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Cotom rió.
– No he bebido en exceso. Condesa, si es eso lo que pensáis. Ese tipo de cargas no se pueden compartir, lo sabéis mejor que yo, ¿lo recordáis?
– Evocó con una sonrisa a la que las facciones grotescas no hacían justicia, y que incomodó a los demás-. La inteligencia que no deja respirar, porque el infortunio está a pocos milímetros de la felicidad… Respirar con el espírtu o bien respirar con el lenguaje… ¡Oneiros, el Entrador que no duerme, el que no se representa a sí mismo!
– Quizá -dijo Minteus con una timidez fingida- es que antes del reconocimiento debe llegar la disolución. ¿Qué sentido tendría si no?
Pero Brosmana había quedado fijada en las últimas palabras de Cotom, que ahora, envejecido, le parecía especialmente dignificado por un pasado de orgías y vulgaridad.
– Puede no representarse a sí mismo, pero ¿puede pertenecer a sí mismo? -dijo, y se hizo el silencio.
– Es lo mismo que decir: ¿puede ser él mismo? -dijo Cotom.
– ¿Es una pregunta? -prosiguió Brosmana-, ¿o una afirmación?
– Ahí lo tenéis -dijo Cotom, levantándose de la mesa-. Estamos en vuestra casa, a favor de todos, más lejos de la suma cero que el huésped ausente, y lo mismo da una pregunta que una afirmación.
XXIII
– ¿Cómo dijo Torli que se llamaba? -preguntó el Teniente Alamari al Sargento Dubin.
– Nige, me parece. Caballero Nige, Señor.
El Teniente esbozó un gesto de lástima.
– Ni él mismo recuerda cómo se llama.
Sonrieron. El otoño se extendía ocre y punzante de retrocesos cárdenos por las terrazas del Palacio Gudema
– ¿Algo más, Señor?
– Leedme el Informe, tal y como ha quedado.
– Muy bien, Teniente. -Abrió los papeles-: 'El día veintinueve de Septiembre, y durante el paso por la ciudad de Polcarm de la Comitiva Imperial en viaje de reconocimiento, se apreció la presencia activa de un individuo de edad desconocida, comprendida entre cincuenta y cinco y sesenta y cinco años, que según propia declaración pretendía una entrevista con Su Majestad Imperial en persona y con el Excelentísimo Hegémono Marterni; detenido el individuo antes de que la aproximación llegará más allá de los Suboficiales de la Guardia, y hechas las oportunas investigaciones y diligencias, ha resultado tratarse de un pretendido Caballero de Capilla, extremo que ha sido imposible, hasta la hora presente, contrastar de forma determinante, y que responde al nombre de Nige o Negé, ocupante por concesión subsidiaria de una de las habitaciones inferiores del antiguo Palacio Gudema
Hubo un silencio.
– Hace tiempo que nos conocemos -dijo el Teniente-. ¿Os preocupa algo?
– No, Señor; es decir, sí. El tono general de estas declaraciones… -Buscó en el Apéndice-. Aquí mismo… ¿Me permitís? -El Oficial asintió, y el Sargento leyó-: 'Ahora se hubiera sabido todo, finalmente. Igual que decir que la luz de la estrella llega cuando ya la estrella no existe es no haber comprendido la naturaleza conceptual del tiempo, por contra, ignorar que los burócratas de Lauriayan hace años que obedecen órdenes pretéritas de un Hegémono que ya no manda, que matan en nombre de nada, es no haber comprendido que el tiempo es la materia prima de la política, pero la última de la felicidad…'
– Parece un poeta -dijo el Teniente.
– ¿Un poeta. Señor?
El Suboficial cerró el expediente en silencio.
– Está bien. Sargento. ¿Creéis que falta algún dato significativo por consignar?
El otro esbozó una sonrisa cortés.
– Desde el punto de vista del interés objetivo de la investigación, no, Señor.
El Teniente lo miró con atención, e inclinó el cuerpo hacia adelante.
– Me parece que habéis hablado extensamente con el detenido, ¿no es cierto, Sargento?
– La verdad es que sí, Señor.
– Y, desde un punto de vista estrictamente personal, ¿qué opináis? -El Sargento hizo un gesto de precaución, y el otro sonrió-. Cerrad el informe y sed sincero, Sargento.
– Señor, he de reconocer que el Caballero… quiero decir que el presunto Caballero mantiene expectativas muy extrañas, y habla de ciertos mecanismos del Imperio de manera sorprendente.
– Explicaos, Sargento. Torli me dijo que, si se trata de la misma persona, el presunto Caballero está convencido de que vendrán a buscarlo para que sea el Guía de Entrada en el Quinto Laberinto.
– No es exactamente eso, Señor. -El Sargento dudó-. Parece que de eso ya hace tiempo que se ha desengañado. A mí me ha dicho que pronto vendrían a matarlo para que se cumpla la eclosión de sus conocimientos como Cabeza Profética.
El Teniente sonrió extrañado, pero la gravedad del subordinado le impresionó.
– Qué curioso -dijo-. ¿Y vos…?
– Yo no me he pronunciado, Señor. Naturalmente, no creo que eso haya que hacerlo constar en el Informe.
El Teniente miró por la ventana. No había placidez en el reposo; desde aquí, todas las visiones son contraluces.
– Claro. Y espero que no se os ocurra ninguna idea extraña. Una última cosa, Sargento. Esta mañana me ha parecido oír que os preguntaba por la Princesa Gimdrail. ¿Qué le habéis dicho exactamente?
– He creído que era una cuestión inofensiva -respondió el Sargento, palideciendo-. Le he dicho la verdad.
– Está bien -replicó el Teniente con dureza-, ¿y cuál es esa verdad?
– Que el Príncipe tuvo un ataque y quedó impedido y paralítico, y después de que sus hijos, ya mayores, abandonasen el Palacio paterno, empezaron a circular noticias estrafalarias sobre la conducta de ella, de escenas con los palafreneros, de etapas de hipocondría y aislamiento enfermizo alternadas con otras de alcohol y promiscuidad desenfrenada, quién sabe, tal vez en recuerdo de otros tiempos… Ella, que había sido la más joven entre los viejos, hace ya tiempo que no le queda nada por aprender, y es la dueña y maestra de los jovencitos.