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– ¿Y los amigos? -preguntó Kate.
– Su mejor amigo dice que no, que a Fallon no le iban las cosas raras, pero estoy convencido de que oculta algo.
– Así que su mejor amigo es un hombre -dijo Kate.
– Hombre, según él mismo heterosexual y prometido a una mujer de familia importante. La víctima, como ya os he dicho, era homosexual y acababa de confesárselo a su familia.
– Y crees que quizá eran amantes -constató Qui
– Puede ser. Eso explicaría la nota del espejo. La cosa se salió de madre, el amigo fue presa del pánico…
Kate meneó la cabeza sin dejar de examinar las fotos.
– Esto no me parece un juego. Sigo diciendo que en tal caso se habría protegido el cuello. Más bien parece un suicidio.
– Entonces, ¿por qué delante del espejo? -la desafió Qui
– Para humillarse.
Mientras discutían pormenores a los que él ya había dado mil vueltas, Kovac hojeó los libros que había traído Qui
– No parece encajar en este tipo de perfil -comentó.
– En estos libros nunca salen los Rockefeller ni los Ke
Qui
– Los estudios muestran que este comportamiento se da en todas las clases sociales. Pero por otro lado, tienes razón, Sam. La escena no parece propia de un acto de asfixia autoerótica. Es demasiado pulcra, y además, la ausencia de parafernalia… No encaja. ¿Tienes algún motivo para creer que no fue un suicidio?
– Montones de motivos y montones de sospechosos.
– El asesinato por ahorcamiento es muy infrecuente -le recordó Qui
– No.
– ¿Contusiones en la cabeza?
– No. Aún no tengo el informe definitivo de la autopsia, pero la forense no ha mencionado nada a Liska de heridas en la cabeza -explicó Kovac-. Lo que sí tenemos es el informe de toxicología. Había tomado una copa y un par de somníferos, pero ni mucho menos suficientes para una sobredosis.
– Suena a suicidio.
– Pero no hemos encontrado rastro del frasco de somníferos en su casa. Si tenía una receta, no compraba el medicamento en su farmacia habitual, y desde luego no la había emitido su terapeuta.
– ¿Iba al psiquiatra?
– Sufría una depresión leve. Encontré un frasco de Zoloft en su botiquín, y esta tarde he hablado con el médico.
– ¿Lo consideraba el médico proclive al suicidio? -quiso saber Kate.
– No, pero tampoco le sorprendió del todo.
– O sea que te enfrentas a un auténtico rompecabezas -comentó Qui
– Por desgracia, nadie quiere saber nada. El caso está cerrado, así que me estoy rompiendo los cuernos por una víctima a la que todo el mundo quiere enterrar. De hecho, ya estaría bajo tierra si no hiciera tanto frío.
Recogió las fotografías, se las guardó de nuevo en el bolsillo y dedicó una sonrisa tristona a la pareja que tenía frente a él.
– Pero en fin, como no tengo nada mejor que hacer… No tengo vida privada ni nada.
– Pues te la recomiendo -repuso Qui
Kovac se levantó.
– Bueno, me largo antes de que os pongáis en una situación incómoda -exclamó.
– Me parece que el que está incómodo eres tú, Sam -señaló Kate, incorporándose.
– Eso también.
Qui
Odiaba reconocerlo y habría deseado poder mentirse a sí mismo, pero lo cierto era que había estado medio enamorado de Kate Conlan durante casi cinco años, y nunca había hecho nada al respecto, porque nunca se había permitido intentarlo. Quien nada arriesga, nada pierde. ¿Qué habría visto una mujer como ella en un tipo como él?
Nunca lo sabría, y esa realidad era como un puñal clavado en lo más hondo de su alma. No había forma de rehuirla ahí sentado en la oscuridad. Nunca se había sentido tan solo.
Sin previo aviso acudió a su mente el rostro de Amanda Savard. Hermosa, magullada, atormentada por algo que no podía ni empezar a imaginar… Quería convencerse de que no era más que una pieza del rompecabezas, que solo era eso lo que le interesaba de ella, pero aquella noche no le quedaban mentiras. La verdad estaba expuesta ante él: la deseaba.
En las afueras, la noche parecía más próxima a la tierra que en la ciudad. En teoría, la casa de Kate y Qui
A fin de cuentas, quizá tenía alguna ventaja que su vecino iluminara su jardín como un hotel barato de Las Vegas.