Добавить в цитаты Настройки чтения

Страница 39 из 53

El capitán ordenó a su adjunto que hiciera comparecer de inmediato a un tirador de élite y fue a buscar ubicación entre los árboles, frente al embajador italiano. Alcanzaba a verlo de costado, pero el smoking lo desdibujaba en la oscuridad. El adjunto llegó con un soldado petiso, pelirrojo, de lentes, que traía un fusil con mira telescópica.

– Déle en la pierna -ordenó el capitán-. Dispare al mismo tiempo que ellos.

El soldado miró por encima de un ligustro y dijo que no garantizaba el blanco perfecto.

Monsieur Daladieu salió de la línea de tiro y los embajadores de Gran Bretaña e Italia levantaron sus pistolas una vez más. El commendatore Tacchi estaba cansado y abría la boca para respirar mejor. Los disparos salieron casi al mismo tiempo, seguidos de un eco metálico, y el italiano sintió un golpe en una pierna que lo lanzó hacia atrás. Trató de hacer pie, pero el terreno estaba demasiado resbaladizo y cayó de espaldas, aferrado a la pistola.

No sentía ningún dolor, pero había perdido los lentes y tuvo que cerrar los párpados para que la lluvia no le golpeara los ojos. Lo que más le molestaba era la risa grosera de Mister Burnett, que saltaba a su lado, salpicándole la cara con el barro de los zapatos. Cuando vio a Monsieur Daladieu inclinado sobre él, comprendió que había recibido un balazo y encomendó su alma al Señor. El francés pedía una ambulancia a los gritos, pero nadie le entendía y el commendatore Tacchi, antes de desmayarse, tuvo que soplarle la palabra en inglés.

50

La calle del consulado estaba silenciosa y vacía. O'Co

Dio la vuelta por el baldío, entre los charcos, y tropezó con los restos de la radio del cónsul, esparcidos entre el pasto. Forzó la ventana y al entrar al dormitorio aspiró un olor a naftalina que lo hizo arrugar la nariz. Prendió una vela que encontró sobre la mesa de luz y se sentó en la cama a descansar un momento. Se secó la cara con la sábana y trató de articular algún sonido, pero su lengua estaba como anestesiada. Al fin, convencido de que el soviético le había envenenado la sangre, O'Co

Se quitó el smoking y los zapatos y se puso la ropa con la que había llegado a Bongwutsi. Tomó unas hojas de papel y escribió las primeras líneas con algunos tropiezos en la ortografía. De pronto notó que en la pared faltaba la foto del hombre de mirada melancólica; también estaba vacío el marco donde había visto la foto de Estela y el irlandés dedujo que Bertoldi había partido a la guerra con todos sus parientes a cuestas. Nunca se le hubiera ocurrido pensar que ese hombre triste, de apariencia timorata, ocultara una firme convicción revolucionaria. Pero desde chico, cuando su madre lo llevaba a las citas y a las reuniones de comando, O'Co

El agente Jean Bouvard estaba verde como un musgo y tan flaco que el pantalón se le había caído sobre los zapatos. Tenía los ojos desorbitados y rojos, y repetía un balbuceo metálico y deshilvanado. A sus pies había un plato con una mezcla de porotos y cáscaras de banana, y más allá la palangana inmunda rodeada de moscas. O'Co

Cuando se acercó a Bouvard le vio una mirada que podía ser de odio o de resignación. Le volcó la mitad del balde sobre la cabeza y le tiró la otramitad contra las piernas desnudas. El francés lo escupió, y aunque no dio en el blanco, O'Co

– Voy a matarlo -murmuró el francés y de su boca salía un gran globo, como si soplara un chicle-. Le juro que aunque tenga que seguirlo hasta el fin del mundo voy a cortarlo en pedazos.

O'Co

Dejó la linterna sobre un peldaño de la escalera y levantó las manos pidiendo atención. Luego, con la punta de un dedo se tocó primero el pecho y después los labios, y retrocedió unos pasos para situarse en el haz de luz. Bouvard seguía insultándolo, pero en su cara empezaba a pintarse la curiosidad. El irlandés hizo el ademán de sostener un paraguas, se señaló el cuello e imitó el movimiento de una jeringa. Luego dibujó una ventana en el aire y juntó los dedos para describir un semicírculo que la atravesara hacia abajo. Bouvard redobló las maldiciones y amenazas por lo que O'Co

– Ya lo tengo… -dijo en un hilo de voz-: El acorazado Potemkin de Eisenstein…

O'Co

– Sin aliento, de Godard -dijo el francés y se quedó esperando la confirmación.

El irlandés movió la cabeza, resignado, y decidió llevarlo al despacho para explicarle mejor. La soga se había hinchado con la humedad y le costó desatarlo. Mientras subían por la escalera, Bouvard probó con otras películas y exigió que antes de comenzar con la mímica, el irlandés le indicara cuántas palabras tenía el título.

O'Co