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– Ya no vamos a aguantar más tus disparates ni tu interferencia. No voy a amenazarte con patearte los dientes, aunque estoy seguro de que sería muy divertido. Nunca me ha gustado bailar, ¿sabes?, pero me gustaría hacerlo sobre tu estúpida cara. Pero no más amenazas, no, esta vez no, ya no. No voy a amenazarte con enviarlos por ti, porque creo que te interesaría. El padre Eliot, el mártir, sufriendo por Dios. Oh, ¿te gustaría, verdad? Ser un mártir, sufrir una muerte bestial. Sin una queja.
El padre Tom estaba con la cabeza inclinada, los ojos abatidos, los brazos a ambos lados del cuerpo, como si esperase pacientemente a que la tormenta remitiera.
La pasividad del cura inflamo a Pi
– Una noche te despertaras y los tendrás encima, o quizá te cojan por sorpresa en el campanario o en la sacristía cuando estés arrodillado en el reclinatorio, te entregaras a ellos en éxtasis, en un éxtasis morboso, te recrearás en el dolor, en el sufrimiento por tu Dios -así es como lo veras-; sufrirás por tu Dios muerto y sufriendo te irás derecho al cielo. Vas a quedarte mudo, hijo de puta. Retrasado incurable. Si has rezado alguna vez por ellos, reza ahora para que te falle el corazón mientras te hacen pedazos ¿Que te parece, cura?
El cura regordete respondió a todo esto con los ojos bajos y resistencia muda.
Me costó un esfuerzo mantenerme en silencio. Tenía muchas preguntas que hacerle a Jesse Pi
Pi
– Ya no te volveremos a amenazar mas, cura. Ya no. Emociónate pensando en sufrir por el Señor. Porque esto es lo que te va a pasar si no dejas de entrometerte. Nos ocuparemos de tu hermana. De la preciosa Laura.
El padre Tom levanto la cabeza y clavó la vista en Pi
– La matare yo mismo -aseguro Pi
Sacó la pistola de la americana, evidentemente de una pistolera. Aun en la distancia y bajo la débil luz, observe que el cañón era inusualmente largo.
A la defensiva, introduje la mano en el bolsillo de la chaqueta, y busque la culata de la Glock.
– Suéltenla -dijo el cura.
– Nunca la soltaremos -aseguró Pi
Laura Eliot que había sido amiga y colega de mi madre era una mujer encantadora. Aunque hacia un año que no la veía, recordaba su rostro perfectamente. Al parecer había encontrado un empleo en San Diego cuando Ashdon le rescindió su contrato. Mis padres recibieron una carta de Laura, pero no nos agrado que no viniera a despedirse en persona. Evidentemente se trataba de una tapadera y todavía se encontraba en la zona, retenida en contra de su voluntad.
– Dios mío, ayúdale -dijo el padre Tom, finalmente.
– No necesito ayuda -replico Pi
– Dios mío, ayúdame.
– ¿Que has dicho, cura? -inquino Pi
El padre Tom no respondió.
– ¿Has dicho «Dios, ayúdame»? -se burlo- ¿«Dios ayúdame»? Una exclamación no muy verosímil. Después de todo, tu ya no eres uno de los suyos, ¿verdad?
La curiosa afirmación provoco que el padre Tom se apoyara contra la pared y se cubriera la cara con las manos. Debía de estar llorando, aunque no podía verlo.
– Imagina el rostro de tu querida hermana -dijo Pi
Disparó un tiro al techo. El cañón era largo porque llevaba acoplado un silenciador y, en lugar de un fuerte estampido, solo se escucho un ruido parecido al que hace un puño golpeando una almohada.
En el mismo instante, y con un duro sonido metálico, la bala pasó velozmente por la pantalla metálica rectangular de la lámpara que colgaba directamente encima del enterrador. El tubo fluorescente no se hizo añicos, pero el movimiento de la larga cadena provoco el balanceo de la lámpara, una espada de luz glacial como una guadaña atravesó la habitación formando brillantes arcos.
En el rítmico recorrido de la luz, a pesar de que Pi
Cuando las cadenas de la lámpara oscilante se doblaron, los eslabones se retorcieron y friccionaron los unos con los otros provocando un espectral campanilleo, como si unos monaguillos de ojos de lagarto con casacas y sobrepellices empapadas de sangre hicieran sonar unas campanas desafinadas en una misa satánica.
Al parecer, la música estridente y las cabriolas de las sombras excitaron a Jesse Pi
Rápidamente salí de detrás del ángel que tocaba el laúd e intenté sacar la Glock, pero se había metido en el forro del bolsillo de la chaqueta.
Cuando el padre Tom se dobló por los dos golpes, Pi
El padre Tom cayó al suelo y yo finalmente pude sacar la pistola del bolsillo.
Pi
Levanté la Glock, apunté a la espalda de Pi
Continué en silencio.
– Si no eres parte de la solución, eres parte del problema. Si no puedes formar parte del futuro, entonces lárgate al infierno -le dijo Pi
Aquello sonaba a despedida. Desconecté la mira de láser y me retiré detrás del ángel justo cuando el enterrador se alejaba del padre Tom. No me vio.
Jesse Pi
Volví a guardar la Glock en el bolsillo de la chaqueta.
Desde el refugio del desordenado pesebre, observé al padre Tom Eliot. Yacía al pie de las escaleras, en posición fetal, retorciéndose de dolor.
Pensé acercarme a él para comprobar si estaba herido de gravedad, y enterarme de las circunstancias que habían provocado el enfrentamiento que acababa de presenciar, pero no quise revelar mi presencia y me quedé donde estaba.
Cualquier enemigo de Jesse Pi
Además, Pi
La música estridente de las cadenas retorcidas fue decayendo poco a poco, mientras la espada de luz describía un arco cada vez mas reducido.
Sin una protesta, sin ni siquiera una queja involuntaria, el cura se enderezó sobre las rodillas y luego con un esfuerzo se puso de pie. No podía mantenerse erguido. Encorvado como un simio, con una mano en la barandilla, empezó a subir trabajosamente la pendiente, los crujientes escalones hacia la planta baja de la iglesia.
Cuando llegara al final, apagaría las luces, y yo me quedaría sumergido en una oscuridad tal que hasta santa Bernadette, la de los milagros de Lourdes, se amilanaría. No había tiempo que perder.
Poco antes de iniciar la retirada en medio de aquellas figuras de pesebre de tamaño natural, alcé la vista por primera vez hacia los ojos pintados del ángel del laúd que tenía frente a mí, y pensé que eran de color azul como los míos. Estudié el resto de los rasgos de yeso laqueado y, aunque la luz era pobre, hubiera asegurado que aquel ángel y yo compartíamos la cara.
El parecido me dejó paralizado y confundido, y me esforcé intentando comprender cómo ese ángel Christopher Snow estaba allí contemplándome. Pocas veces he visto mi rostro a la luz, pero me he visto reflejado en los espejos de las habitaciones poco iluminadas y la luz que allí había era similar. Sin lugar a dudas era yo beatífico e idealizado, pero yo.
Desde que tuve la experiencia en el garaje del hospital, cada incidente y cada objeto parecían guardar un significado. Me resulto imposible, por lo tanto, creer en la posibilidad de una coincidencia. Hacia donde mirara, el mundo rezumaba misterio.
Claro que este es el camino que lleva a la locura: creer que todo lo que sucede en la vida se debe a una complicada conspiración dirigida por unos manipuladores extraordinarios que todo lo ven y todo lo saben. La sana conciencia consiste en pensar que los seres humanos son incapaces de llevar a cabo conspiraciones a gran escala, porque algunas de las cualidades que nos definen como especie son la poca atención por el detalle, la tendencia al pánico y la incapacidad de mantener nuestras bocas cerradas. Hablando con sentido del humor, apenas somos capaces de atarnos los cordones de los zapatos. Y si además existe algún orden en el universo, no es obra nuestra, y probablemente ni siquiera somos capaces de percibirlo.
El cura estaba a un tercio del final de las escaleras.
Observé estupefacto el ángel.
Muchas noches durante la época de Navidad, año tras año, había paseado en bicicleta por la calle frente a St Bernadette. El pesebre se exhibía en el prado de la iglesia, cada figura en el lugar adecuado, ninguno de los Reyes Magos con su regalo estaba colocado como si fuera un proctólogo de camellos, y el ángel en cuestión no estaba. O yo no lo había visto. La explicación más sencilla, claro, era que el pesebre tenía demasiada luz y yo no quería correr el riesgo de pararme a admirarlo, el ángel Christopher Snow formaba parte de la escena, pero yo siempre había girado la cabeza al pasar frente a él, para protegerme los ojos.