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– Mira Kimmie, ése es nuestro Señor, probablemente mucho más parecido al verdadero que el hombre rubio y de ojos azules que te muestran en la escuela.
Después fuimos a nadar a una de las calas entre Antibes y Juan les Pins que los amigos de Katya consideran una reserva de su propiedad, guardando en secreto las dificultades y la forma insólita de bajar, pasando por lugares prohibidos y entre cubos de basura de restaurantes. Ahora yo podría guiar a cualquiera. Sumamos nuestro almuerzo al de Do
¿Qué ocurrió con Vaki el Griego?
Yo hago preguntas inesperadamente, como un niño que aprende de la tradición oral. Estoy empezando a entender que existe cierto espectro de posibilidades dentro de la órbita de un orden de vida específico; se reproduce en habladurías, en conversaciones íntimas ante mesas donde sólo caben los codos en el fondo del bar de Jean-Paul, en bulliciosas discusiones en las terrazas de la casa de éste o del otro. Vaki el Griego se fugó a América del Sur con el director de una empresa electrónica alemana al que ligó aquí mismo, en la aldea, en la place; Darby fue testigo de todo y se lo contó a Do
– Cuando se vaya, se irá, eso es todo -aprueba Gaby, avalando las palabras de Katya.
Didier conoce su trabajo. Sabe cómo complacerlas, a todas vosotras. Cómo complacer a Do
Su profesionalidad se extiende a mí. El y Do
Nadamos por un mar sin olas, con matices azul eléctrico: Rosa, Didier, Katya. Tú hablabas, llamabas y te quitabas fragmentos de plástico flotando como si creyeras, al igual que uno de los primeros navegantes, que por allí hay un borde del mundo sobre el cual serán transportados, interrumpiendo el ciclo global mediante el cual te liberas de los remanentes. Te cansaste y empezaste a flotar; Didier y yo nadamos alrededor de un pequeño cabo internándonos en una franja de aguas profundas y tocamos tierra entre rocas, donde me corté el dedo gordo del píe con una lata de sardinas. Hilillos de mi sangre caían al agua; cuando saqué el pie, desde abajo de un párpado de piel chorreaba un dolor rojo. Salté sobre los guijarros. No me había dolido después de la primera punzada, en el agua, pero al aire me ardía. Examinamos juntos mi dedo gordo; sangre; el recordatorio de la vulnerabilidad, la vida siempre bajo la amenaza de derramarse. Una pequeña ceremonia de hermandad carnal, cada vez.
– Necesitamos algo para vendarlo -dijo muy serio.
Dos personas con un bikini y un bañador: no podíamos. Sonreí… sanaría en seguida, el agua lavaría la herida cuando volviéramos nadando.
Debo mantener el pie en alto para invertir la circulación. Dije que no, no, estaba bien, el frío del agua restañaría la sangre.