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VI METAFÍSICA Y ONTOLOGIA
Al llegar aquí empezamos a adivinar que no es del todo claro qué se entiende por metafísica. Desde el siglo XVII, con más frecuencia desde el XVIII, se la designa con un nombre que se suele tomar como sinónimo de ella, al menos de su parte más general: ontología. Esta denominación data, hasta donde se sabe, de 1646, y fue usada por el cartesiano y ocasionalista alemán Joha
Todos ellos creen ser fieles al punto de vista de Aristóteles; Le Clerc lo dice del modo más expreso, y al llamar ontología a esta ciencia piensa no hacer sino recoger la definición aristotélica. Pero no olvidemos que la definición de Aristóteles es triple; no se trata en él de una sola definición suficiente, como ciencia del ente en cuanto tal, ni tampoco de que las tres definiciones respondan a tres partes de la ciencia -como puede ocurrir en Wolff y en algunos neoescolásticos-, sino que la misma ciencia es ciencia, del ente, de la sustancia y de Dios, al mismo tiempo y por la misma razón. Es decir, las tres "definiciones" son más bien nociones a posteriori, tesis internas. Se trata de conocer la realidad, a la que el movimiento hace inconsistente; hay que ir de las cosas naturales o por naturaleza (physei ónta) a la naturaleza (physis). La tradición griega anterior había dejado el movimiento fuera del ser (Parménides, en cierto modo la idea de elemento o stoikheîon) o bien había puesto la consistencia fuera de las cosas, que sólo tienen una consistencia participada (Platón). Aristóteles va a fundar la teoría del ente en la idea de que el eîdos está en la cosa misma, informándola como morphé, y va a considerar cada cosa real como algo que tiene un "haber" o "hacienda" propio, de donde brotan sus propias posibilidades, como naturaleza, en suma; y ésta es la noción de ousía, sustancia, cuya realización plena es el theós, Dios. Ahora bien, las dificultades internas de la idea aristotélica de sustancia y de los esquemas conceptuales con que intenta explicarla -materia y forma, potencia y acto-, precisamente cuando se trata de verdaderas sustancias (los vivientes, el hombre, Dios), muestran que "sustancia" es más que una solución el título de un problema.
Decía antes que a las revoluciones suele seguir un espíritu de restauración, y que la "revolución copernicana" del kantismo no fue excepción a la regla. Quiero decir que la vuelta a la metafísica fue desde luego -y mucho más que antes de Kant- recaída en la ontología. Las razones de ello son muchas -aparte de la inercia- y no todas fáciles de desentrañar; retengamos tres: 1) el terminus a quo del kantismo había sido una metafísica ontológica (Wolff); 2) hay un fuerte componente escolástico en la "vuelta a la metafísica"; 3) frente a todas las formas de subjetivismo, se trata de reconquistar la "objetividad", y la ontología aparece como la forma suprema de la teoría del objeto.
Pero hace un cuarto de siglo se produce una i
Pero las relaciones entre ser y ente no aparecen con suficiente claridad. El propio Heidegger ha modificado esencialmente algunas tesis, de una edición a otra de su ¿Qué es metafísica? En su último libro, Introducción a la metafísica (1953), se queja de que esa cuestión no ha tenido resonancia suficiente y se cultiva una "ontología" en el sentido tradicional, por lo cual -añade- puede convenir en lo futuro renunciar a términos como "ontología" y "ontológico". Probablemente, Heidegger piensa en el hecho notorio -y bien significativo- de que el existencialismo ha recaído en la idea del ser, con todas sus consecuencias: ser y nada, ser en sí, ser para sí, esencia y existencia, ontología.
Sin embargo, por debajo de estas dificultades surge una más importante y radical: ¿es lícito identificar ontología y metafísica? (No se puede partir del ser sin más: hay que derivarlo y justificarlo. Porque el ser es una interpretación de la realidad, es decir, de lo que "hay". Ortega ha mostrado algo decisivo: que el preguntarse por el ser, el buscar qué "son" las cosas, tiene un su supuesto: la creencia en el ser, la creencia preteorética y -en ese sentido- injustificada de que las cosas "son", tienen un ser o consistencia que podemos buscar y encontrar. El ser no es la realidad sin más, sino una interpretación de ella, repito, de lo que "hay" -expresión que nos parece sumamente vaga y que en efecto lo es porque es previa a todas las interpretaciones-. Lo que hay es un constitutivo mío, porque yo soy yo al tener que habérmelas con lo que hay.
La universalidad del ser, en que ha insistido tradicionalmente la filosofía (Aristóteles, Santo Tomás), tiene un fundamento claro: una vez que he llegado a esa interpretación que es el ser, es decir, una vez que estoy en la creencia de que "hay ser" y me sitúo en la actitud de preguntarme por él y buscarlo, esto es, en la actitud que llamamos conocimiento, me aparece todo (todo lo que hay, toda la realidad) sub specie entis, como algo que es. La universalidad procede de que todo es considerado desde ese punto de vista, sometido a la nueva interpretación. No por ello es el ser menos derivado. Hay que reparar en un equívoco que amenaza; si se dice: "el ente es lo que ya había", se tiene la impresión de que se trasciende de la situación actual y se descubre en el ente un carácter "absoluto"; pero basta con sustituir la palabra "ente" por su significación: al decir "lo que es es lo que ya había", se advierte que lo afectado por la determinación "ya" no es el "es", sino el "lo", con otras palabras, la realidad: eso mismo que es lo que ya había; es decir, interpreto como ser, ahora que me he situado en la actitud cognoscente, la misma realidad que antes de llegar a esa interpretación había.
Nos parece que el mundo está compuesto de "entes", tal vez que él mismo es un ente; pero todo ello es consecutivo a la interpretación llamada ser. No es cierto que el hombre no-teórico, en caso extremo el primitivo, esté rodeado de entes, los maneje, trate y utilice; lo que sucede es que para mí -y no siempre, sino sólo cuando estoy en actitud definida por la creencia en el ser- son entes las mismas realidades con las cuales ese hombre no-teórico (incluso yo mismo en la dimensión radical en que lo soy) tiene que habérselas.