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La codicia se apoderó del terrateniente, y no pudo negarse a ese pacto diabólico. Llamó a sus aliados, pero no les habló de esa reunión con el emisario ni del pacto que había hecho. Se inventó una historia de infidelidad y de asesinato, y exigió que lo siguieran a la guerra.
Nosotros también tememos la cólera de los Buchanan, pero no podemos permitir esta matanza, y hemos decidido que uno de nosotros irá a ver a su terrateniente para ponerlo al corriente de este complot. No creemos que el rey de Inglaterra deba ostentar el poder en nuestro país. Puede que el terrateniente MacKe
Con gran temor, nuestro valiente amigo Harold fue solo a hablar con el terrateniente Buchanan. Cuando no volvió, creímos que los Buchanan lo habían matado. Pero Harold no había sufrido ningún daño. Regresó a nosotros, y su cuerpo estaba bien, pero el terror se había apoderado de su mente, porque, según nos informó, lo había visto. Harold había visto al fantasma. Había visto al león en la niebla.
– ¿Qué dices que vio? -la interrumpió Noah.
– Harold había visto al fantasma. Había visto al león en la niebla -repitió Jordan.
– ¿Un león en Escocia? -sonrió Noah.
– Quizá sea un león metafórico -sugirió ella-. Al fin y al cabo, estaba Ricardo Corazón de León.
– Sigue leyendo -pidió Noah.
– ¿Ha reunido el terrateniente Buchanan a sus aliados? -preguntamos.
– No -respondió-. Envió mensajeros al norte para llamar a un guerrero. Nada más.
– Entonces, todos morirán.
– Sí, morirán -dijo otro-. El rey inglés está tan seguro de la victoria que ha enviado una legión de soldados…
– ¿Una legión? -volvió a interrumpirla Noah-. Venga ya. ¿Sabes cuántos hombres serían?
– Noah, he leído que había un fantasma y un león en la niebla. ¿Qué importancia tiene una legión?
– Tienes razón -rio Noah.
– ¿Quieres que siga o no?
– Adelante -dijo-. Te prometo que no te interrumpiré más.
– ¿Dónde estaba? Ah, sí, la legión. -Encontró el sitio y empezó a leer de nuevo.
– El rey inglés está tan seguro de la victoria que ha enviado una legión de soldados con el tesoro al terrateniente MacKe
Jordan dejó el papel.
– Lo hizo adrede -anunció.
– ¿Quién hizo qué? -preguntó Noah.
– El rey. Envió a los soldados a sabiendas que los aliados de los MacKe
– Y acabarían matándose entre sí.
– Sí -afirmó Jordan-. Que es exactamente lo que quería el rey. ¿Cómo pudo creer el terrateniente MacKe
– La codicia lo había cegado. ¿Recibió el tesoro? -preguntó.
Jordan volvió a tomar el papel.
– La victoria fue de los Buchanan.
– Yo estaba de su lado -aseguró Noah-. Eran los débiles. Además, estoy en la cama con una Buchanan. Tenía que ser leal.
Jordan no comentó nada. Siguió leyendo y, entonces, se detuvo.
– Oh, no. No voy a leer estas descripciones del combate. Basta con decir que había partes cercenadas de muchos cuerpos y cabezas desaparecidas. Los pocos soldados ingleses que sobrevivieron volvieron a Inglaterra. Ojalá supiera qué rey era -comentó.
– ¿Qué le ocurrió al terrateniente MacKe
Jordan leyó por encima otra página antes de responder.
– Ah, aquí está. «El terrateniente MacKe
– ¿Qué título concretamente?
– No lo sé. Pero lo perdió. Vivió el resto de sus días en la ignominia. Y no te lo pierdas: su clan culpó a los Buchanan. Estoy segura de que el profesor MacKe
– ¿De qué?
– Supongo que de todo. De los soldados ingleses, del tesoro…
– El terrateniente debió de tener que reinterpretar los hechos para lograr que su clan le creyera.
– La leyenda lo contiene todo -Jordan estuvo de acuerdo-. Codicia, traición, reuniones secretas, asesinatos, y sin duda, infidelidad. Había infidelidad en la historia, pero me salté esa parte.
– Las cosas no han cambiado mucho a lo largo de los siglos. ¿Sabes la lista de los chantajes de J.D. que Street imprimió? Es la misma historia. Infidelidad, codicia, traición. En la lista hay de todo.
– Espero que estés exagerando un poco -dijo Jordan-. Sé que Charlene engañaba a su prometido, pero siempre hay alguien que no se comporta. ¿Podría ver la lista?
Noah empezó a salir de la cama, pero Jordan lo detuvo.
– Déjalo. No tengo que verla. Dímelo tú. ¿Está Amelia A
– Sí. Pero no es por nada ilegal. La trataron de una enfermedad venérea, y J.D. lo sabía. Le pagó cien dólares para que no se lo contara a su hija.
– Es probable que le costara mucho reunir cien dólares. No querría defraudar a su hija. Podría ser peor.
– Es peor. ¿Recuerdas los videos que Street encontró en casa de J.D.?
– Sí.
– Sus víctimas no eran las únicas personas a las que grabó. Era evidente que le gustaba ver también alguna de sus aventuras sexuales. Y una de las cintas llevaba una etiqueta que decía «Amelia A
– ¿Hablas en serio? -exclamó Jordan, que se había quedado boquiabierta-. ¿Amelia A
– Es posible -concedió Noah.
– Espero que Candy no se entere nunca. ¿Qué le pasa a la gente de este pueblo? ¿No han oído nunca hablar de la televisión por cable?
– El sexo supera a la televisión por cable a cualquier hora del día o de la noche, cariño.
– Eso no está bien -dijo Jordan a la vez que negaba con la cabeza-. No está nada bien.
Ya había oído bastante sobre las escabrosas vidas secretas de los habitantes del pueblo. Recogió los papeles, los metió en el maletín y volvió a la cama.
Noah tenía los ojos cerrados.
– ¿Noah?
– ¿Sí?
– ¿Te gustan las mujeres con pantalones muy cortos y zapatos con tacón de aguja?
– ¿A qué viene esa pregunta? -Se había apoyado en un codo para mirarla-. ¿Quién lleva pantalones muy cortos y zapatos con tacón de aguja? -preguntó.
– Amelia A
– ¿Ah, sí?
– Oh, por favor. No me digas que no te has fijado, Noah.
– No es mi tipo -dijo él.
Jordan sonrió y se recostó sobre el pecho de Noah al alargar la mano para apagar la luz.
– Buena respuesta -comentó.