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– Estás corriendo riesgos en todos los sentidos -dijo Gronevelt-. Según mi criterio, no sacas nada de este asunto. Si ganas, no ganas nada. Si pierdes, lo pierdes todo. Si te prestas a algo así, los años que he pasado enseñándote, no han servido de nada. En fin, ¿por qué quieres hacer esto? No hay ningún porcentaje para ti.

– Mira, lo haré por mi cuenta y sin ayuda -dijo Cully-. Si la cosa va mal, la responsabilidad es toda mía. Pero si trajese los cuatro millones de dólares, me gustaría que me nombrasen encargado general del hotel. Yo sabes que soy de los tuyos. Nunca iría contra ti.

Gronevelt lanzó un suspiro.

– Es una jugada horrible la que haces. Me fastidia que lo hagas.

– ¿De acuerdo, entonces? -preguntó Cully. Procuró borrar el júbilo de su voz. No quería que Gronevelt supiese lo ansioso que estaba.

– Sí -dijo Gronevelt-. Pero coge sólo los dos millones de Fummiro, no te preocupes del dinero que nos deben los otros. Si algo fuese mal, perderíamos sólo esos dos millones.

Cully se echó a reír, jugando su juego.

– Sólo perdemos un millón, el otro es de Fummiro. ¿No te acuerdas?

Pero Gronevelt dijo, muy serio:

– Es todo nuestro. En cuanto ese dinero esté en nuestra caja, Fummiro lo jugará y acabará perdiéndolo. Eso es lo positivo del asunto.

A la mañana siguiente, Cully llevó a Fummiro al aeropuerto en el Rolls Royce de Gronevelt. Le hizo un obsequio caro: un estuche antiguo, del renacimiento italiano, lleno de monedas de oro. Fummiro se entusiasmó, pero Cully percibió cierta curiosidad maliciosa tras sus efusiones de alegría. Por fin Fummiro dijo:

– ¿Cuándo viene usted al Japón?

– Tardaré de dos semanas a un mes -dijo Cully-. Ni siquiera el señor Gronevelt sabrá el día exacto. Usted ya comprende por qué.

Fummiro asintió.

– Sí, ha de tener mucho cuidado. El dinero le estará esperando.

Cuando regresó al hotel, Cully se puso en contacto con Nueva York, con Merlyn.

– Merlyn, viejo amigo, ¿qué te parece si me acompañas en un viaje al Japón, con todos los gastos pagados, geishas incluidas?

Hubo una larga pausa al otro lado del hilo, y luego Cully oyó que Merlyn decía:

De acuerdo.