Страница 36 из 85
Pero ni siquiera el cielo con toda su inmensidad podía acallar los gritos de Sharon, ni la voz cruel y hueca del asesino sin rostro cada vez que Miranda cerraba los ojos.
– Debería haber vuelto a Quantico. -Nunca había dicho eso en voz alta, y se sorprendió a sí misma. Se pasó la lengua por los labios-. Estaba tan he… -Iba a decir herida. No. No estaba preparada para contarle eso a Qui
– Habrías sido una agente muy buena -dijo él, con voz grave.
El corazón le dio un vuelco. Se preguntó qué haría él si ella lo besara.
Aquel pensamiento fugaz la desconcertó y se echó hacia atrás. Tenía las manos húmedas. ¿Una buena agente? Sí, eso lo sabía. Una agente muy buena.
Un año. ¡Un año! Había esperado más de dos años después de que el Carnicero matara a Sharon, presa del desasosiego, asistiendo a clases suplementarias, trabajando en la hostería, aprendiendo defensa personal. Todo y cualquier cosa con tal de no volver a sentirse vulnerable.
Al salir de Quantico, diez años antes, nunca se había sentido tan perdida. Entonces supo que jamás volvería.
– Gracias. -La voz se le quebró. Quería gritarle, mostrar su rabia por la injusticia que había cometido, más allá de las razones. Quizás hubiera un asomo de verdad en lo que decía Qui
Concentró la mirada en su vaso de leche y en su tarta. Qui
Ella y Qui
Quería que él la tomara en sus brazos para que pudiera dormir. Amarla para que pudiera recordar lo que había sido la época más feliz de su vida.
Qui
Cuando Miranda abrió los ojos, separó los labios. Qui
Los labios de él tocaron los suyos con una tierna suavidad. Tan suave que si Miranda no hubiera sentido la descarga de deseo que la embargó de pies a cabeza, habría dudado que la había besado.
Y entonces él volvió a besarla, más firmemente, moviendo la mano desde el hombro hasta su nuca, acariciándole los músculos sosteniéndole la cabeza. Con la lengua le abrió dulcemente los labios hasta que las dos lenguas se trabaron en un ligero duelo, hacia atrás y hacia adelante. Ella se apoyó en él, al principio tímidamente, y luego puso los brazos en torno a su cuello, sosteniéndolo cerca.
Los besos de Qui
Qui
– Te he echado de menos, Miranda.
Ella tragó aire. ¿De verdad la había echado de menos? Durante diez años ella había tenido que recluir a Qui
Pero ahora la presa se rompía y sus sentimientos reprimidos se derramaban por las compuertas. Durante diez años había sido mucho más fácil fingir que Qui
Miranda dio un paso atrás y topó con el aparador de la cocina.
– Qui
– ¿Por qué me esquivabas en esa época? -Qui
Miranda sacudió la cabeza. No podía tener esa conversación en ese momento, cuando sentía las emociones tan a flor de piel. El afecto de Qui
– Tengo que irme.
– Miranda, no te vayas otra vez. Tenemos que hablar.
Ella sacudió la cabeza y se liberó de su abrazo. Tenía que pensar, y eso era imposible si estaba junto a Qui
Se lo quedó mirando un momento y vio que una expresión de frustración le cruzaba fugazmente el rostro. Se giró y echó a correr hacia su cabaña, sintiéndose como una cobarde pero sin saber qué otra cosa hacer.
Qui
¿Qué acababa de ocurrir?
Creía que Miranda empezaba a abrirse con él. Había matizado sus sentimientos hacia él. Pensó que quizás hubiera una esperanza…
Y ese beso. El tiempo o la distancia lo hacía aún más dulce. Y él quería más.
¿En qué estaba pensando? ¿Acaso creía que podrían retomar su relación donde la habían dejado? ¿Qué él le podía decir que todavía la amaba y que enseguida se pondrían a hablar de matrimonio?
Qui
Qui
¿Qué habría pensado ella? ¿Por qué no podía responder a su pregunta? Él había esperado a que Miranda le saltara a la garganta que le gritara por haber tomado esa decisión en Quantico. No esperaba ver una emoción tan abierta y llena de deseo en sus ojos insondables.
¡Maldita sea! Quería seguirla, quería explicarle una vez más las razones de haberla apartado de la Academia. Ella quería centrarse en opinión del psiquiatra, en su obsesión con el Carnicero, pero eso era sólo una parte de su razonamiento. Si hubiera sido sólo por el psiquiatra, Qui
Lo que Miranda nunca había entendido, y era evidente que él tampoco conseguía hacerle entender, era que los motivos por los que aspiraba a ser agente del FBI estaban mal planteados. Trabajar para el FBI no le daría lo que ella esperaba, y Qui
Quizás hubiera sido preferible dejar que se sintiera así. Pero la amaba demasiado, y Miranda era una persona demasiado leal; no podía abandonarla cuando se diera cuenta de que idealizaba la profesión de agente del FBI.
Para decirlo alto y claro, Miranda quería ser agente del FBI para tener la autoridad de perseguir al Carnicero. No se habría sentido satisfecha trabajando en Florida, por ejemplo, o en Maine o en California, a menos que el Carnicero comenzara a cazar en uno de esos estados. Y era muy probable que la hubieran asignado al escuadrón de robos o al de corrupción política, experiencias que no le ayudarían en lo más mínimo a enfrentarse con sus demonios.
Qui
Cerró los ojos, sin saber bien cómo pensar en el dolor y la rabia de Miranda hacia él. Durante unos minutos, casi habían llegado a ese punto de confianza en que podría haber dicho cualquier cosa, y ella se habría abierto. Pero no habían llegado ahí, y él no sabía si algún día lo conseguirían. En cuanto él se acercaba demasiado, ella levantaba una barrera invisible.
A veces le daban ganas de sacudirla para que escuchara lo que tenía que decirle, para obligarla a no cuestionar todos sus motivos. Pero esa noche sólo había deseado llevarla a la cama y estrecharla en sus brazos.
Si no se abría y hablaba con él, si ella no escuchaba lo que tenía que decir, quedaban pocas esperanzas de restaurar esa relación rota con la única mujer que había amado en toda su vida.