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Intentó incorporarse, pero ya los dos hombres estaban sobre él.

No fue doloroso ni horrible. Pareció hundirse en el mar, en las fragantes aguas de la bañera de madera. Sus ojos se nublaron y luego quedó allí inmóvil en la esterilla, el futaba bajo la cabeza.

Los dos hombres envolvieron el cuerpo en toallas y lo sacaron silenciosamente de la habitación.

Lejos, al otro lado del océano, en su apartamento, Gronevelt accionaba los controles para bombear oxígeno puro en el casino.