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El primer plato dejó mucho que desear, y los prolongados silencios que se sucedieron entre las múltiples, distanciadas y aburridas indagaciones que la señorita Bu

– Piensa que la historia es disparatada, ¿verdad? Bueno, en cierto modo lo es. Pero he de advertirle que de momento no puedo decirle mucho acerca de este asunto; y lo siento de veras, porque creo que usted y yo ya somos como compañeros de armas o de viaje, y por tanto me parece justo que sepa la verdad. Pero no hoy; mañana tal vez, cuando el señor Branshaw haya dado por finalizada su lectura. Verá, si ahora contestara a su pregunta tendría la impresión de estarme comportando como uno de esos escritores que dejan leer sus novelas antes de que estén terminadas, y eso no me gustaría: demostraría que soy muy impaciente y que no sé callar en los momentos adecuados. Hay que saber prolongar la incertidumbre. Le ruego que me disculpe y le prometo que mañana le daré una respuesta convincente y satisfactoria, que seguramente le sorprenderá.

He de recalcar que si había hecho aquella pregunta no había sido en aras de recibir una contestación que sanase mi curiosidad, pues tal no existía, y por ello no dejó de intrigarme la incomprensible parrafada de la señorita Bu

– No faltaba más.

El resto de la comida discurrió sin variaciones palpables y la charla fue trivial, pero cuando, ya tarde, abandoné la casa de la señorita Bu

El señor Branshaw me recibió con su cortesía característica que nada tenía de cordial y me rogó que le acompañara en la bebida mientras aguardábamos la llegada de la señorita Bu

El señor Branshaw, sentado en un butacón con la novela entre sus manos, carraspeaba, inquieto por la tardanza de la señorita Bu

– Señor mío, no puedo negar que cuando vi el entusiasmo y la emoción que suscitaba la existencia de la novela de mi amigo en el ánimo de la señorita Bu