Добавить в цитаты Настройки чтения

Страница 29 из 40

Advertida del fracaso de las gestiones familiares ante Sus Majestades, la Duma reitera sus ataques contra el gobierno. Desde la apertura de la sesión, el I9 de noviembre de 1916, el dirigente del bloque progresista, Pablo Miliukov, expresó su cólera a gritos: "¿Esto es idiotez o traición? ¡Sería verdaderamente demasiada idiotez! ¡Parece difícil explicar todo esto como idiotez!" El 19 de diciembre, tendrá lugar la intervención virulenta del diputado de extrema derecha Vladimiro Purichkevich. Ese día, el ministro del Interior Trepov presenta al Parlamento la declaración de política general. Es recibido a los gritos de: "¡Abajo los ministros! ¡Abajo Protopopov!" Calmo y altivo, Trepov comienza la lectura de su discurso. Por tres veces, el alboroto de la izquierda lo obliga a abandonar la tribuna. Por fin lo dejan hablar. El pasaje relativo a la resolución de proseguir la guerra sin tregua es aplaudido incluso con calor. La atmósfera parece definitivamente distendida, pero, en cuanto continúa la sesión, purichkevich se desata contra "las fuerzas ocultas que deshonran a Rusia". Luego interpela al gobierno: "¡Es necesario que la recomendación de un Rasputín ya no sea lo que basta para elevar a las más altas funciones a los personajes más abyectos! ¡Hoy Rasputín es más peligroso que antiguamente el falso Dimitri! (…) ¡De pie, señores ministros! Si sois verdaderos patriotas, id a la Stavka, arrojaos a los pies del Zar, tened el coraje de decirle que la crisis interior puede prolongarse, que la ira popular gruñe, que la revolución amenaza y que un oscuro mujik no debe seguir gobernando a Rusia". [22] Algunos días más tarde, es el Consejo del Imperio, bastión del absolutismo, donde la mitad de los miembros son nombrados por el Zar, que toma el relevo de la Duma y emite un voto solemne para prevenir a Su Majestad contra "la acción de las fuerzas ocultas".

Así, en tanto que la extrema izquierda quiere desacreditar a la pareja soberana para precipitar la caída del régimen, la extrema derecha sueña con apartar del trono a todos aquellos que perjudican a la dinastía con el fin de restaurar una autocracia pura y dura. Los partidarios de esta última teoría desean la disolución de la Duma, el incremento de la censura, la ampliación de los poderes de la policía y la institución de la ley marcial. La Zarina les da la razón; el Zar titubea. Ha regresado a Tsarskoie Selo a fines de noviembre. Antes de volver a la Stavka, se encuentra con Rasputín en casa de A

Como un eco de las palabras de Rasputín acerca del rechazo de toda negociación de armisticio antes de la derrota de Alemania, el nuevo ministro de Asuntos Extranjeros, Pokrovski, pronuncia un discurso muy firme ante la Duma: "Las potencias de la Entente proclaman su voluntad de proseguir la guerra hasta el triunfo final. Nuestros i

Desde hace un tiempo, un cambio fúnebre se opera en el pensamiento de Rasputín. A pesar de las pruebas de ternura y veneración que le prodiga la Zarina, siente alrededor como un olor de muerte. Después de haberse enorgullecido de la cantidad de sus enemigos y de su incapacidad para hacerlo caer, se siente bruscamente cansado del combate que libra día tras día. La jauría que ladra a sus talones no cede ni una pisada. Empieza a creer que terminará por atacarlo y despedazarlo. Mientras está de fiesta con sus amigos, al son de una orquesta gitana, una sombría premonición le hiela la sangre en las venas. Todo se decolora alrededor. El vino tiene gusto a ceniza. Las mujeres que le ofrecen sus labios son sanguijuelas. Entonces aumenta la dosis de alcohol para superar ese debilitamiento. Una vez ebrio, ya no tiene miedo de nada. Pero su euforia no dura más que una noche. Al alba, sus dudas lo asaltan de nuevo. Su secretario, Aron Simanovich, refiere que una noche de abatimiento le confió un testamento destinado a Sus Majestades: "Presiento que dejaré la vida antes del 1º de enero. Quiero hacer saber al pueblo ruso, a Papá (el Zar), a la Madre rusa (la Zarina) y a los niños, a la tierra rusa lo que deben emprender. Si me matan vulgares asesinos, sobre todo por mis hermanos, los campesinos rusos, tú, Zar de Rusia, no tendrás nada que temer por tus hijos. Pero si me matan los boyardos, los nobles, y derraman mi sangre, sus manos quedarán manchadas por mi sangre durante veinticinco años. Deberán abandonar Rusia. Los hermanos se levantarán contra los hermanos, se matarán entre ellos y se odiarán, y, durante veinticinco años no habrá más nobleza en el país. Zar de la tierra rusa, si oyes el sonido de la campana que te anunciará que Gregorio ha sido muerto, sabe que, si es uno de los tuyos el que ha provocado mi muerte, ninguno de los tuyos, ninguno de tus hijos vivirá más de dos años. Serán muertos por el pueblo ruso (…). Yo seré muerto. No estoy más entre los vivos. ¡Reza! ¡Reza! ¡Sé fuerte! Piensa en tu bendita familia". [23]

Pocos meses antes, cuando volvía de la misa de Pascua con sus dos hijas y la familia imperial, Rasputín tuvo un vértigo y se desplomó, dando un grito sordo, en los almohadones de la calesa que lo transportaba. El coche se detuvo ante una iglesia. Repuesto de su malestar, el staretz dijo a Maria y a Varvara, que, enloquecidas, lo acosaban a preguntas: "No se asusten, palomas mías. Simplemente acabo de tener una horrible visión: mi cadáver yacía en esta capilla y, durante un minuto, sentí físicamente mi agonía… ¡Qué agonía…! Recen por mí, amigas mías, mi hora se acerca".

[22] Cf. Maurice Paléologue, La Russie des tsars pendant la Grande Guerre.

[23] Citado por Aron Simanovich, Raspoutin; retomado por Yves Tournon, ob. cit.