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– Doy por supuesto que su hijo tendrá inmunidad -dijo Cully-. No podrá ser procesado. Tengo entendido también que usted probablemente tenga las cosas arregladas para que no tenga que hacer el servicio militar. Saldrá de este asunto sin el menor problema. Supongo que usted ya lo tiene todo previsto. Pero si él hace este favor, le prometo que nada cambiará.
Eli Hemsi habló entonces con una voz distinta. Más fuerte, no tan suave; persuasiva, sin embargo. Un vendedor vendiendo.
– Me gustaría poder hacerlo -dijo-. Ese chico, Merlyn, es muy buen muchacho. Me ayudó, le estaré eternamente agradecido.
Cully se dio cuenta de que aquel hombre utilizaba con mucha frecuencia la palabra «eternamente». Para él no había puntos intermedios. Le había prometido a Merlyn que le haría feliz para el resto de su vida. Ahora prometía eterno agradecimiento. Un agente de reclamación astuto y hábil que intentaba eludir sus obligaciones. Por segunda vez, Cully sintió cierta cólera ante el hecho de que aquel tipo estuviese tratando a Merlyn como a un perfecto imbécil. Pero siguió escuchando con una suave sonrisa.
– Nada puedo hacer -dijo Hemsi-. No puedo poner en peligro a mi hijo. Mi esposa jamás me lo perdonaría. Para ella es toda su vida. Mi hermano es un ser adulto. ¿Quién puede ayudarle? ¿Quién puede guiarle, quién puede cambiar su vida ya? Es de mi hijo de quien he de preocuparme. Él es mi primera preocupación. Aparte de eso, créame, haré lo que sea por el señor Merlyn. Dentro de diez, veinte, treinta años. Nunca le olvidaré. Luego, cuando esto acabe, puede pedirme cualquier cosa.
El señor Hemsi se levantó y extendió la mano, inclinando su corpulenta estructura con grata solicitud.
– Ojalá mi hijo tuviese un amigo como usted.
Cully le sonrió, le estrechó la mano.
– No conozco a su hijo, pero su hermano es amigo mío. Irá a visitarme a Las Vegas a fin de mes. Pero no se preocupe, yo me ocuparé de él. No tendrá problemas.
Vio que Eli Hemsi le miraba calculadoramente. Sí, era el momento de contárselo todo.
– Ya que no puede usted ayudarme -dijo Cully-, tendré que proporcionarle a Merlyn un buen abogado. Supongo que el fiscal del distrito le habrá dicho que Merlyn se confesará culpable y obtendrá una condena condicional. Y se descubrirá todo el pastel, con lo que su hijo no sólo obtendrá inmunidad sino que nunca tendrá que volver al ejército. Puede ser que suceda eso. Pero Merlyn no se declarará culpable. Habrá un juicio. Su hijo deberá comparecer ante un tribunal público. Y tendrá que declarar. Habrá mucha publicidad. Sé que eso a usted no le molesta, pero los periódicos querrán saber dónde está su hijo Paul y qué hace. Me da igual quién le haya prometido lo que le hayan prometido, su hijo tendrá que ir al ejército. La prensa presionará demasiado. Y luego, además de todo eso, usted y su hijo tendrán enemigos. Utilizando su propia frase: «Le haré a usted desgraciado el resto de su vida».
Una vez expuesta abiertamente la amenaza, Hemsi se retrepó en la silla y miró fijamente a Cully. Su rostro macizo y arrugado revelaba más tristeza que cólera. Así que Cully insistió:
– Usted tiene contactos. Hable con ellos y escuche sus consejos. Infórmese sobre mí. Dígales que trabajo para Gronevelt, del Hotel Xanadú. Si ellos están de acuerdo con usted y llaman a Gronevelt, nada podré hacer yo, pero estará en deuda con ellos.
– ¿Dice usted que todo irá bien si mi hijo hace lo que usted pide?
– Se lo garantizo -dijo Cully.
– ¿No tendrá que volver al ejército? -volvió a preguntar Hemsi.
– Le garantizo también eso -dijo Cully-. Tengo amigos en Washington, igual que usted. Pero mis amigos pueden hacer cosas que los suyos no pueden hacer. Aunque sólo fuese porque no pueden tener contactos con usted.
Eli Hemsi acompañó a Cully hasta la puerta.
– Gracias -dijo-. Muchísimas gracias. Tengo que pensar detenidamente todo lo que me ha dicho. Le tendré informado.
Volvieron a estrecharse la mano.
– Estoy en el Plaza -dijo Cully-. Y salgo para Las Vegas mañana por la mañana. Le agradecería que me dijese algo esta noche.
Pero fue Charlie Hemsi quien le llamó. Estaba borracho y muy contento.
– Cully, viejo cabrón. No sé cómo te las arreglaste, pero mi hermano me ha dicho que te diga que no habrá problema. Está totalmente de acuerdo contigo.
Cully se tranquilizó. Eli Hemsi había hecho sus llamadas telefónicas para comprobar. Gronevelt debía haber respaldado la operación. Sintió gran afecto y gratitud hacia Gronevelt.
– Eso está muy bien -le dijo a Charlie-. Te veré en Las Vegas a fin de mes, Charlie. Lo pasarás como nunca.
– No me lo perderé -dijo Charlie Hemsi-. Y no te olvides de esa bailarina.
– No me olvidaré -dijo Cully.
Tras esto, se vistió y salió a cenar. Llamó a Merlyn desde el teléfono automático del vestíbulo del restaurante.
– Todo está resuelto, no era más que un mal entendido. No te preocupes de nada, no habrá ningún problema.
La voz de Merlyn parecía muy lejana, remota, y no había en ella el agradecimiento que a Cully le hubiese gustado percibir.
– Gracias -dijo Merlyn-. Te veré pronto en Las Vegas. Y luego colgó.