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El _consigliere_ era también lo que su nombre indicaba: el consejero del Don, su mano derecha, su cerebro auxiliar, su mejor compañero y su más íntimo amigo. En los viajes importantes, conducía el automóvil del Don; en las conferencias, salía a buscar refrescos, café, bocadillos o cigarros para el Don. Sabía todo o casi todo lo que sabía el Don, conocía todas las células del poder. Era el único hombre que podía destruir al Don. Sin embargo, ningún _consigliere_ había traicionado jamás a un Don; por lo menos ninguna de las poderosas familias sicilianas que se habían establecido en América recordaba que tal cosa hubiese ocurrido. La traición a un Don era un acto sin futuro. Todos los consiguen sabían que si permanecían fieles, tendrían dinero, poder y el respeto de todos. Si alguna desgracia ocurría a un _consigliere_, su esposa e hijos no carecerían de nada y serían protegidos como si él viviera o estuviera libre. La única condición era que se mantuviera fiel.
En algunos asuntos, el _consigliere_ tenía que actuar por cuenta de su Don de manera más abierta, pero sin comprometerlo en modo alguno. Hagen volaba hacia California para solucionar uno de tales asuntos. Se daba perfecta cuenta de que en su carrera de _consigliere_ influiría considerablemente el éxito o el fracaso de esa misión. En realidad, teniendo en cuenta la envergadura de los negocios de la Familia, el que Joh
El ruido de los motores del avión puso nervioso a Tom Hagen, que para tranquilizarse pidió un _martini_ a la azafata. Tanto el Don como Joh
Recostado en su butaca, Hagen pasó revista a toda la información que le habían proporcionado. Jack Woltz era uno de los tres productores más importantes de Hollywood, propietario de su propio estudio, que había firmado contrato con docenas de grandes estrellas. Era miembro de la sección cinematográfica del Gabinete Asesor de Información Bélica del presidente de Estados Unidos, lo cual significaba que colaboraba en la realización de películas de propaganda. Había cenado en la Casa Blanca y J. Edgar Hoover había estado en su casa de Hollywood. No obstante, todo aquello era menos importante de lo que parecía. No eran sino relaciones oficiales. Woltz no tenía ningún poder político personal; en primer lugar, porque era un reaccionario de mucho cuidado, y, en segundo lugar, porque era un megalómano que imponía su criterio despótica y dictatorialmente, sin pararse a pensar en que ello le granjeaba la enemistad de cuantos estaban a sus órdenes.
Hagen suspiró. No veía la forma de convencer a Jack Woltz. Abrió su portafolios y trató de trabajar un poco, pero estaba demasiado cansado. Pidió otro _martini_ y se puso a reflexionar sobre su pasado. No se arrepentía de nada. Al contrario, se daba cuenta de que había tenido una suerte extraordinaria. Por lo que fuere, el camino que había escogido diez años atrás era el mejor. El éxito le sonreía, era tan feliz como pudiera serlo cualquier hombre adulto, y encontraba que la vida merecía la pena.
Tom Hagen tenía treinta y cinco años. Era un hombre de figura esbelta y facciones agradables. Se había graduado como abogado, pero su trabajo para la Familia no era en calidad de tal, a pesar de que después de terminar sus estudios llegó a ejercer durante tres años.
A los once años había sido compañero de juegos de So
Del modo más natural, sin una sola palabra y sin que el asunto fuera discutido en modo alguno, Don Corleone había permitido que el muchacho se quedase a vivir en su casa. El mismo Don Corleone llevó al chico a un especialista, quien logró curarle completamente la infección ocular. Lo envió a la escuela y, después, a la universidad. En todo ello, el Don no actuó como un padre, sino como un guardián. Aunque no le demostraba afecto alguno, lo trataba con más cortesía que a sus propios hijos y nunca le imponía su voluntad. Fue el muchacho quien decidió por sí mismo cursar Derecho. Una vez había oído decir a Don Corleone que un abogado, con su cartera de mano, podía robar más que un centenar de hombres con metralletas. Mientras, y contra la voluntad de su padre, So
Con el título de abogado en el bolsillo, Hagen se casó con una muchacha italiana de Nueva Jersey que, cosa rara por aquel entonces, había ido a la universidad. Después de la boda, que por supuesto se celebró en casa de los Corleone, el Don se ofreció a ayudar a Hagen en cuanto estuviera en su mano: conseguirle clientes para su bufete, amueblar su oficina, etc.
– Me gustaría trabajar para usted -había declarado Tom.
El Don se mostró tan sorprendido como complacido.
– ¿Sabes quién soy? -preguntó.
Hagen asintió. Por supuesto, ignoraba cuál era realmente el poder del Don, y seguiría ignorándolo durante los años que precedieron a su nombramiento de _consigliere_ interino, debido a la enfermedad de Genco Abbandando. Pese a ello, aseguró que sí lo sabía, mirando directamente a los ojos del Don. «Trabajaré para usted, del mismo modo que lo hacen sus hijos», había dicho Hagen, y el tono de sus palabras traslucía su inamovible intención de ser leal y de aceptar totalmente la voluntad del Don. Con la comprensión que por aquel entonces ya empezaba a ser considerada como un distintivo de su genio, Don Corleone mostró por vez primera un afecto paternal hacia el joven. Le dio un fuerte abrazo y desde entonces lo trató como a un verdadero hijo, aunque de vez en cuando le recordaba que no olvidara a sus padres. Era una especie de recordatorio para Hagen, aunque tal vez lo era más todavía para el propio Don Corleone.