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De pronto, entre pregunta y pregunta, se calló y empezó a buscar, disimuladamente primero y con mano insegura, pero abiertamente después, e incluso debajo del banco.
– Un momento, muchachos, vuelvo en seguida a cubierta.
Y con su pantalón azul marino, su camisa blanca, descalzo, pero con los calcetines puestos, el teniente comandante se abrió paso entre los estudiantes, las hileras de bancos y el olor de parque zoológico: Pequeño Pabellón de Fieras.
El cuello de la camisa, abierto y levantado, listo para recibir la corbata y la cinta con la cruz que no quiero mencionar. De la puerta del despacho de Mallenbrandt colgaba el horario semanal de las clases de gimnasia. Llamó y entró al propio tiempo.
¿A quién no se le ocurrió, como a mí, pensar en Mahlke? No estoy seguro de que se me ocurriera inmediatamente, aunque hubiera debido ocurrírseme, pero de lo que sí estoy seguro es de no haber exclamado en voz alta: "¿Dónde demonios estará Mahlke?" Tampoco Schilling gritó nada, ni Hotten So
Ninguno dijo nada; antes bien, nos pusimos tácitamente de acuerdo en que había sido aquel cretino de Buschma
Pero sólo cuando Buschma
Y mientras con la vista y el oído esperaba yo todavía una confesión categórica de Buschma
No hablaba ya del objeto desaparecido, sino que entre golpe y golpe rugía:
– ¡Deja de reírte! ¡No te rías, te digo! ¡Ya haré yo que se pasen las ganas de reír!
Dicho sea de paso, no lo logró. No sé si existe hoy todavía un Buschma
Disimuladamente -por más que Buschma
Acabado de vestir, no lejos de allí pero apartado del bullicio, se abrochaba el botón superior de una camisa que, a juzgar por el corte y las rayas, había de proceder del legado de camisas de su padre. Y cómo le costaba, al abrocharse, esconder su distintivo tras el botón. Aparte de sus esfuerzos con el cuello y de los movimientos concomitantes de los músculos de sus mandíbulas, Mahlke daba una impresión de absoluta tranquilidad.
Cuando se hubo convencido de que el botón no se dejaba cerrar, alargó la mano hacia el bolsillo interior de su chaqueta, colgada todavía, y sacó una corbata chafada. En nuestra clase nadie llevaba corbata. En sexto y entre los de reválida sólo la llevaban algunos presumidos. Dos horas antes, mientras el teniente comandante daba desde la cátedra su conferencia ensalzando las bellezas naturales, Mahlke había llevado todavía abierto el cuello de la camisa; pero ya la corbata arrugada esperaba en su bolsillo la gran ocasión.
Este fue el estreno de Mahlke con corbata. Delante del único espejo del vestidor, por lo demás, lleno de manchas, pero sin acercarse a él, sino más bien desde cierta distancia y simplemente por la forma, anudábase alrededor del cuello levantado el harapo, moteado en diversos colores según creo recordar y, en todo caso, de mal gusto; se dobló el cuello, se apretó una vez más el nudo excesivamente abultado y dijo luego con voz no muy alta pero suficiente, con todo, para que sus palabras se alcanzaran a oír distintamente en medio del interrogatorio que seguía su curso y el ruido de los bofetones que Mallenbrandt, pese a las objeciones del mismo teniente comandante, seguía propinando a la risita de Buschma
– Apuesto cualquier cosa a que no fue Buschma
Las palabras de Mahlke se dirigían más bien al espejo, pero le depararon en seguida un auditorio. Su corbata, el nuevo truco, sólo llamó la atención posteriormente, y eso apenas.
Con sus propias manos Mallenbrandt registró la ropa de Buschma
– La cosa es fácil de reemplazar. No por ello se va a hundir el mundo, señor profesor. Al fin no es más que una tonta travesura de chiquillos.
Pero Mallenbrandt hizo cerrar la sala del gimnasio y los vestidores y, secundado por dos alumnos de sexto, registró nuestros bolsillos y hasta el menor rincón del lugar capaz de convertirse en escondite. Divertido al principio, el teniente comandante ayudó en la búsqueda, pero luego se puso impaciente e hizo algo que nadie se atrevía a hacer en los vestidores: empezó a fumar cigarrillos uno tras otro, aplastando las colillas con los pies sobre el linóleo del piso, y acabó por ponerse manifiestamente de mal humor cuando Mallenbrandt le acercó, sin decir palabra, una escupidera en desuso que por espacio de años se había ido cubriendo de polvo al lado de la fuente y que ahora había sido examinada ya como posible escondrijo del objeto robado.
El teniente comandante se ruborizó como un escolar, se arrancó de la boca de curva delicada de orador el cigarrillo apenas empezado y, cruzándose de brazos, dejó de fumar. Pasó a mirar nerviosamente la hora una y otra vez y a dar muestras de su prisa mediante el brusco movimiento de boxeador con que hacía salir el reloj pulsera de la manga.