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Oías vagamente las voces, pero no tenías suficiente concentración y lucidez para saber qué decían. Por eso, el 11 de noviembre de 1844, cuando ese audaz turiferario de la grey católica, diciendo apellidarse Stouvenel, se presentó con un cura en casa de Charles y Elisa Lemo

Apenas tuvo en sus manos los primeros ejemplares de La Unión Obrera , Flora envió copias a todas las sociedades gremiales y mutualistas cuya dirección consiguió. Y repartió un prospecto sobre el libro en tres mil talleres y fábricas de toda Francia. ¿Recuerdas cuántas cartas recibiste de lectores de tu libro-manifiesto? Cuarenta y tres. Todas con palabras de aliento y esperanza, aunque, algunas, preguntándose, con temor, si tu condición de mujer no sería un gran obstáculo. ¿Lo había sido, Florita? En verdad, no tanto. Mal que mal, en estos ocho meses habías podido hacer mucha propaganda en favor de la alianza de los trabajadores y las mujeres, e instalado buen número de comités. No hubieras hecho mucho más si en vez de faldas llevaras pantalones. Una de las cartas que recibiste venía de un obrero icariano de Ginebra, que pedía veinticinco ejemplares para sus compañeros de taller. Otra, del cerrajero Pierre Moreau, de Auxerre, organizador de mutuales, el primero en incitarte a salir de París e iniciar un gran recorrido por toda Francia, por toda Europa, propagando tus ideas y poniendo en marcha la Unión Obrera.

Te convenció. De inmediato, comenzaste los preparativos. Era una gran idea, lo harías. Así se lo dijiste al buen Moreau, y a todos los que te escuchaban, y a ti misma, en esos frenéticos meses de preparativos: «Se ha hablado mucho, en parlamentos, púlpitos, asambleas, de los obreros. Pero nadie ha intentado hablar con ellos. Yo lo haré. Iré a buscarlos en sus talleres, en sus viviendas, en las cantinas si hace falta. Y allí, delante de su miseria, los enterneceré sobre su suerte, y, a pesar de ellos mismos, los obligaré a salir de la espantosa miseria que los degrada y que los mata. Y haré que se unan a nosotras, las mujeres. y que luchen»…

Lo habías hecho, Florita. Pese a la bala junto al corazón, a tus malestares, fatigas, y a ese ominoso, anónimo mal que te minaba las fuerzas, lo habías hecho en estos ocho últimos meses. Si las cosas no habían salido mejor no había sido por falta de esfuerzo, de convicción, de heroísmo, de idealismo. Si no habían salido mejor era porque en esta vida las cosas nunca salían tan bien como en los sueños. Lástima, Florita.

En vista de que los dolores, pese al opio, la tenían rugiendo y retorciéndose, el 12 de noviembre de 1844 los médicos le hicieron poner cataplasmas en el vientre y ventosas en la espalda. No la aliviaron lo más mínimo. El día 14 anunciaron que estaba agonizando. Después de gemir y aullar durante media hora, en estado de afiebrada exaltación -la última batalla, Madame-la-Colere-, cayó en coma. A las diez de la noche era cadáver. Tenía cuarenta y un años y parecía una viejecita. Los esposos Lemo

Surgió una breve disputa entre los Lemo

Pero Charles y Elisa Lemo

Los Lemo

El entierro tuvo lugar el 16 de noviembre, poco antes del mediodía. El cortejo salió de la rue Saint-Pierre, de casa de los Lemo

Durante el funeral en el cementerio, los Lemo

– Usted nos mintió, señor Stouvenel -le dijo Charles, con severidad.

– No me llamo así -contestó él, trémulo, rompiendo en un sollozo-. Les mentí para hacerle un bien a ella. La persona que más he querido en este mundo.

– ¿Quién es usted? -preguntó Elisa Lemo

– Mi nombre no interesa -dijo el hombre, con voz impregnada de sufrimiento y amargura-. Ella me conocía por un feo apodo, con el que me ridiculizaban entonces las gentes de esta ciudad: el Eunuco Divino. Pueden ustedes reírse de mí, cuando les dé la espalda.

XXII. Caballos rosados Atuona, Hiva Da, mayo de 1903

Supo que su vida entraba en la recta final cuando, a principios de 1903, advirtió que, últimamente, ya no necesitaba valerse de tretas y halagos para atraer a La Casa del Placer a las niñas del colegio de Santa Ana, que regentaban esas seis monjitas de la orden de las hermanas de Cluny que, al cruzarse con él por Atuona, se santiguaban inquietas. Pues las niñas, cada vez con más frecuencia, cada vez más numerosas, se escapaban de la escuela para hacerle visitas clandestinas. No venían a verte a ti, desde luego, aunque sabían muy bien que, si entraban a la casa y se ponían al alcance de tus manos, tú, más por cumplir con un rito que por el placer ahora que eras un hombre semiciego e inválido, les acariciarías los pechos, las nalgas, el sexo, y las incitarías a desnudarse. Todo lo cual provocaba en las chiquillas carreras, grititos, una alegre excitación, como si practicaran contigo un deporte más arriesgado que cortar las aguas con una piragua maorí en la Bahía de los Traidores. En verdad, venían a ver las fotos pornográficas. Debían haberse convertido en un objeto mítico, el símbolo mismo del pecado, para profesores y alumnos de los colegios de la misión católica y la escuelita protestante, y para el resto de los vecinos de Atuona. Y venían, también, claro, a reírse a carcajadas con los monigotes del jardín que ridiculizaban al obispo Joseph Martin -Padre Lujuriay a su ama de llaves y presunta amante Teresa.