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Explíqueme el enigma de las películas pornográficas, dije. ¿No notó nada raro, fuera de lo normal, algo que le llamara la atención?, preguntó Romero. Por su expresión me di cuenta que las películas, las revistas, todo, excepto tal vez su proyectado regreso familiar a Chile, le importaba un carajo. Lo único reseñable es que cada día estoy más obsesionado con el cabrón de Wieder, dije. ¿Y eso es bueno o es malo? No bromee, Romero, dije. Bueno, le voy a contar una historia, dijo Romero, el teniente está en todas esas películas, sólo que detrás de la cámara. ¿Wieder es el director de esas películas? No, dijo Romero, es el fotógrafo.
Después me explicó la historia de un grupo que hacía cine porno en una villa del Golfo de Tarento. Una mañana, de esto haría un par de años, aparecieron todos muertos. En total, seis personas, tres actrices, dos actores y el cámara. Se sospechó del director y productor y se le detuvo. También detuvieron al dueño de la villa, un abogado de Corigliano relacionado con el hard-core criminal, es decir con las películas porno con crímenes no simulados. Todos tenían coartada y se les dejó en libertad. Al cabo de un tiempo el caso se archivó. ¿En dónde entraba Carlos Wieder en este asunto? Había otro cámara. Un tal R. P. English. Y a éste la policía italiana no lo pudo localizar nunca.
¿English era Wieder? Cuando Romero comenzó su investigación así lo creía y durante un tiempo recorrió Italia buscando gente que hubiera conocido a English a las que mostraba una vieja foto de Wieder (aquella en la que Wieder posa junto a su avión), pero no encontró a nadie que recordara al cámara, como si éste no hubiera existido o no tuviera rostro para ser recordado. Finalmente, en una clínica de Nimes encontró a una actriz que había trabajado con English y que se acordaba de cómo era. La actriz se llamaba Joa
Esa noche fui yo quien lo invitó a cenar. Comimos en la calle Riera, en un restaurante barato y familiar y después nos pusimos a caminar a la ventura por el barrio. Al pasar junto a un videoclub abierto le dije a Romero que me siguiera. No pensará alquilar un vídeo de ella, oí su voz a mis espaldas. No me fío de su descripción, le dije, quiero ver qué cara tenía. Las películas porno ocupaban tres estanterías en el fondo del local. Creo que sólo una vez antes había entrado en un video-club. Hacía tiempo que no me sentía tan bien, aunque por dentro estaba ardiendo. Romero buscó durante un rato. Lo veía pasar sus manos, unas manos oscuras y sarmentosas, por las carátulas y sólo eso ya me hacía sentir bien. Es ésta, dijo. Tenía razón, era una mujer muy hermosa. Cuando salimos me di cuenta de que el videoclub era la única tienda del barrio que permanecía abierta.
Al día siguiente, cuando Romero pasó por mi casa, le dije que creía tener identificado a Carlos Wieder. ¿Si lo volviera a ver, podría reconocerlo? No lo sé, contesté.