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Capítulo 3

Miranda cometió todas las infracciones de tráfico posibles en el camino de vuelta a la Universidad de Montana State, en Bozeman. Detestaba la idea de tener que contar a los voluntarios que había encontrado a Rebecca muerta.

Nick tenía razón. Necesitaban los recursos del FBI si querían dar con el Carnicero. Sin embargo, de todos los agentes del FBI a lo largo y ancho del país, ¿por qué tenía que ser precisamente Qui

Miranda creía haber superado su traición, un episodio ocurrido hacía muchos años. Ahora le agradaba su trabajo, tenía una casa bonita, una familia que la quería y amigos fieles.

Y entonces lo vio a él. En su ser más íntimo, en algún recóndito pliegue de su corazón, que ella creía endurecido desde hacía tiempo contra el amor, supo que todavía lo añoraba.

¿Por qué no habría de portarse ella con la misma distancia y frialdad que él? Estaba decidida a demostrarle que no le importaba en lo más mínimo que hubiera arruinado su carrera, además de romperle el corazón.

Entró en uno de los muchos aparcamientos del campus. Se aferraba al volante con tanta fuerza que los nudillos habían perdido todo su color por el esfuerzo. Con un gesto brusco, dejó el cambio de marchas en punto muerto y apagó el motor. Quiso volver a relegar a Qui

Respiró hondo y observó a un grupo de chicas que se dirigía al cuartel general de los servicios de búsqueda en el edificio de la Asociación de Estudiantes. Las seguía un par de chicas. Y luego un grupo de profesores.

Nadie iba solo. Nadie se atrevía ahora que se les había advertido sobre el Carnicero. Sin embargo, ¿cuánto tiempo pasaría antes de que volvieran a bajar la guardia? ¿Un mes? ¿Dos? ¿Un año? Miranda no lo olvidaba nunca. El Carnicero vivía con ella cada minuto de cada día, empeñado en perseguirla y atormentarla.

El rector había autorizado el uso de una de las grandes salas de la Asociación Estudiantil para que los voluntarios de los equipos de búsqueda montaran la coordinación de las actividades. Aunque Miranda trabajaba para el departamento del sheriff en la pequeña unidad de Búsqueda y Rescate, no tenían espacio suficiente para instalar a personal dedicado a llamar por teléfono, a fotocopiar octavillas y distribuir mapas. Como había ocurrido durante la desaparición de las otras estudiantes, la universidad les proporcionaba el espacio que necesitaban, cualquier cosa con tal de ayudar. En los momentos trágicos, los alumnos y los profesores estaban unidos.

¿Por qué era necesaria la muerte para que las personas entendieran el valor de la vida?

Habían pasado tres años desde el último asesinato. Desde el último asesinato conocido.

Miranda no podía olvidar a las otras chicas desaparecidas. En esas fechas, un año antes, había sido Cori

Pensamientos como ése, que se apoderaban de su mente, le provocaban insomnio.

¡Chas! ¡Chas!

El látigo restalló una vez, y luego otra, hiriéndola en la carne abierta. Intentó gritar, pero hacía tiempo que ya no le quedaba voz. Y luego quedó abandonada a sus lágrimas silenciosas y al eco de las imploraciones de Sharon.

Sus ruegos no significaban nada para ese monstruo sin rostro que las torturaba. El alivio que sentían cuando él se iba, pronto se convirtió en terror. Se habían vuelto dependientes de él. Él las alimentaba, les daba agua. Si él se marchaba para no volver, ellas morirían, desnudas y encadenadas al suelo en medio de un lugar perdido.

Pero él volvió. Para soltarlas. Y así, ellas desempeñarían el papel de sendas presas en su juego desquiciado. El cazador y las presas.

Dar con el Carnicero era algo más que justicia. Sólo él podía contarles a quién había matado. A Miranda le pesaba que ejerciera un control tan palpable sobre el dolor de los vivos.

Rebecca había sobrevivido ocho días en manos de ese loco, de ese cabrón asesino. Casi había conseguido escapar. Casi.

Pero como había sucedido con Sharon, el «casi» no valía ni una mierda si estaba muerta.

Permaneció dentro del coche un rato, y respiró hondo. Cerró los ojos y hundió la cabeza en los brazos, apoyada en el volante.

Las lágrimas no tardaron en brotar, y la rabia y la frustración que la embargaban fluyeron en hilillos de lágrimas calientes, saladas, que le bañaron las mejillas. Tenía el cuerpo molido después de días de búsqueda incansable, y sentía la tensión tras el reencuentro con Qui

Había visto a siete chicas muertas. Pero todavía quedaban otras nueve jóvenes desaparecidas, y sus restos no eran más que un puñado de huesos esparcidos por el bosque. A los osos y pumas no les importaba demasiado la dignidad humana, ni practicaban los ritos de entierro de la cultura judeocristiana.

¿Por qué a mí?

¿Por qué había sobrevivido ella de entre todas esas víctimas? ¿Por qué la había escogido a ella, para empezar? ¿Por qué Rebecca Douglas o las hermanas Croft? No tenía sentido. No lo había tenido entonces y no lo tenía ahora cuando, al cabo de doce años analizando una y otra vez todo lo que había conducido a su secuestro, todo lo vivido en aquella choza de la tortura de una sola infernal habitación y, después, todo lo ocurrido desde su huida.

Se lo debía a su padre, eso lo sabía con certeza. Si su padre no la hubiera llevado a aquellas expediciones de caza que ella detestaba, jamás habría aprendido a disimular sus huellas ni a engañar al cazador. Ella era la presa pero, a diferencia de los venados o los osos que cazaba su padre, ella era un ser dotado de inteligencia. Podía engañar a su perseguidor, ocultándose y corriendo, corriendo y ocultándose, hasta sumergirse en el río y… Aunque hubiese muerto en el agua gélida, habría vencido.

Él no la habría matado. Ella habría escapado, robándole con ello su trofeo, su premio.

No sólo había vencido sino también sobrevivido.

Si Rebecca no hubiera tropezado y no se hubiera roto una pierna, ¿habría sobrevivido? ¿Habría tenido la fuerza necesaria para llegar al camino? Aunque Rebecca no era oriunda de Montana, se había criado en un pueblo de montaña, en Quincy, California. Era un territorio similar y… Los pensamientos de Miranda se perdieron y divagaron lejos de Rebecca.

Quincy. Maldita sea. No podía escapar a él.

Se secó las lágrimas de la cara y volvió a mirarse en el retrovisor. No le extrañaba nada que Qui

¿En qué pensaba? ¿Por qué habría de importarle lo que pensara Qui

Ella le dijo que se equivocaba, pero él no le hizo caso. Y bien, el tiempo le había dado la razón a ella, ¿no? Era un ser humano sin problemas, llevaba una vida normal, y le iba perfectamente bien sin los comentarios de Qui

Ella tenía una responsabilidad, y en ese momento su deber era ordenar a los voluntarios que pusieran fin a la búsqueda. Detestaba tener que hacerlo, pero era una responsabilidad que asumía sola.

Después de un profundo suspiro, dejó la comodidad de su jeep y se dirigió al cuartel improvisado. Había varios estudiantes llamando por teléfono, recibiendo información o dando instrucciones detalladas para contribuir en la búsqueda. Un equipo de voluntarios acababa de entrar antes que Miranda para recoger una sección del mapa que ella misma había trazado.

Nada de eso importaba ya.

Las lágrimas que creía a buen recaudo volvieron a brotar y se apretó el puente de la nariz hasta que consiguió reprimirlas. Ahora no era el momento.

El grito ahogado de una de las chicas devolvió a Miranda a la realidad.

– ¡No! ¡NO!

Judy Payne, la compañera que vivía con Rebecca, era la que había llamado a la policía al ver que ésta no volvía al piso el viernes por la noche. Judy no había abandonado el centro de búsqueda desde el principio, contestando llamadas, enviando correos electrónicos, imprimiendo miles de octavillas. Ahora, dejó de plegar cartas y se quedó mirando fijamente a Miranda con el rostro desencajado.

– Judy. -Miranda cruzó la sala hasta donde la chica estaba sentada, temblando.

– No, por favor. -Judy buscó en su mirada algo que no fuera la verdad, y unas lágrimas rodaron por sus mejillas.

Miranda se agachó junto a la simpática compañera de Rebecca y le cogió las manos. Con cada año que pasaba, Miranda creía que sería más fácil. Las búsquedas estaban bien planeadas y ejecutadas, los voluntarios tenían formación y eran competentes, la policía era diligente y actuaba con determinación. Pero las cosas no hacían más que complicarse. Cada vez era más difícil. Cada una de las chicas desaparecidas se llevaba un trozo de su alma a la tumba.

– Lo siento. -¿Qué otra cosa podía decir? «Lo siento» parecía tan fuera de lugar, tan vacío.

Judy se dejó caer en los brazos de Miranda. Esta la abrazó, la meció y le murmuró cosas al oído, palabras que no significaban nada, pero que quizá traerían algún consuelo.

No hacía falta decir nada al resto de la gente en la sala. La reacción de Judy les decía lo que tenían que saber. Las lágrimas brotaron de los ojos de hombres y mujeres que habían tenido la esperanza, por un tiempo, de encontrar a Rebecca con vida.

Karl Keen, un joven asistente, se les acercó. Miranda levantó la mirada y vio que él también tenía los ojos humedecidos. Quiso transmitirle confianza, a él y a Judy y a todos, pero no tenía palabras. El peso del dolor de Rebecca descansaba con toda su carga sobre los hombros de Miranda. ¿A propósito de qué quería transmitirles confianza? ¿De que esta vez la policía lo encontraría? ¿De que esta vez había cometido un error?