lo que descubrí más tarde, por la sombra que ese descubrimiento tardío arroja sobre aquellos días del pasado?

¿Por qué? ¿Por qué lo que fue hermoso, cuando miramos atrás, se nos vuelve quebradizo al saber que ocultaba verdades amargas? ¿Por qué se oscurece el recuerdo de unos años felices de matrimonio cuando nos enteramos de que el otro tuvo un amante durante todo ese tiempo? ¿Acaso porque en semejante situación no se puede ser feliz? Y, sin embargo, ¡éramos felices! A veces un final doloroso hace que el recuerdo traicione la felicidad pasada. A lo mejor es que la única felicidad verdadera es la que dura siempre. Porque sólo puede tener un final doloroso lo que ya era doloroso de por sí, aunque no fuéramos conscientes de ello, aunque lo ignorásemos. Pero un dolor inconsciente e ignorado ¿es dolor?

Recuerdo aquellos días y me veo a mí mismo. Llevaba los elegantes trajes que me habían tocado en suerte a la muerte de un tío rico, junto con varios pares de zapatos de dos colores, negro y marrón, negro y blanco, charol y ante. Tenía los brazos y las piernas demasiado largos, no para los trajes, que mi madre se había encargado de arreglar, sino para coordinar mis propios movimientos. Mis gafas eran de un modelo barato, de la seguridad social, y mi pelo una especie de escoba desgreñada, a pesar de mi empeño en dominarlo. En el colegio no era de los mejores ni de los peores; creo que muchos profesores no llegaron ni a advertir mi presencia, ni tampoco los compañeros que llevaban la voz cantante en la clase. No me gustaba mi aspecto, mi ropa ni mi forma de moverme, m siquiera mis logros ni mis cualidades. Pero estaba rebosante de energía, de confianza en ser un día guapo e inteligente, superior y admirado, de ansiedad por enfrentarme a nuevas personas y situaciones.

¿Será eso lo que me entristece? ¿El celo y la fe que me colmaban en aquella época, mi empeño en arrancarle a la vida una promesa que de ningún modo podía cumplir? A veces veo en las caras de los niños y los adolescentes el mismo celo y la misma fe, y los veo con la misma tristeza con que recuerdo los míos. Esa tristeza, ¿no será la tristeza pura? ¿Es eso lo que nos sobreviene cuando, al mirar atrás, los recuerdos hermosos se nos vuelven quebradizos, al ver que aquella felicidad no se alimentaba sólo de la situación del momento, sino de una promesa que no se cumplió?

Ella -debería empezar a llamarla Ha

Le pregunté por su pasado, y lo que me respondió parecía sacado de un arcón polvoriento. Se crió en la parte alemana de Rumania, a los diecisiete años emigró a Berlín y encontró trabajo en la Siemens, y a los veintiuno fue a parar al ejército. Desde el final de la guerra había ido saliendo adelante con diferentes trabajos de poca monta. De su trabajo de revisora, al que se dedicaba desde hacía unos cuantos años, le gustaba el uniforme y el hecho de que el paisaje fuera cambiando todo el rato y el suelo se moviera debajo de sus pies. Pero lo demás no le gustaba. No tenía familia. Tenía treinta y seis años. Todo eso me lo contó como si no fuera su vida, sino la de otra persona a la que no conocía mucho y tampoco le importaba demasiado. Muchas veces, cuando le pedía más detalles, decía que no se acordaba, y tampoco entendía que me interesase lo que había sido de sus padres, si había tenido hermanos, cómo había vivido en Berlín y lo que había hecho en el ejército.

– Preguntas mucho, chiquillo.

Lo mismo pasaba con el futuro. Por supuesto, no se me pasaba por la cabeza la idea de casarme y tener hijos. Pero me identificaba más con el Julien Sorel de Madame de Rénal que con el de Mathilde de la Môle. Me encantaba que Félix Krull acabara entregándose al final a la madre en vez de a la hija. Mí hermana, que estudiaba filología alemana, habló una vez durante la comida de la polémica en torno a si Goethe y Frau von Stein habían tenido una relación amorosa, y, para asombro de toda la familia, yo me volqué con énfasis en favor del sí. Me imaginaba cómo podía ser nuestra relación al cabo de cinco o diez años. Y una vez le pregunté a Ha

Es curioso que semejante idea y semejante propuesta no me parecieran ridículos. De haber ido de viaje con mi madre, me habría empeñado en tener una habitación para mí solo. Ir con mi madre al médico o a comprarme un abrigo, o que ella me fuera a buscar al regreso de un viaje, ya no me parecía apropiado para mi edad. Cuando iba con ella por la calle y nos cruzábamos con compañeros míos del colegio, temía que me tomaran por un perrito faldero. Pero que me vieran con Ha

Hoy en día, cuando veo a una mujer de treinta y seis años, la encuentro joven. Pero cuando veo a un muchacho de quince años, veo a un niño. Ha

El recuerdo, que ilumina con claridad y retiene firmemente mis primeros encuentros con Ha

También nuestros encuentros se han convertido en mi recuerdo en un único y largo encuentro. A partir de la conversación, siempre nos veíamos por la tarde: cuando ella tenía turno de noche, estábamos juntos de tres a cuatro y media, y en caso contrario quedábamos a las cinco y media. En casa se cenaba a las siete, y al principio Ha

Y el motivo de que nos faltara tiempo es que había empezado a leerle en voz alta. El día siguiente a nuestra conversación, Ha

– ¿Y no aprendes también alemán?

– ¿Qué quieres decir?

– ¿Sólo aprendes lenguas extranjeras, o también os enseñan algo en la lengua del país?

– Sí, nos hacen leer cosas.

Mientras estaba enfermo, mis compañeros habían leído Emilia Galotti e Intriga y amor, de Schiller, y teníamos que entregar un trabajo sobre esos libros. Así que tenía que leérmelos, pero siempre iba dejándolo para más adelante. Cuando por fin tenía tiempo para leer, ya se había hecho tarde y estaba cansado, de modo que al día siguiente no me acordaba de lo que había leído y tenía que volver a empezar.

– ¡Léemelo!

– Léelo tú misma, te lo traeré.

– Tienes una voz muy bonita, chiquillo. Me apetece más escucharte que leer yo sola.

– Uf…, no sé.

Pero al día siguiente, cuando fui a besarla, retiró la cara.

– Primero tienes que leerme algo.

Lo decía en serio. Tuve que leerle Emilia Galotti media hora entera antes de que ella me metiese en la ducha y luego en la cama. Ahora ya me había acostumbrado a las duchas y me gustaban. Pero con tanta lectura se me habían pasado las ganas. Para leer una obra de teatro de manera que los diferentes personajes sean reconocibles y tengan un poco de vida, hace falta un cierto grado de concentración. En la ducha me volvían las ganas. Lectura, ducha, amor y luego holgazanear un poco en la cama: ése era entonces el ritual de nuestros encuentros.

Ha

– ¡Cómo se puede ser tan tonta!

A veces incluso yo me animaba y me apetecía continuar leyendo. Cuando los días empezaron a hacerse más largos, pasaba más rato con la lectura, para seguir en la cama con ella mientras se ponía el sol. Cuando ella se dormía sobre mí y callaba la sierra del patio, cantaban los mirlos y los colores de los objetos de la cocina dejaban paso a tonalidades de gris más o menos oscuro, me sentía completamente feliz.