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A los seis años ya había captado por completo su entorno mediante el olfato. No había ningún objeto en casa de madame Gaillard, ningún lugar en el extremo norte de la Rue de Charo
Se fue volviendo cada vez más introvertido. Le gustaba vagar solo y sin rumbo por la parte norte del Faubourg Saint-Antoine, cruzando huertos, viñas y prados. Muchas veces no regresaba a casa por la noche y estaba días enteros sin aparecer. Luego sufría el correspondiente castigo de los bastonazos sin ninguna expresión de dolor. Ni el arresto domiciliario ni el ayuno forzoso ni el trabajo redoblado podían cambiar su conducta. La asistencia esporádica de un año y medio a la escuela parroquial de Notre Dame de Bon Secours no produjo un efecto aparente. Aprendió a deletrear y a escribir el propio nombre, pero nada más. Su maestro le tenía por un imbécil.
En cambio, madame Gaillard se percató de que poseía determinadas facultades y cualidades que eran extraordinarias, por no decir sobrenaturales. Por ejemplo, parecía totalmente inmune al temor infantil de la oscuridad y la noche. Se le podía mandar a cualquier hora con algún encargo al sótano, o donde los otros niños no se atrevían a ir ni con una linterna, o al cobertizo a buscar leña en una noche oscura como boca de lobo. Y nunca llevaba consigo una luz, a pesar de lo cual encontraba lo que buscaba y volvía en seguida con su carga, sin dar un paso en falso ni tropezar ni derribar nada. Y aún más notable era algo que madame Gaillard creía haber comprobado: daba la impresión de que veía a través del papel, la tela o la madera y, sí, incluso a través de las paredes y las puertas cerradas.
Sabía cuántos niños y cuáles de ellos se hallaban en el dormitorio sin haber entrado en él y también sabía cuándo se escondía una oruga en la coliflor antes de partirla. Y una vez que ella había ocultado tan bien el dinero, que no lo encontraba (cambiaba el escondite), señaló sin buscar un segundo un lugar detrás de la viga de la chimenea y en efecto, ¡allí estaba! Incluso podía ver el futuro, pues anunciaba la visita de una persona mucho antes de su llegada y predecía infaliblemente la proximidad de una tormenta antes de que apareciera en el cielo la más pequeña nube. Madame Gaillard no habría imaginado ni en sueños, ni siquiera aunque el atizador le hubiera dejado indemne el sentido del olfato, que todo esto no lo veía con los ojos, sino que lo husmeaba con una nariz que cada vez olía con más intensidad y precisión: la oruga en la col, el dinero detrás de la viga, las personas a través de las paredes y a una distancia de varias manzanas. Estaba convencida de que el muchacho -imbécil o no- era un vidente y como sabía que los videntes ocasionaban calamidades e incluso la muerte, empezó a sentir miedo, un miedo que se incrementó ante la insoportable idea de vivir bajo el mismo techo con alguien que tenía el don de ver a través de paredes y vigas un dinero escondido cuidadosamente, por lo que en cuanto descubrió esta horrible facultad de Grenouille ardió en deseos de deshacerse de él y dio la casualidad de que por aquellas mismas fechas -Grenouille tenía ocho años- el convento de Saint-Merri suspendió sus pagos anuales sin indicar el motivo. Madame Gaillard no hizo ninguna reclamación; por decoro, esperó otra semana y al no llegar tampoco entonces el dinero convenido, cogió al niño de la mano y fue con él a la ciudad.
En la Rue de la Mortellerie, cerca del río, conocía a un curtidor llamado Grimal que tenía una necesidad notoria de mano de obra joven, no de aprendices u oficiales, sino de jornaleros baratos. En el oficio había trabajos -limpiar de carne las pieles putrefactas de animales, mezclar líquidos venenosos para curtir y teñir, preparar el tanino cáustico para el curtido- tan peligrosos que un maestro responsable no los confiaba, si podía evitarlo, a sus trabajadores especializados, sino a maleantes sin trabajo, vagabundos e incluso niños sin amo por los cuales nadie preguntaba en caso de una desgracia. Como es natural, madame Gaillard sabía que en el taller de Grimal, el niño Grenouille tendría pocas probabilidades de sobrevivir, pero no era mujer para preocuparse por ello. Ya había cumplido con su deber; el plazo del hospedaje había tocado a su fin. Lo que pudiera ocurrirle ahora a su antiguo pupilo no le concernía en absoluto. Si sobrevivía, mejor para él, y si moría, daba igual; lo importante era no infringir la ley.
Exigió a monsieur Grimal una declaración por escrito de que se hacía cargo del muchacho, firmó por su parte el recibo de quince francos de comisión y emprendió el regreso a su casa de la Rue de Charo
Dado que abandonamos a madame Gaillard en este punto de la historia y no volveremos a encontrarla más tarde, queremos describir en pocas palabras el final de sus días. Aunque muerta interiormente desde niña, madame Gaillard alcanzó para su desgracia una edad muy avanzada. En 1782, con casi setenta años, cerró su negocio y se dedicó a vivir de renta en su pequeña vivienda, esperando la muerte. Pero la muerte no llegaba. En su lugar llegó algo con lo que nadie en el mundo habría podido contar y que jamás había sucedido en el país, a saber, una revolución, o sea una transformación radical del conjunto de condiciones sociales, morales y trascendentales.
Al principio, esta revolución no afectó en nada al destino personal de madame Gaillard. Sin embargo, con posterioridad -cuando casi tenía ochenta años-, sucedió que el hombre que le pagaba la renta se vio obligado a emigrar y sus bienes fueron expropiados y pasaron a manos de un fabricante de calzas. Durante algún tiempo pareció que tampoco este cambio tendría consecuencias fatales para madame Gaillard, ya que el fabricante de calzas siguió pagando puntualmente la renta. No obstante, llegó un día en que le pagó el dinero no en monedas contantes y sonantes, sino en forma de pequeñas hojas de papel impreso, y esto marcó el principio de su fin material.
Pasados dos años, la renta ya no llegaba ni para pagar la leña. Madame Gaillard se vio obligada a vender la casa, y a un precio irrisorio además, porque de repente había millares de personas que, como ella, también tenían que vender su casa. Y de nuevo le pagaron con aquellas malditas hojas que al cabo de otros dos años habían perdido casi todo su valor, hasta que en 1797 -se acercaba ya a los noventa- perdió toda la fortuna amasada con su trabajo esforzado y secular y fue a alojarse en una diminuta habitación amueblada de la Rue des Coquelles. Y entonces, con un retraso de diez o veinte años, llegó la muerte en forma de un lento tumor en la garganta que primero le quitó el apetito y luego le arrebató la voz, por lo que no pudo articular ninguna protesta cuando se la llevaron al Hotel-Dieu. Allí la metieron en la misma sala atestada de moribundos donde había muerto su marido, le acostaron en una cama con otras cinco mujeres totalmente desconocidas, que yacían cuerpo contra cuerpo, y la dejaron morir durante tres semanas a la vista de todos. Entonces la introdujeron en un saco, que cosieron, la tiraron a las cuatro de la madrugada a una carreta junto con otros cincuenta cadáveres y la llevaron, acompañada por el repiqueteo de una campanilla, al recién inaugurado cementerio de Clamart, a casi dos kilómetros de las puertas de la ciudad, donde la enterraron en una fosa común bajo una gruesa capa de cal viva.