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José «Zopilote» Colina, café Quito, avenida Bucareli, México DF, marzo de 1981. Esto fue lo más cerca que esos mamones se acercaron a la política. Una vez yo estaba en El Nacional, allá por el año 1975, y allí estaban Arturo Belano, Ulises Lima y Felipe Müller esperando a que don Juan Rejano los atendiera. De pronto apareció una rubia bastante potable (soy un experto) y se saltó la cola de pinches poetas que se arracimaban como moscas en el cuartucho donde trabajaba don Juan Rejano. Nadie, por supuesto, protestó (pobres, pero caballeros, los bueyes), qué iban a protestar, una mierda, y va la rubia y se acerca al escritorio de don Juan y le entrega un bonche de cuartillas, unas traducciones, creí escuchar (tengo el oído fino), y don Juan, que Dios lo tenga en la Gloria, hombres como ése hay pocos, le sonríe de oreja a oreja y le dice qué tal Verónica (gachupín cabrón, a nosotros nos trataba fatal), qué buenos vientos la traen por aquí, y la tal Verónica le da las traducciones y habla un ratito con el viejo, más bien Verónica habla y don Juan asiente, como hipnotizado, y luego la rubia coge su cheque, se lo guarda en la cartera, se da media vuelta y se pierde por el pinche pasillo cochambroso, y entonces, mientras los demás babeábamos, don Giova

Más tarde, después de transar con don Giova

Verónica Volkow, junto con una amiga y dos amigos, salidas internacionales, aeropuerto de México DF, abril de 1981. Se equivocó el señor José Colinas al afirmar que nunca más volvería a ver a los ciudadanos chilenos Arturo Belano y Felipe Müller, y al ciudadano mexicano, mi compatriota Ulises Lima. Si los incidentes por él relatados, con no demasiado apego a la verdad, ocurrieron en 1975, probablemente un año después volví a ver a los ya mencionados jóvenes. Fue, si mal no recuerdo, en mayo o junio de 1976, una noche aparentemente clara, incluso brillante, en la cual año tras año nos movemos con lentitud, con extremo cuidado, los mexicanos y los más bien perplejos visitantes extranjeros y que personalmente encuentro estimulante pero decididamente triste.

La historia no tiene mayor importancia. Sucedió en las puertas de un cine de Reforma, el día de estreno de una película no sé si norteamericana o europea.

Puede que incluso fuera de algún director mexicano.

Yo iba con unos amigos y de repente, no sé cómo, los vi. Estaban sentados en la escalinata, fumando y conversando. Ellos a mí ya me habían visto, pero no se acercaron a saludarme. La verdad es que parecían mendigos, desentonaban horriblemente allí, en la entrada del cine, entre gente bien vestida, bien afeitada, que al subir las escalinatas se apartaban como con miedo de que uno de ellos fuera a alargar la mano y a deslizaría por entre sus piernas. Al menos uno de ellos me pareció bajo los efectos de una droga. Creo que era Belano. El otro, creo que Ulises Lima, leía y escribía en los márgenes de un libro y al mismo tiempo canturreaba. El tercero (no, no era Müller, definitivamente, Müller era alto y rubio, y ése era achaparrado y moreno) me miró y me sonrió como si él a mí sí que me conociera. No me quedó más remedio que devolverle el saludo y durante un despiste de mis amigos me acerqué a donde ellos estaban y los saludé. Ulises Lima respondió a mi saludo, aunque no se levantó de la escalinata. Belano sí se levantó, como un autómata, pero me miró como si no me conociera. El tercero dijo tú eres Verónica Volkow y mencionó unos poemas míos publicados recientemente en una revista. Era el único que parecía con ganas de conversar, Dios santo, pensé, que no me hable de Trotski, pero no habló de Trotski sino de poesía, dijo algo acerca de una revista que sacaba un amigo común (¿un amigo común?, ¡qué horror!) y luego dijo otras cosas que no entendí.

Cuando ya me iba, no estuve con ellos más de un minuto, Belano me miró con mayor atención y me reconoció. Ah, Verónica Volkow, dijo y se le dibujó en el rostro una sonrisa que me pareció enigmática. ¿Cómo va la poesía?, dijo. Yo no supe qué contestar a una pregunta tan estúpida y me encogí de hombros. Sentí que uno de mis amigos me llamaba. Me despedí de ellos. Belano me tendió la mano y se la estreché. El tercero me dio un beso en la mejilla. Por un instante pensé que era muy capaz de dejar a sus amigos allí en las escalinatas y sumarse a mi grupo. Ya nos veremos, Verónica, dijo. Ulises Lima no se levantó. Cuando ya entraba en el cine los vi por última vez. Una cuarta persona había llegado y hablaba con ellos. Creo, pero no podría asegurarlo, que era el pintor Pérez Camarga. Iba, eso sí, bien vestido, aseado, y su actitud denotaba un cierto nerviosismo. Más tarde, a la salida del cine, vi a Pérez Camarga o a la persona que se le parecía, pero no vi a los tres poetas, por lo que deduje que estaban allí, en las escalinatas, esperando a esa cuarta persona y que tras su breve encuentro se habían marchado.