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– "No comprenc com el xiquetet va poder amb aquesta famella" (4).
Suena la música y, roto el protocolo, los Borja y sus amigos se dejan llevar por la noche y las libaciones. Los ojos de doña Sancha parecen dedicados a seleccionar los gestos del escándalo: labios demasiado próximos de parejas que hablan, las manos del papa pasando de la cintura de Lucrecia a la de
(4) "No comprendo cómo el mozalbete pudo con esta hembra.
Adriana del Milá o sus ojos definitivamente cazadores ante cada desaparición de Giulia. Se detiene la mirada de la napolitana en la poderosa presencia de Ascanio Sforza. La estudia. La saborea, diríase. Intenta Sancha fingir dedicación por el adormilado Jofre, pero le divierte más escuchar cómo el insolente Corella canta una canción a la oreja de una embajadora.
– ¿Sorprendida?
Se ha puesto a su lado César, que va como vestido de luto.
– ¿Hay algo de lo que deba sorprenderme?
– Tal vez no lo hayas visto todo.
– Eso espero.
– ¿Te han defraudado los Borja?
– Es mucho más interesante la leyenda.
– ¿Contribuirás a ella?
– ¿Debo? Parece muy enterado de toda esta gente. ¿Quién es aquel cardenal de tan poderoso aspecto?
– Vamos a ver. Buena apreciación. Ascanio Sforza. Estuvo a punto de ser papa.
– ¿Lo merecía más que mi suegro?
Se aguantan las miradas maliciosamente. Doña Sancha parece reparar en el traje negro de César.
– ¿De luto?
– No era ésa mi intención. Yo casi siempre voy vestido de luto.
– ¿Quién es usted?
Se soprende César de no haber sido reconocido.
– Un personaje de la leyenda negra de los Borja. ¿No le han contado los relatos de las costumbres de Roma? Especialmente del propio papa o de su hijo natural, César.
– Sí. De ambos.
– ¿Le habían contado la historia de las castañas?
– Ésa no.
– Es costumbre orgiástica que en este salón, en presencia del papa, una docena de mujeres desnudas caminen a cuatro patas recogiendo con la boca las castañas que antes les han tirado en el suelo.
Cierre los ojos e imagínelo.
Cierra los ojos Sancha y lo imagina y ve los culos rosados y los senos de las mujeres reptadoras, las castañas por los suelos, el papa presidiendo, Lucrecia y Va
– ¿Lo ha visto?
– ¿Son comestibles las castañas?
– ¿Ha visto cómo los caballeros se subían a la espalda de las mujeres desnudas y las cabalgaban?
– No. Eso no lo he visto.
– Vuelva a cerrar los ojos y haga un esfuerzo.
Así lo hace y sobre la misma escena se superponen los caballeros que montan a las damas y ya Lucrecia está en las rodillas del papa.
De nuevo el vértigo del abismo moral la obliga a abrir los ojos y repasar el mal menor de las justas eróticas livianas que presencian.
Pero César se le ha acercado demasiado, casi pegado a ella, y sus labios merodean los suyos.
– Me presento, hermana mía.
Soy César Borja.
Se ha despertado el joven Jofre a tiempo de ver el acercamiento y se predispone a interponerse entre la pareja cuando tropieza con un criado y su bandeja repleta de copas y botellas, y al estrépito de la caída y al desconcierto del vertido de las copas sobre los vestidos acude Va
– ¡La flor más tierna, hermosa y oscura de Nápoles!
Regatea la muchacha al papa sin perder la sonrisa y llega al jardín, adonde la sigue César con la mirada dedicada, dejando a Alejandro en una perpleja parálisis. Pero poco rato permanece paralítico, porque pasa a su lado Giulia y como ella finge desentenderse sin perder la sonrisa, la quiere seguir Alejandro, pero no le deja el asalto de Va
– Es tu noche, Rodrigo.
– La de toda nuestra familia, Va
He seguido la obra del "oncle" Alfons, construir una poderosa familia, y a cada derrumbamiento de ese edificio le he buscado la pieza que prosiguiera implacablemente esa labor. Cuando murió o mataron a mi hermano Pere Lluís, yo hice de mí mismo y de Pere Lluís, yo fui los dos. Le puse Pere Lluís a mi primer hijo para que continuara el destino de mi hermano, para que fuera instrumento de poder de la familia, pero también murió, y he puesto a Joan en su puesto y lo he casado con la que estaba apalabrada como mujer de mi hijo muerto. Tengo instinto dinástico, como otros tienen instinto de supervivencia.
– Todas las piezas están en su sitio, ¿y yo?
– Te haces vieja, Va
Nunca te habías quejado y te quejas demasiado últimamente, no creo que tengas motivos.
– Yo sólo he sido el reposo del cazador, la paridora que te ha permitido juntar piezas para la construcción del edificio Borja.
Finge Alejandro Vi quedar atribulado por la injusticia del reproche, pero considera que Va
¿Qué más quieres? ¿Hablamos de tu patrimonio? Sus casas, el palacio Magani, el de San Pietro in Vincoli, la residencia con la viña. ¿Y sus derechos al castillo de Bieda?
– Me quejo de mi papel, no de mi pobreza o mi riqueza. Tus hijos y Giulia, Giulia, Giulia repetida en todos los cuadros de Pinturicchio.
– ¿Y tú no?
Le aprisiona Alejandro una mano y casi con dureza la saca de la fiesta y la arrastra por el pasillo hasta llevarla ante el cuadro de " La Anunciación ".
– ¿No eres tú ésa? ¿No te he idolatrado y nos hemos amado como nos pedía el cuerpo y la juventud?
Solloza Va
– Tengo miedo, Rodrigo. Por mí, por los hijos. Es demasiado alta la apuesta. El pobre Jofre muerto de miedo ante esa mujer tan poderosa, tan desafiante.
– A cada cual su miedo.
– Tengo miedo, Rodrigo.
Súbitamente Va
– Amigos, estamos en un momento decisivo del pontificado del gran Alejandro y confío en que su santidad no pensará que trato de aconsejarle, pero el gran Petrarca utilizó la historia de Aníbal para juzgar las victorias desaprovechadas. Cuando hostiguéis a los Orsini o a los Della Rovere, recordad este poema de Petrarca:
"Vinse Hanibal et non seppe usar poi ben la vittoria sua ventura: per signor mio caro, aggiate cura, che similmente non avegna a voi.
L.orsa rabbiosa per gli orsacchi suoi che trovaron di maggio aspra postura rode sé dentro, e i denti et l.unghie endura per vendicar suoi de