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Estaba atada al árbol y amordazada. Llevaba el pelo mojado y aquella sencilla bata. Sin embargo, el frío era un problema menor para ella en ese momento.
Qui
Le dieron ganas de correr hasta donde estaba Miranda, pero dio un paso atrás. No les serviría a ninguno de los dos si a él lo mataban.
Habló por radio, en voz baja.
– Parece una trampa. No entréis, repito, no entréis en el claro.
Se giró hacia Jorgensen.
– El megáfono -pidió, y éste se lo pasó.
Qui
– Delilah Parker -dijo, con el megáfono en alto, la voz a todo volumen y con un retintín metálico-. Delilah, soy el Agente Especial Quincy Peterson, del FBI. Puede que te acuerdes de mí. Tuviste la amabilidad de ofrecerme limonada con pastel de plátano el día que llegué a la ciudad.
Qui
Qui
Delilah Parker tenía una obsesión por el control y la imagen. Qui
Tenía que apelar a esa parte suya.
No a la parte que miraba mientras el hermano violaba a casi dos docenas de mujeres.
– ¿Delilah? ¿Puedes asomarte para que hablemos?
– ¡No! ¡Lo está haciendo mal!
Delilah estaba enfadada, y Miranda la miró a ella y luego a Qui
Pero Qui
– Delilah, ahora esto es entre tú y yo -dijo Qui
– ¡No! -De un brinco, Delilah salió de su escondite y se acercó a Miranda a grandes zancadas. Le apoyó el cañón del arma en la cabeza. Miranda no podía parar de temblar. Había visto el cuerpo de Dick Walters. A ella también la mataría.
Y mataría a Qui
– Baja el arma para que podamos hablar -dijo Qui
– ¡No, no, no! -Delilah dio patadas en el suelo-. ¿Es que no lo ves? -gritó-. Ella tiene que morir. Pero eso no tiene ninguna gracia si antes no te ve morir a ti. Ella mató a Davy. Ahora tiene que sufrir por habérselo cargado. ¿No lo entiendes?
– Delilah, comprendo lo que debes estar viviendo -dijo Qui
– Tú no sabes nada del dolor.
– Ponme a prueba.
– No. Sólo quieres ganar tiempo. ¿Qué vas a hacer? Traer a una unidad de las SWAT para que vengan y me disparen. Pues, te diré una cosa, y es que tu amiguita también morirá.
A Delilah no le temblaba la mano, pero sudaba copiosamente. No dejaba de mirar a uno y otro lado, con ojos de roedor asustado. Miranda esperaba una oportunidad para hacer algo, pero no tenía ni idea de qué podía ser. Miraba a Qui
Siguió acercándose.
– Delilah, tú no quieres hacer eso. Has tomado algunas decisiones equivocadas, pero tú no mataste a esas chicas, ¿no?
– ¿A quién le importa? A nadie le importó cuando les conté lo que mi madre hacía con Davy. No me creyeron.
– Yo te creo, Delilah.
– No soy tonta, Agente Especial Peterson -gritó-. Sé lo que intentas hacer. Quieres que me rinda por remordimiento, que diga que lo siento. Pues, no lo siento. Lo único que lamento es no haber dejado que Davy matara a esta puta -dijo, y le dio a Miranda una patada en el costado-, cuando escapó.
Miranda empezó a cerrar los ojos, esperando la descarga y el dolor del impacto de la bala, cuando vio que Qui
Agáchate.
Desde el otro lado del campo, se oyó una voz.
– ¡Mamá! ¡No!
Miranda se giró y la pistola dejó de apuntar a la cabeza de Miranda. Ésta se agachó todo lo que pudo.
– ¿Ryan? ¿Tú también piensas traicionarme? -Delilah giró la pistola hacia su hijo.
Y se sucedieron las descargas.
¡Bang! ¡Bang bang bang bang bang bang!
Con el impacto de los disparos, Delilah trastabilló hacia atrás contra el árbol. Cayó sobre el regazo de Miranda, y sus ojos quedaron clavados en ella.
– Paz -dijo, en un último borboteo.
Delilah se sacudió y espiró su último aliento. Miranda se quedó mirando el cuerpo inerte sobre sus rodillas.
Qui
Le quitó las ataduras de las manos. Ella le echó los brazos al cuello, apretándolo con fuerza, mientras unas lágrimas silenciosas le corrían por la cara. Él la levantó y la llevó hacia los árboles, lejos de la muerte.
La besó y la estrechó en sus brazos.
– Siento haber tenido que traer a Ryan, pero sólo lo hice como último recurso.
– Lo sé.
– Ahora, Miranda, todo ha acabado de verdad.