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Crucé las puertas del casino del Xanadú. Estaba helado por el aire frío. Dos putas negras pasaron deslizándose cogidas del brazo, sus enmarañadas pelucas resplandecientes; una chocolate oscuro, la otra de un castaño claro. Luego putas blancas de botas y pantalones cortos, ofreciendo sus muslos de un blanco opalino, pero con rostros espectrales y huesudos, deslustrados por la luz de los candelabros y los años de cocaína. En las mesas de fieltro verde del veintiuno, una larga hilera de talladores alzaron las manos y las mostraron en el aire.

Crucé el casino hacia el sector de bacarrá. Cuando me aproximaba al recinto cerrado por la baranda gris, la multitud que había frente a mí se dispersó para extenderse por el sector de dados, y vi despejada la zona de bacarrá.

Me esperaban cuatro «santos» de corbata negra. El croupier que dirigía el juego alzó la mano derecha para detener al banquero que tenía el «zapato». Me miró rápidamente, y sonrió al reconocerme. Luego, sin bajar la mano, entonó:

– Una carta para jugador.

Los supervisores, dos pálidos Jehovás, se inclinaron hacia adelante.

Me alejé a echar un vistazo al casino. Sentí una oleada de aire oxigenado y me pregunté si el senil y tullido Gronevelt, desde sus solitarias habitaciones de arriba, habría pulsado sus botones mágicos para mantener despierta a toda aquella gente. ¿Y si hubiese pulsado el botón para que Cully y todos los demás murieran?

Allí de pie, absolutamente inmóvil, en el centro del casino, busqué con la mirada, para empezar a jugar, una mesa que me trajese suerte.