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– ¿Estás bien? -pregunté.
Asintió.
– Me dijo que me fuese a casa, ¿sabes?, que ya era tarde y que fuera a descansar porque hoy íbamos a tener un día muy largo. Estábamos cerrando toda la contabilidad del mes… si me hubiese quedado un minuto más…
– ¿Qué es lo que pasó, Herminia?
– Estuvimos trabajando hasta tarde. Era casi medianoche cuando el señor Barrido me dijo que me fuese a casa. Los editores estaban esperando a un caballero que venía a verlos…
– ¿A medianoche? ¿Qué caballero?
– Un extranjero, creo. Tenía algo que ver con una oferta, no lo sé. Me hubiese quedado de buena gana, pero era muy tarde y el señor Barrido me dijo…
– Herminia, ese caballero, ¿recuerdas su nombre?
La Veneno me miró con extrañeza.
– Todo lo que recuerdo ya se lo he contado al inspector que ha venido esta mañana. Me ha preguntado por ti.
– ¿Un inspector? ¿Por mí?
– Están hablando con todo el mundo.
– Claro.
La Veneno me miraba fijamente, con desconfianza, como si tratase de leer mis pensamientos.
– No saben si saldrá vivo -murmuró, refiriéndose a Escobillas-. Se ha perdido todo, los archivos, los contratos… todo. La editorial se acabó.
– Lo siento, Herminia.
Una sonrisa torcida y maliciosa afloró en sus labios.
– ¿Lo sientes? ¿No es esto lo que querías?
– ¿Cómo puedes pensar eso?
La Veneno me miró con recelo.
– Ahora eres libre.
Hice ademán de tocarle el brazo pero Herminia se incorporó y retrocedió un paso, como si mi presencia le produjese miedo.
– Herminia…
– Vete -dijo.
Dejé a Herminia entre las ruinas humeantes. Al salir a la calle me tropecé con un grupo de chiquillos que estaban hurgando entre las pilas de escombros. Uno de ellos había desenterrado un libro de entre las cenizas y lo examinaba con una mezcla de curiosidad y desdén. La cubierta había quedado velada por las llamas y el reborde de las páginas e
– ¿Señor Martín?
Me volví para encontrarme con tres hombres ataviados con trajes de saldo que no acompañaban al calor húmedo y pegajoso que flotaba en el aire. Uno de ellos, que parecía el jefe, se adelantó un paso y me ofreció una sonrisa cordial, de vendedor experto. Los otros dos, que parecían tener la constitución y el temperamento de una prensa hidráulica, se limitaron a clavarme una mirada abiertamente hostil.
– Señor Martín, soy el inspector Víctor Grandes y éstos son mis colegas, los agentes Marcos y Gástelo, del cuerpo de investigación y vigilancia. Me pregunto si sería usted tan amable de dedicarnos unos minutos.
– Por supuesto -respondí.
El nombre de Víctor Grandes me sonaba de mis años en la sección de sucesos. Vidal le había dedicado alguna de sus columnas y recordé particularmente una en la que lo calificaba como el hombre revelación del cuerpo, un valor sólido que confirmaba la llegada a la fuerza de una nueva generación de profesionales de élite mejor formados que sus predecesores, incorruptibles y duros como el acero. Los adjetivos y la hipérbole eran de Vidal, no míos. Supuse que el inspector Grandes no habría hecho sino escalar posiciones en Jefatura desde entonces y que su presencia allí evidenciaba que el cuerpo se tomaba en serio el incendio de Barrido y Escobillas.
– Si no tiene inconveniente podemos acércanos a un café donde hablar sin interrupciones -dijo Grandes sin aflojar un ápice la sonrisa de servicio.
– Como gusten.
Grandes me condujo hasta un pequeño bar que quedaba en la esquina de las calles Doctor Dou y Pintor Fortuny. Marcos y Gástelo caminaban a nuestra espalda, sin quitarme los ojos de encima. Grandes me ofreció un cigarrillo, que rechacé. Volvió a guardar la cajetilla. No despegó los labios hasta que llegamos al café y me escoltaron a una mesa, al fondo, donde los tres se apostaron a mi alrededor. Si me hubiesen llevado a un calabozo oscuro y húmedo me hubiera parecido que el encuentro era más amigable.
– Señor Martín, creo que ya habrá tenido conocimiento de lo sucedido esta madrugada.
– Sólo lo que he leído en el periódico. Y lo que me ha contado la Veneno…
– ¿ La Veneno?
– Perdón. La señorita Herminia Duaso, adjunta a la dirección.
Marcos y Gástelo intercambiaron una mirada impagable. Grandes sonrió.
– Interesante mote. Dígame, señor Martín, ¿dónde se encontraba usted ayer por la noche?
Bendita ingenuidad, la pregunta me pilló de sorpresa.
– Es una pregunta rutinaria -aclaró Grandes-. Estamos intentando establecer la presencia de todas las personas que pudieran haber tenido relación con las víctimas en los últimos días. Empleados, proveedores, familiares, conocidos…
– Estaba con un amigo.
Tan pronto abrí la boca lamenté la elección de mis palabras. Grandes lo advirtió.
– ¿Un amigo?
– Más que un amigo se trata de una persona relacionada con mi trabajo. Un editor. Ayer por la noche tenía concertada una entrevista con él.
– ¿Podría decir hasta qué hora estuvo usted con esta persona?
– Hasta tarde. De hecho, acabé pasando la noche en su casa.
– Entiendo. ¿Y la persona que usted define como relacionada con su trabajo se llama?
– Corelli. Andreas Corelli. Un editor francés.
Grandes anotó el nombre en un pequeño cuaderno.
– Parecería que el apellido fuese italiano -comentó.
– La verdad es que no sé con exactitud cuál es su nacionalidad.
– Es comprensible. Y este señor Corelli, sea cual sea su ciudadanía, ¿podría corroborar que ayer por la noche se encontraba con usted?
Me encogí de hombros. f- -Supongo que sí.
– ¿Lo supone?
– Estoy seguro de que sí. ¿Por qué no iba a hacerlo?
– No lo sé, señor Martín. ¿Hay algún motivo por el cual usted cree que no fuera a hacerlo?
– No.
– Tema zanjado, entonces.
Marcos y Gástelo me miraban como si no me hubiesen oído pronunciar más que embustes desde que nos habíamos sentado.
– Para acabar, ¿podría usted aclararme la naturaleza de la reunión que mantuvo usted ayer noche con este editor de nacionalidad indeterminada?
– El señor Corelli me había citado para formularme una oferta.
– ¿Una oferta de qué índole?
– Profesional.
– Ya veo. ¿Para escribir un libro, tal vez?
– Exactamente.
– Dígame, ¿es habitual que tras una reunión de trabajo se quede usted a pasar la noche en el domicilio de la, digamos, parte contratante?
– No.
– Pero me dice usted que se quedó a pasar la noche en el domicilio de este editor.
– Me quedé porque no me encontraba bien y no creí que pudiese llegar a mi casa.
– ¿Le sentó mal la cena, quizá?
– He tenido algunos problemas de salud últimamente.
Grandes asintió con aire de consternación.
– Mareos, dolores de cabeza… -completé.
– ¿Pero es razonable asumir que ya se encuentra usted mejor?
– Sí. Mucho mejor.
– Lo celebro. Lo cierto es que tiene usted un aspecto envidiable. ¿No es así?
Gástelo y Marcos asintieron lentamente.
– Cualquiera diría que se ha quitado usted un gran peso de encima -apuntó el inspector.
– No le entiendo.
– Me refiero a los mareos y las molestias.
Grandes manejaba aquella farsa con un dominio del tempo exasperante.
– Disculpe mi ignorancia respecto a los pormenores de su ámbito profesional, señor Martín, ¿pero no es cierto que tenía usted suscrito un contrato con los dos editores que no expiraba hasta dentro de seis años?
– Cinco.
– ¿Y no le ligaba ese contrato en exclusiva, por así decirlo, a la editorial de Barrido y Escobillas?
– Ésos eran los términos.
– Entonces, ¿por qué motivo habría usted de discutir una oferta con un competidor si su contrato le impedía aceptarla?
– Era una simple conversación. Nada más.