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– ¡Tenía tantas ganas de estar contigo!
Limpia y arreglada de nuevo, de nuevo maquillada y peinada, con todo el pelo hacia atrás y tan pegado al cráneo como si lo llevara afeitado, le pareció más bella que nunca, y el ir vestida con más elegancia la hacía parecer mayor, más convencional y quizá más austera, pero de una forma que aún resaltaba más todos sus esplendores; ¿o así se lo parecía a Ígur porque ya los conocía? El vestido negro hasta las rodillas, los zapatos altos y el peinado mojado le conferían una severidad un poco intimidadora, en ese momento Ígur sintió una vertiginosa mezcla de felicidad y resquemor.
– Vámonos ahora mismo.
Ella sonrió sin negar, y con un gesto ambiguo se levantó para hablar con Madame Conti, que mantenía un animado diálogo con el Duque Constanz; Ígur no dejaba de prepararse por si alguno de los nobles reclamaba la compañía de Fei, inquieto por la reacción de ella y por la propia; la música sonaba, y se distinguía la voz de la cantante en melodías procaces que subrayaba con una expresión muy sugerente y pasos de danza en los momentos oportunos; en los divanes, en Boris y en los demás y en las mujeres ya dominaba la desnudez por encima de los vestidos, de la conversación se pasaba al silencio, y del silencio a los suspiros. Mongrius se acercó a Ígur.
– Cuidado con tu relación con Fei. No te conviene que trascienda hasta este punto; con tus aspiraciones…
– ¿A qué te refieres? -le increpó Ígur secamente, poco dispuesto a discutir estrategias morales.
– ¿No lo sabes? -se miraron a los ojos, pregunta contra pregunta-; ya veo que no -bajó aún más la voz-: Es una Astrea. ¿Lo entiendes ahora? Existen dudas sobre su verdadera filiación, está vigilada desde las instancias más altas.
Ella volvió, y Mongrius le cedió el asiento con una sonrisa que Ígur consideró el súmum de la hipocresía. Fei debía de haber oído algo, porque una vez solos soltó una risa susceptible.
– ¿Qué te decía Mongrius?
– ¡Ya ves! -Ígur se rió-; no hay verdadera tragedia sin el contraste de la comedia.
Fei perdió de golpe la sonrisa. Ígur sintió con ahogo y delectación que la revelación de Mongrius había multiplicado por mil su interés por esa mujer.
– ¿Crees que me resulta fácil? Hoy he matado por ti.
– ¿Por mí? Quizá tenga que afanarme menos de lo que crees en devolverte el favor -dijo, sin pararse a considerar el significado de la frase de ella, y le tomó la mano de nuevo-; entonces, qué has decidido,¿vamos?
– Claro que sí. -Y todo en ella era tensión entre rosas oscuras y acentos metálicos, desde los ojos dorados a la voz perfumada.
En la habitación de siempre, Ígur tuvo que repetirse que tenía ante sí mucho más que un cuerpo, por más que ese cuerpo solo ya lo fuera todo, y unas horas después, desde las últimas cimas de la pasión culminada, la contemplaba medio dormida, pensando lo bien que sabía pararles los pies a los que se excedían, y que, realmente, llevaba mucha guerra a sus espaldas, pero no tanta como él se imaginaba. En realidad, comparándola con la que podía llegar a llevar a lo largo de los años, era casi el principio, pero eso Ígur no sabía que lo sabía, y no tenía tiempo de distinguir entre deseo y amor, ni conciencia suficiente de la propia vanidad para ser feliz.
Antes del alba, cuando el olor guiaba todas las ternuras, Ígur quiso conocer sus sentimientos sobre la jornada, suponiéndola ya repuesta de la agitación.
– Quien solamente me ha visto no se ha llevado nada de mí -dijo ella con un orgullo no demasiado alejado de la broma, e Ígur apartó las sábanas con la mano, más abajo con el pie-; por eso gusto y olfato son sentidos más íntimos que vista y oído, porque en ellos se produce la invasión real, es decir -le hablaba con los labios rozando los suyos-, una modificación química, y por lo tanto una huella perdurable del ser percibido dentro del perceptor. -Y labio entre labios, dulcificaba la explicación, perdido él en el espeso aroma de la sangre.
– ¿Y el tacto? -prosiguió Ígur, poniéndose encima.
– El tacto participa de las dos naturalezas, ya sea seco o húmedo -dijo muy bajito, con la dulce ronquera de la horizontalidad.
Media hora después clareaba, Ígur quiso saber qué había detrás del muro del jardín y salió desnudo a subirse encima. El Palacio Conti quedaba tras la habitación, y el pequeño muro, a Levante, era una de las almenas del acantilado sobre el Sarca, negro y turbulento a más de cuarenta metros en caída vertical. Fei salió tras él a ponerle una manta por los hombros.
– Mira -señaló Ígur entre las nubes más bajas justo ante sus ojos y una negrura de tormenta en fase de revelarse-, la Blonda del Pastor.
Ella le besó el cuello y murmuró:
– Mein alies in allem, mein ewiges Gut, wie schön leuchtet der Morgenstern…
VII
Bracaberbría, veinte años después de la conquista y posterior y paulatino declive de su Laberinto, era una región urbana en decadencia y descenso de población, e