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– No llores que me enervas -dijo-. ¿Te quieres casar conmigo?
Al otro día, planchados y perfumados, salieron a buscar por la ciudad indiferente una oficina de telégrafos, una tienda en la que comprarse ropa, un restorán para celebrar y alguien que tuviera tiempo y ganas de casarlos. Lo primero que encontraron fue la oficina de telégrafos. Emilia envió a los Sauri el telegrama más largo de que se tuviera noticia en tal oficina. Lo segundo fue un restorán lujoso que parecía no resentir los demonios de la carestía. Ahí apartaron dos lugares para las tres de la tarde y salieron a caminar en busca de la ropa y un casamentero.
Casi todas las tiendas estaban cerradas, pero en el mercado encontraron un huipil blanco, bordado por las pacientes manos de una oaxaqueña.
– Qué fortuna no tener enemigos -dijo Emilia mientras caminaban de nuevo, sin rumbo.
– ¿Por qué lo dices? -le preguntó Daniel.
– Porque sí -dijo Emilia.
Caminaban regidos sólo por las ocurrencias del ocio. De pronto, sin pretenderlo, estaban en la puerta de un cementerio.
– Aquí está enterrado Juárez -dijo Emilia reconociendo el Panteón de San Fernando. Lo había visitado cuatro años antes con Milagros, en busca de tumbas gloriosas. Se dispuso a cruzar la puerta para volver a recorrerlo.
– ¿No pretenderás meterte a un cementerio? -le dijo Daniel.
Emilia le respondió con una sonrisa que subió hasta sus ojos oscuros. Daniel recordó a Milagros Veytia diciendo que los gestos de Emilia estaban tocados por una gracia misteriosa. Tal vez su secreto principal fuera no ser perfecta, tener un huequito entre los dientes de en medio, una pequeña marca de varicela que matizaba la presunción de su nariz de diosa, un modo raro de fruncir el ceño cuando una pregunta le parecía inútil.
Entraron al panteón. Emilia caminó adelante diciendo que ahí también había estado enterrado Miramón, el enemigo de Benito Juárez, hasta que Concha su mujer lo sacó para llevárselo a otra parte cuando supo que Juárez descansaba cerca. Daniel rió con la anécdota y Emilia aprovechó para recordarle lo bueno que era no tener enemigos ni desperdiciar la vida en riñas políticas. Lo único justo que uno podía hacer en la vida era perdonar. La única manera de no ser responsable de un alud era no ser nunca uno de los granos de arena que lo forman. Daniel volvió a reír y la acusó de simple. Segura del trabajo que le había costado llegar a tal simpleza, Emilia le pasó la mano por la cintura y caminó en silencio.
Como toda la ciudad, el camposanto estaba descuidado y ruinoso. A las doce del día ocupaban sus bancas mendigos completos y borrachos a medias. Entre ellos y unos setos que floreaban en desorden, Emilia y Daniel caminaron felices de serlo y divertidos con la idea de casarse.
Un hombre viejo como la vejez misma se acercó a preguntarles la fecha. Ellos la recitaron con todo y la hora, el mes y el año. Luego, a cambio de tan pertinente información, le pidieron que los declarara marido y mujer.
– No puedo -contestó el viejo.
– ¿Por qué? -preguntó Emilia.
– Porque tengo mucha hambre -contestó-. Estoy aquí esperando a que regrese mi hija que fue junto con otras mujeres a asaltar la panadería de un español.
– Cásenos mientras espera -le pidió Emilia.
– No -dijo el hombre-. Yo no caso a dos que van a separarse.
– ¿Cómo sabe que nos vamos a separar? -preguntó Daniel.
– Porque soy adivino -contestó el viejo yendo a sentarse a una banca. Emilia y Daniel lo siguieron hipnotizados.
– ¿Y según sus profecías, quién va a quedarse con el gobierno de la revolución? -le preguntó Daniel que desde en la mañana andaba queriendo preguntarle a quien fuera lo que supiera o adivinara de política.
– Los más malos -dijo el anciano.
– ¿Quiénes son los más malos?
Eso ya le toca adivinarlo a usté -dijo el viejo. Emilia se inclinó para asegurarle que ellos dos no pensaban separarse nunca.
– Eso no es cosa que se piense -dijo el adivino-. Se van a separar, porque lo derecho siempre está chueco. Pero si tanto se quieren los caso. Párense ahí.
Señaló un fresno a medio metro de la banca. Luego, sin más autoridad que su gesto de viejo erudito en asuntos de sobrevivencia y sin más trámite que el de preguntarles sus nombres, don Refugio, como dijo llamarse, los declaró marido y mujer. Cortó luego tres hojas del fresno que cubría sus cabezas. Mordió la punta de las tres y se las pasó a ellos para que cada quien buscara un sitio donde morderlas. Luego las revisó como si fueran pliegos llenos de compromisos, se quedó con una, y le dio una a cada uno de los nuevos esposos.
– Este árbol se alimenta con la luz de los muertos. Así que no necesitamos más testigos -dijo el viejo. Luego les preguntó si a cambio de la ceremonia estaban dispuestos a llevarlo a comer.
XXIV
El restorán se llamaba Sylvain, tenía un espacio abierto al público que pudiera pagarlo y varios gabinetes reservados. Emilia y Daniel con su insólito invitado ocuparon una mesa pequeña cerca de la ventana. Don Refugio eligió un pescado en salsa verde, un guiso de cerdo con alubias y una botella de vino tinto, mientras Emilia dudaba todavía de que supiera leer. Daniel se divertía viendo quién entraba al sitio. Durante el tiempo en que ellos ordenaban sus platillos, los gabinetes privados se iban llenado de generales con facha de políticos y de políticos con garbo de generales. Entraban haciendo escándalo y saludándose a gritos de un lado a otro del lugar. Daniel los observaba con la avidez de quien ha sido arrancado de ese cogollo y no tardó ni cinco minutos en descubrir varios amigos con los que había hecho la guerra contra Huerta en el norte.
– Por nosotros no te preocupes -le dijo Emilia, que lo veía estirar la cabeza, desesperado por ir al encuentro de las aventuras y pasiones que había abandonado dos meses antes. Extendió una sonrisa de princesa que otorga su conformidad para que alguien se suicide si así lo desea, y lo palmeó en la espalda sugiriéndole que fuera en busca de sus antiguos amigos.
Don Refugio hubiera podido empezar a jactarse de la veracidad de su pronóstico sobre la pareja, pero pensó que lo prudente era callarse y esperar sin problemas su ambicionada sopa. Tomó un bolillo de la panera y criticó un servicio que no traía la mantequilla al tiempo en que pedía la orden. Luego se puso a conversar con Emilia como si desde el principio hubieran estado solos, y le contó su vida. Había crecido en una hacienda del general Santa A