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En cuanto a la Emperatriz, ésta se contenta con telelgrafiar a Rasputín con el fin de exigirle explicaciones sobre la correspondencia de la familia imperial, de la que hay copias sobre todas las mesas. Elvprotesta con vigor declarando su inocencia: esas cartas, que él venera como reliquias, le han sido robadas, dice, por el despreciable Eliodoro. Sus enemigos no saben qué inventar para perjudicarlo. El no es ni un khlyst ni un fornicador ni un renegado sino un hombre enteramente consagrado a Cristo y a la familia imperial. Alejandra Fedorovna no pide más que creerle. Se consume por él. Con el consentimiento de su marido, lo hace volver a Tsarskoie Selo. El 13 de marzo lo encuentra en casa de A

Rasputín no ha sido invitado. Pero, con la complicidad de A

Rasputín llega a Yalta tres días después que Sus Majestades. Un diario local, La Riviera Rusa, anuncia qu se hospeda en el hotel Rossia, el palacio del lugar. El Zar, la Zarina, las grandes duquesas, el zarevich lo reciben como un amigo injustamente acosado por los malvados. Festeja Pascuas a su sombra. En seguida se propagan los comentarios malévolos entre los clientes del balneario. Tiene el diablo en el cuerpo, dicen. La Zarina no puede estar sin su mujik, ni como confesor ni como amante. Olfateando esos rumores, Nicolás II hace comprender a Rasputín que atándose a los pasos de la familia imperial corre el riesgo de comprometerla para siempre. Aunque le cueste, es necesario que el santo hombre tenga el coraje de desaparecer.

De mala gana, el staretz hace sus valijas y parte hacia Siberia. Para consolarlo, le afirman que la separación será corta. En realidad, no experimenta mucha inquietud por su porvenir: pase lo que pase, Sus Majestades no intentarán reemplazarlo. Por primera vez, un agente de la Okhrana está encargado de acompañarlo durante su viaje. ¿Para protegerlo o para vigilarlo? Las dos cosas a la vez, sin duda. Rasputín no sabe si debe sentirse orgulloso o contrariado. En todo caso, desde ese momento su decisión está tomada: no volverá a San Petersburgo antes de ser llamado como un salvador.

VI El milagro

El 19 de septiembre de 1912, luego de una larga estada en Crimea, la familia imperial se traslada a la reserva forestal de Bielowiege, en Polonia. Cazador apasionado, Nicolás II piensa abatir algunos de los últimos uros de Europa, que han sido reunidos allí para su entretenimiento. No obstante, no desdeña la caza menor y anota en su carné hasta la cantidad de patos muertos en el día. Pero, poco después de la llegada de Sus Majestades al lugar, el zarevich da un paso en falso al salir de un bote y se golpea la cadera izquierda contra la horquilla de un tolete. En el lugar de la contusión aparece un ligero tumor. Felizmente, el hematoma se reabsorbe bastante rápido y, el 16 de septiembre, la familia deja Bielowiege y se dirige a Spala, otro coto de caza imperial. Al comprobar que el niño parece completamente curado, su madre y A

Ante la impotencia de los médicos, Alejandra Fedorovna cae en una desolación neurótica. Está convencida de que su hijo va a morir. Y eso es por su culpa. ¿Acaso no es ella quien le ha trasmitido ese mal horrible? Además, ha pecado por negligencia, por despreocupación. Si no hubiera consentido en la partida de Rasputín, tal vez Dios habría escuchado su pedido de auxilio. Se retuerce las manos, solloza, reza y no se separa de la cabecera de Alexis. Ya corren rumores alarmantes que, llevados por los criados, circulan por el país. Se susurra que el zarevich ha sido víctima de un atentado. Para terminar con las habladurías, el Zar autoriza al conde Fredericks, ministro de la corte, a publicar boletines acerca de la salud del niño, pero sin mencionar que se trata de un caso de hemofilia. Esa clase de comunicados a los diarios es una i

Rasputín recibe el telegrama el mismo día, a mediodía. Está a la mesa con su familia. Su hija mayor, Maria, le lee el mensaje. Él se pone de pie inmediatamente, se dirige al salón donde están expuestos los iconos más venerables de la casa y dice a Maria, que lo acompaña: "Paloma mía, voy a intentar cumplir el más difícil y misterioso de los ritos. Es necesario que lo lleve a cabo con éxito. No tengas miedo y no dejes entrar a nadie… Tú puedes quedarte si lo deseas, pero no me hables, no me toques, no hagas ningún ruido. Reza únicamente". Luego, poniéndose de rodillas ante las imágenes santas, exclama: "¡Cura a tu hijo Alexis, si esa es Tu voluntad! ¡Dale mi fuerza, oh, Dios, para que él la utilice para su curación!". Mientras habla, su rostro está iluminado por el éxtasis, un sudor abundante corre por su frente y sus mejillas. Jadea, víctima de un sufrimiento sobrenatural y cae de espaldas sobre el piso, con una pierna doblada y la otra tiesa. Maria escribirá: "Parecía debatirse en una espantosa agonía. Yo estaba segura de que moriría. Después de una eternidad, abrió los ojos y sonrió. Le ofrecí una taza de té helado que bebió ávidamente. Pocos instantes después, volvía a ser él mismo". (Maria Rasputín, ob. cit.)