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Eddie había observado que a Harry le obsesionaba un poco la leña. No podía decirse que le hubiera fascinado exactamente la charla sobre la leña, que Harry prosiguió incansable durante el resto de la cena. (Todavía estaba hablando sobre la leña cuando Eduardo y Conchita se fueron a casa.) Al novelista le gustaba mucho más que Harry hablara de libros, pues no había conocido a muchas personas que leyeran tantos libros como el ex policía, con excepción de Minty, su difunto padre
Terminada la cena, mientras Harry y Eddie se ocupaban de los platos y Ha
Ruth apenas se acordaba del tiempo en que la piscina y el seto que la rodeaba no estaban allí, o de cuando el césped era el campo sin segar por el que sus padres discutían. Ahora se le ocurrió pensar que, en otras noches frías, cuando alguien fregaba los platos y su padre o una canguro la habían acostado y le contaban un cuento, su madre debía de estar en aquel jardín, bajo las mismas estrellas implacables. Marion no habría contemplado el cielo ni se habría considerado tan afortunada como lo era su hija
Ruth sabía que era afortunada. Se dijo que su próximo libro debería tratar de la buena suerte, de cómo la buena suerte y el infortunio se distribuyen de una manera desigual, si no al nacer, por lo menos a medida que se dan las circunstancias sobre las que no tenemos control alguno, así como en la pauta al parecer fortuita de los acontecimientos que entran en colisión: la gente que conocemos, el momento en que ese conocimiento tiene lugar y si esas personas importantes podrían conocer casualmente a otras, y el momento en que podría suceder tal cosa. Ruth sólo había tenido un pequeño infortunio. ¿Por qué razón su madre había tenido tantos?
– Oh, mamá -dijo Ruth a las frías estrellas-, ven a conocer a tu nieto ahora que todavía puedes hacerlo
En el dormitorio principal, situado en el piso superior, y en la misma cama de matrimonio donde hiciera el amor con el difunto Ted Cole, Ha
– ¿Cuál es el que me encanta? -inquirió Graham
– Todos -respondió Ha
– No me gusta Madeline y los gitanos -le informó Graham.
– Muy bien, entonces no leeremos ése -dijo Ha
– ¿Por qué? -quiso saber Graham
– Por la misma razón que a ti tampoco te gusta -respondió Ha
– Estoy harto de El rescate de Madeline -le dijo Graham.
– Estupendo. La verdad es que a mí también me harta. ¿Cuál te gusta?
– Me gusta Madeline y el sombrero malo -decidió el muchacho-, pero Pepito no me gusta, de veras, no me gusta nada.
– ¿No sale Pepito en Madeline y el sombrero malo? -le preguntó Ha
– Eso es lo que no me gusta del cuento -respondió Graham.
– Tienes que elegir un cuento que te guste, Graham
– ¿Te sientes frustrada? -inquirió el chico.
– ¿Quién, yo? Jamás. Dispongo de todo el día.
– Es de noche -señaló el niño-. El día ha terminado
– ¿Qué te parece Madeline en Londres? -le sugirió Ha
– En ése también sale Pepito
– ¿Y qué me dices de Madeline a secas, la historia original de Madeline?
– ¿Qué quiere decir "original"?
– La primera
– Ésa ya la he oído muchísimas veces -dijo Graham. Ha
– Quiero La Navidad de Madeline -dijo Graham por fin.
– Pero sólo estamos en Acción de Gracias -replicó Ha
– Has dicho que podía elegir el que quisiera
Sus voces llegaban a la cocina, donde Harry restregaba la bandeja del asado y Eddie secaba una espátula agitándola distraídamente. Le había estado hablando a Harry acerca de la tolerancia, pero parecía haber perdido el hilo de sus pensamientos. Su conversación se había iniciado con el tema de la intolerancia, sobre todo racial y religiosa, en Estados Unidos, pero Harry percibía que Eddie había entrado en un terreno más personal. De hecho, Eddie estaba a punto de confesarle la intolerancia que le causaba Ha
Harry sabía qué era la tolerancia. No habría discutido con Eddie, ni con cualquier compatriota de éste, que los holandeses son más tolerantes que la mayoría de los estadounidenses, pero creía que así era. Percibía la intolerancia que Eddie le causaba a Ha
Harry pensó que en Estados Unidos no existe ninguna intolerancia comparable a la intolerancia, tan estadounidense, hacia la falta de éxito. Aunque Eddie no le interesaba gran cosa como escritor, le gustaba mucho como persona, sobre todo por su afecto constante hacia Ruth. Cierto que le asombraba la naturaleza de su adoración, cuyo origen, suponía él, debía de ser la madre desaparecida. El ex policía se daba cuenta de que lo que Ruth y Eddie tenían más en común era la ausencia de Marion. Su ausencia era una parte fundamental de sus vidas, como le ocurría a Rooie con su hija
En cuanto a Ha
Relacionarse con los amigos de la persona que uno ama no es nada fácil, pero Harry sabía mantener la boca cerrada y limitarse a observar cuando era necesario
Mientras Harry ponía una olla a hervir, Eddie le preguntó cuáles eran sus planes para disfrutar de la jubilación. Tanto a él como a Ha