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Como todo el mundo, asistimos a la fiesta de Alice O'Co
En el calor de la fiesta, a los adultos se les enrojecía la cara. La señora O'Co
– ¡Es lo que quiero! -dijo entre carcajadas-. ¡Adiós, mundo cruel! -Intentó arrojarse otra vez al lago, pero los amigos se lo impidieron-: No lo entendéis -exclamó-. ¡Soy adolescente, tengo problemas!
– No grites, que te van a oír -lo reprendió una voz de mujer.
A través de los árboles se divisaba la casa de los Lisbon, pero no se distinguían luces, probablemente porque a esa hora ya no funcionaba la electricidad. Nos metimos dentro, donde la gente se lo estaba pasando en grande. Los camareros servían ahora unos pequeños cuencos de plata llenos de helado verde. En la pista de baile habían colocado una caja de gas lacrimógeno que difundía una niebla totalmente inofensiva. El señor O'Co
Nos quedamos hasta que amaneció. Al salir al encuentro de la primera madrugada alcohólica de nuestras vidas (una desleída aparición de luz, utilizada excesivamente a lo largo de los años por los directores que insisten en la misma nota), teníamos los labios hinchados a fuerza de besos y en la boca sentíamos un regusto a muchacha. En cierto sentido ya habíamos estado casados y divorciados, y Tom Faheem encontró una carta de amor en el bolsillo del pantalón, olvidada por la última persona que había alquilado el esmoquin. Las moscas del pescado que habían criado durante la noche seguían temblando en los árboles y en las farolas y hacían resbaladiza la acera, como si caminásemos entre ñames. El día amenazaba con ser bochornoso. Nos quitamos las chaquetas y seguimos por la calle de los O'Co
Aquella mañana los sanitarios vinieron por última vez. En nuestra opinión se movían con excesiva lentitud, y el gordo hizo el mismo chiste de siempre: aquello no era como en la televisión. Habían ido tantas veces a la casa que ni llamaron a la puerta, sino que entraron directamente, pasaron la cerca que ya no estaba, se dirigieron a la cocina para ver si el horno de gas estaba en marcha, bajaron al sótano donde encontraron la viga expedita y finalmente subieron a la planta superior, donde en el segundo dormitorio que inspeccionaron encontraron lo que andaban buscando: la última de las hermanas Lisbon metida en un saco de dormir y atiborrada de somníferos.
Llevaba tanto maquillaje encima que los sanitarios tuvieron la impresión de que algún empleado de pompas fúnebres la había preparado para que la vieran los deudos, impresión que persistió hasta que se dieron cuenta de que tenía corridos el carmín de los labios y la sombra de ojos. Al final se había manoseado un poco. Iba vestida de negro y llevaba velo, lo que a algunos les recordó las ropas de viuda de Jackie Ke
Durante un tiempo tratamos de aceptar las explicaciones generales, que calificaban el dolor de las hermanas Lisbon como algo meramente histórico, surgido de la misma fuente que otros suicidios de adolescentes, cada muerte formando parte de una tendencia. Intentamos volver a nuestras vidas anteriores, dejar que las muchachas descansaran en paz, pero en la casa de los Lisbon seguía persistiendo un misterio que nos hacía ver, cada vez que la mirábamos, un arco flamígero en el tejado o una llama que oscilaba en alguna de las ventanas de arriba. Muchos de nosotros continuábamos soñando que las hermanas Lisbon se nos aparecían más reales que en vida, y despertábamos con la plena seguridad de que en la almohada persistía su perfume, llegado del otro mundo. Nos reuníamos casi a diario, como para comprobar lo que era evidente o para recitar fragmentos del diario de Cecilia (la descripción de Lux al probar la frialdad del mar, levantando una rodilla igual que un flamenco, había pasado a ser popular entre nosotros). Pese a todo, siempre terminábamos aquellas sesiones con la sensación de recorrer un camino que no conducía a ninguna parte, y cada vez nos sentíamos más hoscos y frustrados.
Quiso la suerte que el día en que se suicidó Mary se hubiera solucionado la huelga de empleados del cementerio después de cuatrocientos nueve días de negociaciones. La duración de la huelga había sido la causa de que los depósitos estuvieran llenos a rebosar desde hacía meses, por lo que ahora iban llegando de fuera del estado los muchos cadáveres que aguardaban ser enterrados. Los traían en camiones refrigerados o en avión, según los posibles del difunto. En la autopista Chrysler un camión tuvo un accidente y dio una vuelta de campana, por lo que en la primera página del periódico apareció una foto con todos los ataúdes metálicos desparramados como si fuesen lingotes. Nadie asistió a la misa de difuntos celebrada durante el entierro de las hermanas Lisbon aparte del señor y la señora Lisbon, el señor Calvin Ho