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– ¡Qué me importan a mí las piedras viejas, cuando hay tantos seres humanos con problemas que resolver! Sepa usted que yo cambiaría, sin vacilar, la más bella iglesia de la Cristiandad por un solo obrero inteligente.

La vieron tan irritada que partieron.

La semana que pasó en la ciudad, los falansterianos de Carcasso

– ¿Qué diferencia habría entre un gobierno de fourieristas y el de ahora? -rugía Madame-la-Colere, indignada-. ¿Qué mejora puede significar para los obreros que los exploten ustedes o éstos? No se trata de tomar el poder de cualquier manera, sino de acabar de una vez por todas con la explotación y la desigualdad.

En las noches regresaba al Hotel Bo

La diferencia, Florita, era que, en 1839, pese a tener ya esta bala en el pecho, con unas pocas horas de sueño te recuperabas y estabas lista para otra apasionante jornada londinense, aventurándote por aquellos antros donde no ponía los pies ningún turista e invisibles en las crónicas de los viajeros, quienes se deleitaban describiendo las bellezas de los salones y los clubs, el aseo de los parques, el alumbrado público con gas del West End y los sortilegios de los bailes, banquetes, cenas, con que distraían su ociosidad los parásitos de la nobleza. Ahora, te levantabas tan cansada como te habías acostado, y, durante el día, debías recurrir a esa terquedad ciclópea que por fortuna conservabas intacta para cumplir con el programa que te habías impuesto. No era la bala lo más mortificante; eran los cólicos y el dolor en la matriz, contra los que los calmantes ya no te hacían efecto.

Con todo el odio que llegaste a sentir por Londres e Inglaterra desde que viviste allá, en tu juventud, trabajando para los Spence, tenías que reconocer que, sin ese país, sin los trabajadores ingleses, escoceses e irlandeses, probablemente nunca hubieras llegado a darte cuenta de que la única manera de emancipar a la mujer y conseguir para ella la igualdad con el hombre, era hermanando su lucha a la de los obreros, las otras víctimas, los otros explotados, la inmensa mayoría de la humanidad. La idea le vino en Londres, gracias al movimiento cartista, que reclamaba la adopción por ley de una Carta del Pueblo, estableciendo el sufragio universal, el escrutinio secreto, la renovación anual del Parlamento, y que los parlamentarios recibieran un salario pues así los trabajadores podrían aspirar a un escaño. Aunque existía desde 1836, cuando Flora llegó a Londres, en junio de 1839, el movimiento cartista estaba en pleno apogeo. Ella siguió sus desfiles y mítines, sus recolecciones de firmas, y se informó sobre su excelente organización, con comités en aldeas, ciudades y fábricas. Quedaste impresionada. La excitación te mantenía despierta noches enteras, evocando esas marchas de miles y miles de obreros por las calles londinenses. Un verdadero ejército civil. ¿Quién podría oponerse a ellos si todos los explotados y pobres del mundo se organizaban como los cartistas? Mujeres y obreros, juntos, serían invencibles. Una fuerza capaz de revolucionar a la humanidad sin pegar un solo tiro.

Cuando supo que la Convención Nacional del movimiento cartista tenía lugar en esos días en Londres, averiguó dónde se reunían. En un acto audaz, se presentó en la Doctor Johnson's Tavern, un bar de mezquina apariencia, en un impasse de Fleet Street. En un vasto salón humoso y húmedo, mal iluminado, oloroso a cerveza barata y a coles hervidas, se apiñaban un centenar de dirigentes cartistas, entre ellos los principales líderes, O'Brien y O'Co

Ahora te reías recordando aquella arenga, Florita. Porque tú no creías en la violencia. Hiciste aquel llamamiento incendiario para expresar con una imagen dramática la emoción que te embargaba. Qué privilegio estar allí, entre esos hermanos explotados que comenzaban a levantar cabeza. Tú estabas por el amor, por las ideas, por la persuasión, en contra de las balas y los patíbulos. Por eso te exasperaban estos burgueses truculentos de Carcasso