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Ismaíl no pudo esconder la expresión de desconcierto.

– Nadie me había dicho nunca que me pareciese a mi padre -objetó.

– Es que no te estoy hablando de Zanum, hijo -puntualizó Ha

Ahora sí que Ismaíl miró a su antigua niñera extrañado, y también con cierta preocupación, es decir, la miró compasivamente, como se mira a las personas a las que se ha querido mucho y a las que a veces la vejez somete a confusiones y extravíos involuntarios. Observó las arrugas verticales que nacían de su boca, la lentitud de sus gestos, una especie de encorvamiento que le iba ladeando la cabeza sobre el lado derecho, y pensó que quizá en la mente de Ha

– Yo había abierto el balcón del primer piso para airear la biblioteca -continuó Ha

Debió de pasarlo mal allí. Dicen que en aquellas aldeas la gente vive mezclada con los animales salvajes, cabras montesas y chacales. Yo no creo que hubiera ido allí por gusto.

Fue entonces cuando Ismaíl se dio cuenta de que Ha

– ¿Quieres decir que fue deportado? -preguntó.

– No. Bueno, yo no sé… Se han visto tantas cosas. Pero no, no creo. En aquella época aún no habían empezado los desplazamientos. Me refiero a otra cosa más personal, quizá necesitaba demostrar algo. La soledad es muy mala… Pero no me hagas caso, hijo. Además, qué importa todo eso ahora. Son cosas pasadas hace mucho tiempo que sólo recuerdan los viejos como yo -dijo tratando de levantarse de la silla con dificultad.

– Espera, Ha

– Yo no sé nada, mi niño -dijo la anciana con voz trémula-. ¿Qué podría decirte? Desde que ocurrió aquello he intentado olvidar. Siempre que pienso en Ella me gusta recordarla como era al principio, tan llena de vida… Entonces no se imaginaba nada de lo que podía ocurrir. -La mirada de Ha

Ha

– ¿Qué quieres decir? -balbuceó Ismaíl cuando no pudo aguantar más aquella pausa que lo mantenía en vilo.

– Ya estaba muerta -continuó Ha

– Pero ¿por qué? -preguntó Ismail.

– Por qué, por qué, por qué, ¿quién sabe por qué?… Todo puede torcerse en un momento, el detalle más insignificante se va hinchando y después ya nadie lo puede parar. Los de arriba, que son los que saben, no dicen nada, claro. Es a los de abajo a los que hay que preguntar, a los chóferes, a los escoltas. Se decían tantas cosas. Una tarde oímos una explosión en la carretera de Elbasan que estremeció los cristales de todas las ventanas. Salimos corriendo a ver qué había ocurrido y en seguida vimos los coches del servicio de Seguridad y una ambulancia. Dijeron que había sido un albañil al que le había estallado un barreno, pero uno de los enfermeros contó que no era uno, sino dos, y que habían tenido una «mala muerte», que era otra expresión que se utilizaba para no hablar directamente. «Mala muerte», «caer en desgracia», «quitarse de en medio», ésas eran las palabras que se decían. En aquellos días muchos aparecían así en los muladares, con la cabeza descolgada, o con un tiro en la nuca y los ojos abiertos, que era lo peor… como si la mirada se les hubiera quedado desorbitada en lo último que habían visto, ¡Dios sabe qué espanto! Para cerrarles los ojos, los familiares les colocaban monedas sobre los párpados, y a veces ni siquiera así lo conseguían, y tenían que tapárselos con un pañuelo para borrarles de la cara aquel pavor. Tu madre no sólo tenía miedo por ella, estaba muy angustiada. jamás he visto a nadie tan angustiado.

– Pero ¿por qué?, ¿qué podía temer Ella?

Ha

– Se habló mucho después y se dijeron muchas cosas, también los periódicos dieron la noticia por el cargo que ocupaba tu padre. Pero pocos debieron de saber lo que realmente pasó. Ni yo misma, que la tuve entre mis brazos, lo sé a ciencia cierta.

– ¿Y mi padre no hizo nada para aclararlo? Él estaba en el Departamento de Estado.

– Ay, hijo, tú no sabes las veces que he pensado también en él. El sufrimiento, a los hombres, les quema la sangre por dentro, les deshace los nervios, los vuelve locos. Se encerraba en la biblioteca a beber. A veces lo oía dar golpes contra las paredes y los muebles como si no estuviera en sus cabales. Aún recuerdo el sonido de sus pasos en la galería, de un extremo a otro, sin parar, una vez y otra vez, día tras día… Parecían los pasos de un condenado. Noquería hablar con nadie, ni ver a nadie, ni siquiera a vosotros.