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Durante la media hora inicial, el coronel Yustinov siguió el lance con asombro, mientras vaciaba una botella de Cabernet, pero luego empezó a impacientarse como el resto de los invitados que habían tomado ubicación en la tribuna. Cuando vio llegar al teniente Tindema
– El oso tiene su comida -dijo en voz baja.
El coronel sintió que su corazón se aceleraba. Sonrió para los demás y deslizó una pregunta casi inaudible.
– ¿Suficiente para volver a su guarida?
– Afirmativo -respondió el teniente y levantó la vo para comentar que las armas le parecían poco precisas Un camarero pasó por las gradas sirviendo vino y champagne.
– Vaya y revele -dijo el coronel.
Tindema
– ¿Usted no nota algo extraño? -preguntó.
– Iba a decírselo, señor. A mi juicio las miras están torcidas.
– Me refiero al ruso.
– Va mucho al baño.
– Está bien. Hágase cargo hasta que yo vuelva.
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El cuerpo de O'Co
Cuando el irlandés pudo moverse, sintió un dolor punzante en las costillas y tuvo la sensación de que todo ocurría a su alrededor en una superposición de imágenes, como si lo viera en un televisor mal ajustado. Los de la cocina dejaron al guardián en la galería y volvieron a la vereda para mirar los destrozos causados por el blanco.
La lluvia barría rápidamente la espuma del champagne y los vidrios estaban esparcidos sobre los mosaicos. Uno de los empleados apartó las piernas de O'Co
– ¿Inglés? -preguntó.:
El irlandés negó enfáticamente con la cabeza y se llevó una mano a la solapa del smoking donde tenía prendido el escudo de Boca Juniors. El negro se inclinó a mirarlo y llegó a la conclusión de que se trataba de uno de los embajadores invitados.
– Es a pistola -dijo, y señaló hacia el jardín-. Mala puntería.
O'Co
– ¡No caminar! ¡Esperar doctor! -gritaba, y alcanzó a tomarlo de un brazo. De pie sobre la silla, O'Co
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El sultán y Lauri entraron en la cabina de mando donde Quomo estaba recostado leyendo Le Monde. El Katar controló el piloto automático, leyó los instrumentos y se instaló en el asiento del comandante. Se hacía de noche y el desierto tomaba un color gris profundo.
– ¿A qué aeropuerto vamos? -preguntó.
– Ningún aeropuerto -dijo Quomo y sacó los pies de encima del tablero-. Vamos a bajar en el lago.
– A tanto no me puedo comprometer. No tengo experiencia en amerizaje.
– Déjeme a mí. ¿Cuándo empezamos a ver selva?
– Para eso hay que decirle a la computadora que cambie el rumbo, porque en esta dirección vamos a Arabia Saudita. ¿Cuál es la coordenada de Bongwutsi?
– Pruebe doce grados siete minutos sur, a ver si encontramos la cuenca del Nilo, después yo me oriento solo.
El Katar se colocó los auriculares y apretó unos botones en la computadora. Una larga lista de aeropuertos apareció en la pantalla.
– Lusaka, mil ochocientos kilómetros. ¿Le sirve el dato?
– No, pero corrija dos grados al este a ver qué pasa. Usted, Lauri, apague ese cigarrillo y vaya con Chemir a preparar las armas. Hay que llegar haciendo ruido.
Lauri aplastó la colilla en el cenicero.
– ¿Cómo hace para adivinar los números de la ruleta? -preguntó.
Quomo se volvió y lo miró a los ojos.
– ¿Qué le pasa? ¿No está de acuerdo con el refrán?
– Me pone nervioso que acierte siempre. Podríamos estar limpiando algún casino en lugar de ir a hacernos matar en la selva.
– Disculpe -interrumpió el sultán-, pero no me autorizan a entrar en el espacio aéreo de Bongwutsi. Pusieron bombas en la pista y el aeropuerto está cerrado.
– ¿Está seguro? -Quomo manoteó los auriculares y pidió a la torre que repitiera el mensaje. Estuvo un minuto escuchando con la boca abierta.