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Cuando el viento paró de golpe, la estrella de cinco puntas de Mister Burnett perdió la elegancia del vuelo y se precipitó más allá de la plaza del arsenal. Mientras corría a buscarla, mascullando maldiciones, ajustándose el cordón de la salida de baño, el inglés vio a los monos que invadían el bulevar y escuchó el breve tiroteo hasta que cayó la guardia de su embajada. Comprendió, entonces, que el teniente Wilson estaba en lo cierto y que el dictador Michel Quomo había vuelto a Bongwutsi aprovechando que sus tropas estaban desembarcando en las Falkland.

Se deslizó por una calle lateral, y al ver a los negros alborotados, comprendió que no podría volver a su residencia. Pensó refugiarse en la fortaleza del coronel Yustinov, pero la turba había tomado la calle y no le sería posible llegar hasta allí a menos que el ejército del Emperador iniciara la contraofensiva. Al entrar al barrio del consulado argentino, se preguntó si a pesar de todo Bertoldi lo dejaría pasar la noche en su casa y lamentó otra vez haberse olvidado de dar la orden de que le pagaran el sueldo. Golpeó a la puerta con la intención de disculparse y observó el imperdonable descuido en que estaba sumido el jardín. Como nadie salió a atenderlo, Mister Burnett imaginó que el cónsul, espantado por la irrupción de los revolucionarios, había abandonado la casa.

Atravesó la esquina y vio que los soldados de la zona de exclusión estaban rindiéndose al enemigo, de manera que se dirigió hacia el lago con la esperanza de embarcar en el yate de Mister Fitzgerald o en la lancha de Herr Hoffma

Cuando llegó a la plaza, encontró el arsenal destrozado y esperó un descuido de los últimos monos que merodeaban por el lugar para cruzar hasta la orilla del lago. Caminó por la playa, temblando de inquietud bajo el estallido de las bengalas, observando los árboles volteados por el ventarrón, atisbando los movimientos de los barcos que salían del puerto, hasta que un fulgor espléndido apareció ante él. A dos pasos de la orilla, deslizándose como un cisne majestuoso al compás de las olas, flotaba el Rolls Royce Silver Shadow que había sido del sultán El Katar. Entonces, con la respiración entrecortada por el júbilo, Mister Burnett comprobó una vez más que Su Majestad Serenísima no abandonaba nunca a sus mejores súbditos.

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Mientras el Chevrolet descendía por el bulevar, O'Co

Levantó sobre la cabeza el panamá del irlandés, porque supuso que así nadie lo confundiría con un enemigo, y fue abriéndose paso entre los monos que hacían cola para tomar asiento en el banquete, los sirvientes borrachos que distribuían botellas, y los negros pintarrajeados que bailaban y tocaban el tambor. Al pasar frente a la piscina reconoció al oficial inglés que le había llevado el mensaje al comienzo de la guerra. Ahora trataba de mantenerse a flote, había perdido los anteojos y su pelo parecía más rojo con el reflejo de los fuegos artificiales.

Frente a la escalinata divisó el mástil y se preguntó si Mister Burnett estaría escondido en la casa. Lamentó que Daisy no estuviera allí para verlo y miró a su alrededor para saber si los periodistas habían llegado por fin a Bongwutsi. Al único que vio cerca fue el teniente Tindema

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Lauri se preguntaba quién podría ser ese argentino desolado y triunfal, envuelto en un impermeable tiznado, con los dedos de los pies asomando por los agujeros de las botas, que cantaba a grito pelado al pie del mástil. Le extrañó que fuera un funcionario de los militares porque un negro le había dicho que cuando tenía dinero lo repartía entre los pobres. Advirtió con qué envidiable convicción entonaba el O juremos con gloria morir del final, y se dispuso a preguntarle si era él quién había hablado por radio después de Quomo. Antes de que Lauri pudiera decir algo, sin darse un momento de respiro el hombre ya estaba cantando otra vez Oíd mortales el grito sagrado y tiraba de la cuerda mientras la bandera ganaba altura sobre un fondo de destellos y explosiones fugaces. Cuando la enseña llegó al tope, Lauri sintió una rara emoción. Aunque Quomo le había encargado izar la enseña del proletariado internacional, pensó que no tenía derecho a arriar la otra que lejos de allí había sido deshonrada por los británicos. Dejó que su compatriota terminara con el Himno y vio cómo se agachaba rápidamente a cerrar la valija azul, bastante maltrecha, que tenía a su lado.

– ¿Así que usted es mi cónsul? -dijo.

– ¿Con quién tengo el gusto? -respondió secamente Bertoldi y miró la bandera roja que el joven llevaba hacia el mástil.

Lauri le dijo su nombre y lo miró a los ojos.

– ¿Es el cónsul o no esel cónsul?

– No, qué voy a ser… Yo soy Bertoldi, el empleado.

– Me pareció escuchar…

– Entendió mal. El cónsul es Santiago Acosta y se borró hace tiempo. Oiga, ¿no pensará colgar esa cosa al lado de nuestra invicta bandera?

– Lamento informarle que ya ha dejado de ser invicta.

– ¿Qué me quiere decir?