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– Ya he estado otras veces con tipos ricos. Y gané buen dinero. Pero él era como un muchachito. Realmente no me gusta cómo juega, sin embargo. ¡Dios mío! ¡Con lo que él pierde en un día podría vivir yo diez años!
Cully pensó: ¿es así? E inmediatamente hizo planes para que Fummiro y Linda Parsons no volvieran a verse. Aunque dijo con una sonrisa irónica:
– Sí, a mí me fastidia también verle perder así. Puede acabar desilusionándose del todo.
Linda le sonrió.
– Sí, estoy segura -dijo-. Gracias por todo. Fueron unos de los días más felices de mi vida. Puede que volvamos a vernos.
Él sabía lo que quería indicar ella, pero, por el contrario, dijo suavemente:
– Siempre que traigas al yen a Las Vegas no tienes más que llamarme. Todo por cuenta de la casa menos las fichas.
Entonces Linda dijo, un tanto pensativa:
– ¿Crees que Fummiro me llamará la próxima vez que venga? Le di mi número de teléfono de Los Angeles. Le dije incluso que iría al Japón de vacaciones cuando acabásemos de filmar y él dijo que le encantaría que fuese, que le avisara cuándo. Pero se puso un poco frío con esto.
Cully movió la cabeza.
– A los japoneses no les gusta que las mujeres sean tan agresivas. Van con mil años de retraso. Especialmente los peces gordos como Fummiro. La mejor jugada es quedarse atrás y jugar frío.
Ella suspiró.
– Supongo que sí.
La acompañó al aeropuerto y la besó en la mejilla antes de que subiera al avión.
– Te llamaré cuando vuelva a venir Fummiro -dijo.
Cuando llegó al Xanadú, subió al apartamento de Gronevelt y dijo burlonamente:
– Hay jugadores demasiado buenos.
– No te desanimes -dijo Gronevelt-. No queríamos todo su millón nada más empezar la partida. Pero tienes razón. Esa actriz no es la chica adecuada para relacionarla con un jugador. Por una parte, no es lo bastante codiciosa. Por otra, es demasiado honrada. Y para colmo, es inteligente.
– ¿Cómo lo sabes? -preguntó Cully.
Gronevelt sonrió.
– ¿Tengo razón?
– Claro -dijo Cully-. Ya procuraré apartar a Fummiro de ella cuando vuelva.
– No tendrás necesidad de hacerlo -dijo Gronevelt-. Un tipo como él tiene demasiada fuerza. No necesita lo que ella pueda darle. No más de una vez. Una vez es divertido. Pero nada más. Si significara más, se hubiese ocupado mejor de ella antes de irse.
Cully le miró sorprendido.
– ¿Un Mercedes, un abrigo de visón y un anillo de diamantes no es suficiente prueba de interés por ella?
– Ni mucho menos -dijo Gronevelt.
Y tenía razón. Cuando Fummiro volvió a Las Vegas no preguntó por Linda Parsons. Y perdió el millón en metálico que había depositado en caja.