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– No -negó el profesor con la cabeza-. No fueron los Buchanan. Fue el clan MacDonald. El terrateniente MacDonald estaba en contra de la alianza entre los MacKe
Esperó a que Jordan reaccionara a lo que le había contado.
– ¿Se ahogó? -preguntó ella mientras pensaba en cómo el profesor podría achacar la muerte de la joven Freya a los Buchanan.
– No, y está escrito que sabía nadar, pero empezó a llover, y hubo una gran conmoción en el lago. De repente, se oyó un grito, y uno de los MacKe
– Bueno, pues resulta una historia buena sobre los Buchanan -indicó Jordan-. Acaba de decirme que un guerrero Buchanan le salvó la vida a esa mujer.
– Nunca volvió a saberse nada de la joven Freya -aclaró el profesor con el ceño fruncido.
– ¿Qué le pasó?
– Los Buchanan se la llevaron. Eso es lo que le pasó. La vio, la quiso y se la llevó.
Le pareció que el profesor esperaba que se horrorizase, y sabía que no le gustaría nada que se riera.
– ¿Sólo hubo un testigo de ese… secuestro?
– Un testigo fiable.
– Un MacKe
– Sí.
– Entonces, estará de acuerdo conmigo en que puede que se exagerara la historia para culpar a los Buchanan. -Antes de que el profesor pudiese rebatir su conclusión, Jordan preguntó-: ¿Puede darme otro ejemplo… con pruebas documentadas?
– Estaré encantado de hacerlo -aseguró el profesor. Por desgracia, le llegó la ensalada y empezó la historia mientras atacaba el plato. Jordan bajó la vista hacia la mesa para no tener que verlo-. Consulte los libros de historia -dijo mientras clavaba el tenedor en la lechuga-, y verá que en 1691, el rey Guillermo iii ordenó a los jefes de todos los clanes que firmaran un juramento de lealtad antes del 1 de enero de 1692.
»El clan MacKe
»Entonces se enteraron de que el mensajero les había mentido y que no lo había enviado el rey. El juramento de lealtad no se había pospuesto.
Jordan soportó otra de las miradas ceñudas del profesor. Vaya por Dios. Ya sabía a dónde iría a parar esa historia.
– ¿Y? -Jordan lo instó a seguir-. ¿Qué ocurrió después?
– Le diré lo que ocurrió. -Soltó el tenedor y se inclinó hacia delante-. El rey Guillermo estaba furioso con los MacKe
– Déjeme adivinar. ¿Los Buchanan?
– Exacto, corazón. Los despreciables Buchanan.
Había levantado la voz y prácticamente gritado las palabras «despreciables Buchanan». Otros comensales del restaurante los observaban y escuchaban. A Jordan le daba lo mismo que hiciera una escena. Aguantaría el tipo.
– ¿Hubo alguna prueba de que los Buchanan enviaran el mensajero o atacaran las tierras de los MacKe
– No fue necesario -replicó el profesor.
– Sin ninguna prueba documentada, son sólo habladurías y cuentos -dijo Jordan.
– El clan Buchanan era el único lo bastante solapado como para querer desacreditar a los venerados MacKe
– Eso es lo que dice un MacKe
La horrorosa expresión que adoptó la cara del profesor le indicó que le había dado donde más le dolía.
– Sé de lo que hablo -soltó con un puñetazo en la mesa-. No olvide que los Buchanan lo empezaron todo al robar el tesoro de los MacKe
– ¿En qué consistía exactamente ese tesoro? -indagó Jordan. Ése era el tema que había despertado su interés para empezar.
– Algo muy valioso que pertenecía legítimamente a los MacKe
No sabía por qué le irritaba tanto, pero de repente estaba resuelta a defender el buen nombre de su familia.
– ¿Conoce la diferencia entre hechos y fantasías, profesor?
Su conversación era cada vez más acalorada. Ninguno de los dos lograba a duras penas contener los gritos, y Jordan se dejó llevar y soltó algún que otro insulto al clan del profesor.
La conversación terminó en cuanto llegó la cena. Jordan no podía creerse el pedazo descomunal de carne casi cruda acompañado de una enorme cantidad de patata hervida que colocaron frente al profesor. En comparación, su platito de pollo parecía una ración infantil. El profesor agachó la cabeza y no volvió a levantarla hasta que hubo devorado hasta el último bocado. No le quedó ni un gramo de cartílago o de grasa en el plato.
– ¿Le apetece más pan? -le preguntó Jordan con calma.
A modo de respuesta, le pasó la cesta vacía. Jordan logró captar la atención de la camarera y pidió educadamente más pan. Por la expresión recelosa de la mujer, supuso que había oído la discusión, y le sonrió para asegurarle que todo iba bien.
– Vive su trabajo con mucha pasión -le obsequió Jordan al profesor. Había decidido que si no empezaba a complacerlo, podía marcharse sin permitirle ver su investigación, y el viaje habría sido totalmente en balde.
– Y admira mi dedicación -respondió el hombre, que a continuación empezó otro relato sobre los viles Buchanan. Se detuvo el rato suficiente para pedir el postre, y cuando éste llegó, había retrocedido hasta el siglo xiv.
Todo en Tejas era grande, incluida la comida. Se quedó mirando la cabeza del profesor mientras éste se zampaba un pedazo monumental de tarta de manzana con dos cucharadas de helado de vainilla.
A un camarero se le cayó un vaso. El profesor echó un vistazo a su alrededor y vio lo concurrido que estaba entonces el comedor. Pareció encogerse en la silla mientras observaba con atención quién iba y venía.
– ¿Pasa algo? -preguntó Jordan.
– No me gustan las multitudes -explicó antes de tomar un sorbo de café y añadir-: He almacenado unos cuantos datos en un lápiz de memoria. Está en una de las cajas para Isabel. ¿Sabe qué es un lápiz de memoria? -Antes de que Jordan pudiera responder, el profesor siguió hablando-. Lo único que tiene que hacer Isabel es poner el lápiz de memoria en su ordenador. Es como un disquete, y puede contener muchísimos datos.
Su tono condescendiente la irritó infinitamente.
– Me aseguraré de que lo reciba -dijo.
El profesor MacKe
– Supongo que usted o la señorita MacKe
– Sí. Yo misma se lo pagaré.