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Noah se giró y volvió corriendo al coche.
– Llamad a los artificieros -gritó Nick a los agentes mientras corría pegado a Noah-. ¿Entendido?
– Sí, señor.
Cuando Nick entró en el coche, Noah ya lo estaba poniendo en marcha.
– Llama al hospital y comprueba cómo está Jordan -gritó Noah-. Para asegurarnos.
Dobló la esquina sobre dos ruedas. Sin quitar el pie del acelerador, puso la sirena.
– ¿Crees que Pruitt sabía lo que habíamos tramado? -preguntó Nick mientras recorrían las calles de Boston a toda velocidad.
– Es imposible saberlo. Pruitt podría haber enviado a ese chico a hacer el trabajo sucio mientras él va camino a Tejas, o podría tener algo más en la manga. Sea cual sea su plan, tenemos que asegurarnos de que Jordan no forma parte de él.
Capítulo 44
Tenía que ajustar bien el tiempo. En cualquier momento, el mensajero que había pagado estaría dejando la caja envuelta para regalo en la puerta de Jordan. Fuego líquido; así era como él pensaba en su mezcla especial. Había funcionado de maravilla en casa del profesor MacKe
Había puesto un temporizador y tenía exactamente una hora antes de que explotara. Tenía que acabar con Jordan antes de ese momento. En cuanto su piso saltase por los aires, la policía y el FBI acudirían al hospital como moscas. Sabrían entonces que ella había sido el objetivo de los disparos. Pero si Pruitt podía acabar ese día con ella, nadie sabría nunca por qué.
Menos mal que en el pueblo la gente cotilleaba. Cuando acababa de volver al motel con la destructora de papel en las manos, Pruitt recibió la llamada telefónica de su mujer, Suza
Suza
Entró en el hospital sin que nadie se diera cuenta. Se miró los pies por si las cámaras de seguridad lo estaban enfocando. No temía que lo reconocieran. La policía buscaba a unos gángsters relacionados con el caso de crimen organizado del que se había encargado el juez Buchanan, ¿no? Y aunque Jordan pudiera identificar a Dave Trumbo, no lo vería de cerca, no hasta que fuera demasiado tarde.
El personal de seguridad tampoco se fijó demasiado en él. No había ninguna razón para que lo hiciera. Se había parado en un supermercado donde podía comprarse de todo, desde pasta de dientes a piezas de recambio de un automóvil o uniformes profesionales. Había elegido un par de guantes quirúrgicos. El hospital era un enorme complejo médico, y había tantos médicos y enfermeras que iban y venían que nadie le prestaría ninguna atención.
El ascensor se abrió en cuanto pulsó el botón, y subió solo hasta la quinta planta, mientras repasaba mentalmente lo que diría si una enfermera lo detenía. Al salir del ascensor, echó un vistazo a los números que había junto a las puertas en busca del que le habían dado cuando llamó a recepción. Una flecha indicaba que la habitación de Jordan Buchanan estaba en el pasillo que iba a la derecha después de la esquina. Dobló la esquina y se detuvo. Había un policía uniformado delante de la puerta. Pruitt cambió de dirección, y también tuvo que cambiar de planes.
No había previsto que habría un guardia, lo que había sido un descuido por su parte. Era lógico que su padre quisiera reforzar la seguridad.
De nuevo en el ascensor, consultó el directorio del hospital que estaba grabado en la pared. Pulsó el botón de la segunda planta para dirigirse a radiología. Cuando salió al pasillo vacío, no había nadie a la vista. Sólo tuvo que hacer un par de llamadas con el móvil para conseguir el nombre del cirujano y del internista de Jordan Buchanan. A continuación, llamó a la quinta planta y le dijo a la enfermera que el doctor Emmett había ordenado que se hicieran más radiografías a la paciente.
Por su voz, la enfermera debía de ser joven e inexperta. No hizo preguntas. Se limitó a colgar el teléfono para llamar de inmediato a radiología y transmitirles las órdenes verbales del médico.
Pruitt oyó cómo el celador atendía la llamada. Por suerte, era una noche tranquila y el departamento de radiología estaba vacío. Aun así, Pruitt tuvo que esperar diez minutos antes de que el auxiliar rubio tomara lentamente el ascensor para ir a buscar a Jordan. Con un iPod en el bolsillo de la camisa y los finos cables de los auriculares colgándole de las orejas, tarareaba una canción irreconocible.
A Pruitt le gustaba la soledad de su escondrijo. Había habitaciones oscuras, pasillos más oscuros aún y una recepción vacía. No tenía que preocuparse por que nadie lo interrumpiera.
Echó un vistazo a la planta de radiología y encontró el sitio perfecto en un cubículo situado tras la puerta de vaivén de la sala de rayos.
¿Acompañaría el guardia a Jordan? Era lo más probable. Tendría que encargarse de él primero. Golpearlo con fuerza desde detrás. Y mientras cayera al suelo, se apoderaría de su arma. A no ser que el auxiliar del iPod estuviese por ahí. Pruitt esperaba poder dejar a Jordan inconsciente e ir entonces a por el técnico radiólogo. En caso contrario, también tendría que encargarse antes de él. No sería difícil, y no haría ningún ruido. Seguía recordando las técnicas que utilizaba para someter a sus antiguos clientes. Era curioso cómo esas cosas no se olvidan nunca.
Pasada la puerta de vaivén, había varios vestuarios, donde los pacientes se cambiaban para ponerse una bata antes de hacerse las radiografías. Todos tenían puertas que cerraban de golpe. Dentro de cada vestuario, había un estante con un montón de batas limpias y ¡vaya!, una barra de metal con perchas de plástico.
Había pensado que tendría que forzar el armario de material para encontrar algo que pudiera utilizar para golpear al guardia, pero la barra de metal ya le valía. Tardó unos minutos en desatornillarla con una moneda. La barra, de unos veinticinco o treinta centímetros de longitud, tenía el peso perfecto para lo que la quería. Y el grosor ideal para sujetarla bien con la mano.