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Como Carvalho no le hizo caso, Pelletier se puso firmes, fingió ser portador de un fusil y desfiló a lo largo y lo ancho de la habitación.
– ¡Presenten armas!
Ofreció su fusil a la muerta y, como si una fuerza invisible le expulsara de la cama, salió despedido con los brazos en cruz, dio con la espalda contra la pared y el cuerpo fue descendiendo hasta quedar sentado en el suelo con las piernas abiertas, el cuerpo entregado al desmayo o al sueño. Carvalho se inclinó hacia él, le abrió los párpados con cuidado y el francés sonrió:
– Estoy vivo, no se asuste. Déjeme dormir. Hace cinco días que no duermo. La pobre tardó demasiado en morir.
Se fue Carvalho hacia la yacija, examinó meticulosamente los alrededores, luego comprobó que la muerta estaba desnuda bajo algo que se parecía a una sábana de lienzo. Nada que la identificara. De pronto pensó en el coche y salió precipitadamente de la estancia. Cruzó el improvisado puente sobre el canalillo por el que bajaba el agua con pretensiones de torrente. El coche seguía allí junto a la empalizada de los cerdos oscuros. En la guantera estaba el resguardo del alquiler a nombre de Olga Schiller Bulowa, natural de Frankfurt, nacida el 27 de octubre de 1936, residencia habitual, Bo
– ¿Qué le parece? ¿La enterramos o la quemamos? Está pudriéndose.
– ¿De qué ha muerto?
– Tenía un cáncer que le llegaba de la cabeza a los pies.
– ¿Alguien puede reclamar en el futuro una investigación sobre el cuerpo?
– Tiene un hijo estudiando en Alemania. El marido se le suicidó hace dos años.
– El hijo.
– La enterraremos entonces.
Habló con el viejo y se le reprodujeron saludos, sonrisas, promesas.
– No hay cementerio de extranjeros. Por aquí no ha pasado ni Marco Polo. Habrá que cavar junto al río. Ellos nos dirán el lugar. ¿Qué tal de musculatura?
– Cavaré.
El Pattani se iba hacia el mar, hinchado por las lluvias y los aluviones. Merecía un puente con pretil para captar el alleph de las aguas vivas y espesas, como si hubieran disuelto el chocolate del mundo. Al menos había un coche, pensó Carvalho mirando de reojo el vehículo varado junto al sendero. Todavía le temblaban los brazos por el esfuerzo físico de abrir la tierra para devolverle los despojos de Olga Schiller. Una paletada de Carvalho era la que le había cubierto la cara y los ojos y en el instante de lanzar la tierra, Carvalho había sentido un pánico íntimo que nadie había podido percibir. Ni el meticuloso francés, que apaleaba la tierra con la debilidad de un intelectual pero también con el rigor de un racionalista, ni los aborígenes que les habían ayudado a cavar, pero que ahora contemplaban como un espectáculo el trabajo de ocultación. Luego tiró la pala, se lavó las manos, los brazos, el tórax en el río y las aguas se llevaron la tierra adherida a su piel, se hicieron cargo de ella con una naturalidad elemental, al igual que la tierra se había hecho cargo de Olga Schiller. ¿Qué hacer? La ruta de Teresa se cruzaba con la de la alemana muerta y todo indicaba que Teresa y su acompañante trataban de pasar a Malasya evitando las salidas convencionales de Thailandia. La aldea estaba dentro o en los límites de Pattani y la advertencia de que el territorio pudiera estar controlado por la guerrilla musulmana desorientaba a Carvalho, le destruía la lógica de los puntos cardinales. O seguir el río hasta Pattani y aprovechar el aeropuerto para volver a Bangkok y a las Ramblas o empeñarse en atravesar la fluctuante frontera y seguir el rastro de la pareja fugitiva. El mapa daba vueltas entre las manos de Carvalho y amenazaba romperse por las rozaduras de sus dobleces. Una sombra se proyectó sobre él y Carvalho levantó los ojos. Pelletier también se había lavado en el río y mostraba un aspecto adecentado de europeo pulcro, aunque sin ajuar adecuado para el momento y el lugar. Los pantalones tejanos estaban acartonados por la suciedad, la camiseta de marino yanqui había secado el agua de la piel y el rostro alargado y pelirrojo no se había quitado las púas de una barba vieja aunque irregular. Tal vez la exactitud del peinado era lo que le devolvía la estricta identidad de europeo pulcro o la sensación de que se había quitado de encima la orla de velatorio y borrachera con que Carvalho le había encontrado. Pero ya con una mano empuñaba una botella de Mekong y se la tendió a Carvalho.