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Una semana después de la muerte de Jordan, dejé Las Vegas, pensando que para siempre, y volví a Nueva York.
Cully me acompañó al aeropuerto, donde tomamos café mientras esperaba para subir a bordo. Me sorprendió comprobar que Cully estaba realmente afectado por mi marcha.
– Volverás -dijo-. Todo el mundo vuelve a Las Vegas. Y yo estaré aquí. Lo pasaremos muy bien.
– Pobre Jordan -dije yo.
– Sí -dijo Cully-. No lo entenderé en toda mi vida. ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué demonios lo hizo?
– Nunca pareció un hombre de suerte -dije yo.
Nos dimos la mano cuando anunciaron mi vuelo.
– Si tienes algún problema allá, llámame -dijo Cully-. Somos camaradas. Te ayudaré.
Me dio incluso un abrazo.
– Eres un hombre de acción -añadió-. Siempre estarás en movimiento. Así que andarás siempre metido en líos. Llámame.
Yo no creía realmente que Cully fuese sincero. Cuatro años después, él había triunfado y yo estaba metido en un tremendo lío, tenía que comparecer ante un gran jurado. Y cuando llamé a Cully, Cully vino en avión a Nueva York a ayudarme.