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Ni bien el aparato frenó su carrera, Quomo se puso de pie y gritó al sultán que disparara contra el visor. Desde el piso, el árabe hizo fuego varias veces y los restos del vidrio se esparcieron en la oscuridad. El fuego empezaba a ganar la cabina y el fuselaje rugía enfriado por las olas y la lluvia. El sultán saltó al agua de pie, y la túnica se le abrió como un paracaídas. Quomo se sentó un instante sobre la trompa del avión y se ató los zapatos al cuello antes de zambullirse.

Nadó sin rumbo, hasta que pudo aferrarse a las raíces de un tronco derrumbado. Entonces se dio vuelta y miró a su alrededor. El fuego envolvía al avión y se levantaba hacia el cielo encapotado. Aspiró profundamente y sintió por fin, el entrañable olor de su selva. Reconoció uno por uno los cantos de los pájaros que revoloteaban en la oscuridad, y los rugidos de los animales en desbandada. El agua que lo mecía entre las ramas era tan cálida y ligera como en los tiempos en que atravesaba el río con un atado de ropa sobre la cabeza para llegar impecable a la fiesta. La primera explosión se produjo en una turbina y Chemir se zambulló por un hueco abierto bajo el ala. Lauri fue detrás de él apartando lianas y arbustos que traía la corriente. Oyó que alguien llamaba desde la orilla y avanzó a ciegas guiado por los silbidos. Cuando hizo pie, gritó hasta que volvió a oír la señal. Eludió una fila de juncos y fue a reunirse con los negros en una playa de piedras. Chemir, cubierto de hollín y hojas amarillentas, lloraba entre los brazos de Quomo y le estrujaba la camisa empapada.

– ¡Volvimos, Michel! -sollozaba-. ¡Volvimos! -y no atinaba a decir otra cosa.

Quomo le puso una mano sobre la cabeza y Lauri vio en su mirada un fulgor que no conocía.

– Ya estamos -susurró -, ya estamos en casa.

En la otra orilla, el fuego había ganado el follaje y podía verse brotar la llovizna de las nubes.

– ¿Dónde está el sultán? -preguntó Quomo y buscó con la mirada en el río.

En ese momento el avión estalló y la fuerza del viento los arrojó contra el bosque. Pedazos de acero encendido pasaron sobre sus cabezas y fueron a perderse entre la espesura. El paisaje se iluminó y entonces vieron al sultán que salía del agua, catapultado como un corcho de champagne. Chemir se acercó a la costa arrastrando la pierna y le hizo señas.

– ¡Acá! ¡Bienvenido a Bongwutsi, camarada! -gritó y silbó imitando a Quomo.

El sultán se aproximó, encorvado, trastabillando, una mano conservaba la pistola, pero parecía más pequeño con la cabeza descubierta.

– Impresionante -dijo-. Nunca en mi vida había visto tantos árboles juntos.

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El cónsul se quedó un momento tirando el tratando de leer entre las líneas que se disolvían bajo la lluvia, mientras el teniente Tindema

Aterrorizado, Bertoldi tomó la maleta y se precipitó hacia la escalerilla del barco tratando de divisar si los negros no lo esperaban en la plaza del arsenal. En ese momento oyó una explosión y sintió que la tierra temblaba. Cuando llegó al muelle vio que el arsenal empezaba a derrumbarse y los soldados corrían despavoridos por la plaza. En pocos minutos sólo quedaron ruinas y una polvareda espesa. Los fardos de tabaco entre los que había estado oculto Bertoldi cayeron al muelle, y el teniente Tindema

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En el momento en que el avión de Quomo chocaba contra el río, O'Co