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– ¿Por qué llora mamá? -preguntó Graham a Ha
– Mamá llora porque echa de menos a papá -susurró Ha
– Pero ¿dónde está papá ahora? -quiso saber Graham
Aún no había obtenido una respuesta satisfactoria por parte de su madre
Una vez finalizado el funeral, los asistentes se apiñaron alrededor de Ruth, y ésta perdió la cuenta de las veces que le apretaban los brazos. Mantenía las manos entrelazadas en la cintura. La mayoría de la gente no intentaba tocarle las manos, sino sólo las muñecas y los brazos
Ha
– Quítate esa cosa, mami -pidió el pequeño
– Esa cosa se llama velo, cariño -le dijo Ha
– No, me lo quitaré -accedió Ruth
Por fin había dejado de llorar. Tenía una expresión de aturdimiento y se había quedado insensibilizada; no podía llorar ni expresar el dolor de ninguna otra manera. Entonces recordó a la espantosa anciana que había dicho que sería una viuda durante el resto de su vida. ¿Dónde estaba ahora? ¡El funeral de Allan habría sido el lugar perfecto para que volviera a presentarse!
– ¿Os acordáis de aquella anciana y terrible viuda? -preguntó Ruth a Ha
– Estoy a la mira, cariño, por si la localizo -replicó Ha
Eddie estaba todavía emocionado por el poema de Yeats, pero no había dejado en ningún momento de observar a la gente. También Ruth buscaba a Marion, y creyó verla
La mujer no era lo bastante mayor para ser Marion, pero al principio Ruth no reparó en ello. Se fijó en la elegancia de la mujer y en que parecía compadecida y afectada de veras. No miraba a Ruth de una manera amenazante y hostil, sino con una expresión compasiva, inquieta y curiosa. Era una mujer atractiva, más o menos de la edad de Allan; ni siquiera tenía sesenta años. Además, no miraba a Ruth con tanto interés como parecía mirar a Ha
Ruth le tocó el brazo al tiempo que le preguntaba:
– Disculpe…, ¿nos conocemos?
La mujer, azorada, desvió los ojos, pero superó enseguida su vergüenza, hizo acopio de valor y apretó el antebrazo de Ruth.
– Lo siento, ya sé que estaba mirando fijamente a su hijo -dijo la mujer con nerviosismo-. Es que no se parece en nada a Allan
– ¿Quién es usted, señora? -le preguntó Ha
– ¡Ah, perdone! -replicó la mujer, dirigiéndose a Ruth-. Soy la otra señora Albright, quiero decir su primera mujer
Ruth no quería que Ha
– Cuánto me alegro de conocerla -le dijo Eddie, apretando el brazo de la ex esposa-. Allan siempre hablaba muy bien de usted
La ex señora Albright se quedó pasmada. Debía de estar tan emocionada como Eddie por el poema de Yeats. Ruth nunca había oído a Allan hablar "muy bien" de su ex mujer, incluso a veces se había referido a ella en tono de lástima, sobre todo porque estaba seguro de que ella lamentaría su decisión de no tener hijos. ¡Y ahora estaba allí, contemplando a Graham! Ruth tuvo la seguridad de que la ex señora Albright había asistido al funeral no para dar su último adiós a Allan, sino para ver al hijo que éste había tenido
– Gracias por venir -se limitó a decirle Ruth. Habría seguido diciéndole cosas insinceras, pero Ha
– Estás mejor con el velo puesto, cariño -le susurró, y entonces se dirigió al pequeño-: Esta señora es una amiga de tu papá, Graham. Anda, dile "hola"
– Hola -dijo Graham a la ex mujer de Allan-. Pero ¿dónde está papá? ¿Dónde está ahora?
Ruth volvió a ponerse el velo. Tenía el rostro tan insensible que no se dio cuenta de que estaba llorando de nuevo
Ruth se dijo que le gustaría creer en el cielo sólo por los niños, para poder decir: "Papá está en el cielo, Graham". Y eso fue lo que dijo entonces
– Y el cielo es bonito, ¿verdad? -replicó el niño
Habían hablado muchas veces del cielo y de cómo era desde la muerte de Allan. Posiblemente el cielo atraía más al niño porque se trataba de un tema muy nuevo para él. Puesto que ni Ruth ni Allan eran religiosos, Graham no había oído mencionar el cielo durante sus tres primeros años de vida
– Te diré cómo es el cielo -le dijo la ex señora Albright al pequeño-. Es como tus mejores sueños
Pero Graham, a su edad, tenía más a menudo pesadillas. Los sueños no eran necesariamente un regalo del cielo. No obstante, si el chiquillo daba crédito al poema de Yeats, ¡se vería obligado a imaginar a su padre andando por las cimas de las altas montañas y ocultando el rostro entre la multitud de las estrellas! (Ruth se preguntó si eso sería el cielo o una pesadilla.)
– Ella no ha venido, ¿verdad? -preguntó Ruth de repente Eddie, a través del velo
– No la veo -admitió Eddie
– Sé que no está aquí -dijo Ruth
– ¿Quién no está aquí? -preguntó Ha
– Su madre -replicó Eddie
– Todo irá bien, cariño -susurró Ha
En opinión de Ha
– Sí, pero tú tenías dieciséis, Eddie -le recordó Ha
A pesar de que había aceptado a Eddie como el nuevo amigo de Ruth, lo que turbaba a Ha