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Siguió luego doña Luisa:

– Don Lupe pensó: "Aquí hay gato encerrado", y decidió ir a la cárcel a entrevistarse con el Peruano. "Déje

– Fíjate el lío que armó Infante -dijo doña Emma. -Para que me digan si no fue un pelma. Y todo por quedar bien.

– Pero mamá, cómo iba a saber -dijo mi hermana Emma.

– Si los hombres se quedaran quietos, en vez de andar haciéndose los interesantes, otro gallo nos cantara -dijo doña Emma, con vuelo estoico.

– ¿Y qué hizo el abuelo Aguilar? -pregunté yo.

– Le dijo al Peruano: "Todo esto es un malentendido de película" -siguió doña Luisa. -Le explicó que él mismo había autorizado la entrega de la muñeca para Infante, porque se lo había pedido Pepe Almudena, y que Epitacio no había metido la mano en eso. "Por eso lo encontraste tan desprevenido", le dijo. "De otro modo, te hubiera estado esperando, y el que estaría a estas horas en el hospital, o en el cielo, serías tú. Pero no te preocupes. Entiendo tu rabia y te voy a ayudar". Con la misma, sale don Lupe de la cárcel y se va al hospital a ver a Epitacio. "Ésta te la ganaste", le dice. "Pero si no hice nada, don Lupe", le contesta Epitacio. "Con la intención que tenías es suficiente", le dijo don Lupe. "Que te matara merecías, pero nada más te hirió". "No me hable así, don Lupe", le dice Epitacio. "Mire, me chapeó dos dedos", mostrándole la mano izquierda vendada, ensangrentada. "Te sobraban para robarme", le dijo don Lupe. "Quiero que no pongas demanda contra el Peruano". "Don Lupe, pero si me dejó cucho ese hijoeputa. Eso no se puede quedar así". "Así se va a quedar", le dijo don Lupe. "Yo te voy a dar a cambio todo el dinero que necesites y una buena chamba en el campamento de Plancha Piedra, en Guatemala. Te va a convenir". "Exige usted mucho, patrón", le dijo Epitacio. "Y te aguanto mucho, también", contestó tu abuelo. "¿Quiénes estaban presentes de los muchachos cuando llegó el Peruano?". Le dice Epitacio y se va tu abuelo a buscarlos al aserradero. "Ustedes no vieron nada aquí", les dice. "Mucho menos al Peruano con un machete". "Pero don Lupe", le dice Encalada, uno que luego trabajó con tu padre, "si nosotros lo llevamos preso, ¿cómo vamos a decir que no lo vimos?". "Porque nadie les va a preguntar", dijo don Lupe. Al día siguiente fue a la comisaría a hablar con el juez y le dice: "Hay un error en la detención del Peruano. Ya hablé yo con Epitacio, el herido. Dice que el Peruano no fue". "Pero si aquí lo trajeron sus muchachos, don Lupe". "Mis muchachos no trajeron a nadie", dijo don Lupe. "Y el Peruano no pudo ser porque yo estuve bebiendo con él toda la tarde y la noche de ayer. Estuvo conmigo". "Pero si usted no bebe, don Lupe", le dice el juez. "Precisamente por eso me acuerdo", le contesta don Lupe. "Y tú, que entiendes muy bien las cosas, no te pongas delicado. Epitacio se merece lo que le pasó y más". Y entonces le cuenta al juez la confusión del asunto y la amenaza previa de Epitacio sobre Violeta. "Pues tiene usted razón", dice el juez. "Y tengo también unos regalos para ti y tu familia", le dice don Lupe. "Pásate a buscarlos a la tienda por la tarde. Esta vez, a la mejor violamos la ley, pero vamos a impartir justicia".

– Impartió justicia violando la ley -resumió doña Emma.

– ¿Y qué pasó con el Peruano? -preguntó mi hermana Emma que en verdad se había uncido a su destino.

– Salió libre por falta de méritos -dijo doña Luisa. -Todo el mundo se reía en Chetumal de la justicia de tu abuelo Aguilar, al extremo que le pusieron el Rey Salomón y cada vez que había un pleito a machetazos entre chicleros o mayas, lo cual era cosa relativamente común, la gente decía: "Llamen a don Lupe, que hace justicia y desaparece hasta los muertos si hace falta". Luego le dio un empleo al Peruano, allá en unos negocios que tenía de traer y llevar mercancía por los pueblos de la ribera del Río Hondo, y se hizo cargo de sus hijos, los mandó a la escuela, los cuidó y hasta apadrinó a uno de los muchachos en su comunión, él que no creía en la existencia ni del pesebre de Belén. No creía en nada religioso, pero supongo que se sintió culpable de esos niños y de la tragedia que había estado a punto de provocar el Epitacio aquél, que era su protegido y su perro de presa. "Me salió barato", decía después el malvado viejo acordándose, el pícaro.

– ¿Pero cuál tragedia? -alegó Emma. -Si salió herido nada más quien lo merecía.

– La tragedia que hubiera sido, hija -dijo doña Luisa escandalizada. -La tragedia de que Epitacio hubiera violado a Violeta. Que hubiera esperado al Peruano y lo hubiera matado. Y que tu abuelo Aguilar hubiera tenido que hacerle frente a los crímenes de su cancerbero. Se le hubiera echado el pueblo encima a él.

– ¿Y la bella Violeta? ¿Qué pasó con ella? -preguntó Luis Miguel.

– Pues mira lo que son las cosas -dijo doña Luisa. -Violeta creció, dejó de ser una adolescente y con la adolescencia aquella belleza suya turbadora, iluminada, como te digo, se eclipsó. Embarneció mal y se quedó chiquita, no muy alta, de modo que su esbeltez desapareció y quedó una mujer hermosa, claro, siempre muy hermosa, pero nada que ver con lo otro, de la época en que el Peruano madrugó a Epitacio. Ahora, a esa muchacha no la abandonó del todo la mala suerte. Luego que murió el Peruano, ahogado, porque se cayó en la noche, dormido de la borda del barco donde llevaba su mercancía por el río: nunca lo encontraron, Violeta casó con un muchacho llamado Romero, un muchacho excelente, trabajador, serio y adoraba a Violeta. Bueno, pues quién iba a decir que de pronto, sin ninguna razón porque en todo le iba bien, a lo mejor por eso, lo mismo que al Peruano, a Romero le dio por beber. Y en lo que tú volteas a ver, ya todo Romero era nada más beber. Beber, y beber, y beber. Tuvieron un hijo igualito al Peruano. Un día, borracho, Romero vino y le pegó una tunda chetumaleña a la Violeta, una tunda de las que estilaban los machos chetumaleños. Pero Violeta ya estaba curada de espanto con la historia de su padre, mandó llamar al hermano que ya era un hombrón y el hermano le dio una tunda de regreso a Romero que tardó días en poder decir su nombre de nuevo. Violeta nunca más volvió a ver a Romero, a dirigirle la palabra siquiera. Tomó su hijo, salió de la casa del borrachín y hasta no verte Jesús mío. Nunca más.