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Capítulo 14

John tuvo que obligarse a cumplir con su trabajo aquella mañana cuando Rowan y él salieron a hacer footing a lo largo de la playa. Él quería observarla, pero eso entrañaba un peligro. Tenía que vigilar las casas, estar atento a la costa o a cualquiera que en ese momento anduviera por la playa.

Volvía a desearla. Si no supiera que Michael los estaría esperando en la casa cuando acabaran el ejercicio, habría considerado la posibilidad de hacer el amor con ella en la playa. Pero sería preferible que Michael no se enterara todavía de lo ocurrido.

John no sabía si podría poner cara de póquer.

Después de hacer el amor por segunda vez, habían dormido un par de horas. John se despertó repentinamente a las cuatro de la madrugada. Rowan gemía en su sueño y llamaba a Dani. Él la tomó en sus brazos y experimentó una rara sensación de paz cuando ella se calmó y se acurrucó contra él. John no quería analizar sus sentimientos con demasiada profundidad. Al fin y al cabo, estaba convencido de que cuando atraparan al asesino, Rowan seguiría con su vida normal. Y él volvería a la caza de Pomera.

Sin embargo, sus problemas, su dolor por la muerte de De

Rowan se detuvo al pie de las escaleras y respiró varias veces profundamente. El aire era fresco y saludable. Le sonrió con ojos vivos. Casi parecía despreocupada y él se alegró de haberle comunicado algo de paz después de los acontecimientos de las últimas dos semanas.

– ¿Te vienes a duchar conmigo?

John casi tuvo una erección con sólo verla transpirar, viendo sus pechos menudos apretados contra la tela húmeda de la camiseta. La cogió y la besó apasionadamente, saboreando la sal de sus labios, el sudor de su espalda, su energía después del ejercicio y una tórrida noche de amor.

Pero no tardó en soltarse del abrazo. No era el lugar indicado.

– Vamos -dijo, con voz ronca, y carraspeó.

No olvidó sus responsabilidades. Comprobó el balcón y la casa para revisar que la seguridad funcionaba. Miró su reloj. Las siete.

– No tenemos demasiado tiempo -dijo.

– Entonces, será mejor que nos pongamos. -Rowan se dirigió al trote hasta su habitación y él la siguió, no sin antes cerrar las puertas. Ella se desnudó delante de él, y él no pudo sino admirar su ágil musculatura. Sin embargo, todo lo que tenía que ser suave lo era.

– Rowan, yo…

Ella le cerró los labios con un dedo.

– Tal como has dicho -dijo, con voz suave-, no tenemos demasiado tiempo.

Él no dejó de captar el doble sentido. No sabía por qué le molestó cuando le escuchó decirlo, aunque él pensara en lo mismo.

Rowan lo condujo hasta la ducha, añorando la cercanía que habían forjado la noche anterior. Jamás se había sentido tan necesitada, tan poderosamente deseosa.

Comenzaron en la ducha, donde ella empezó a enjabonarlo, y él siguió. Ella le dejó. Él cogió el jabón en su mano grande y segura y la enjabonó entera hasta dejarla temblando con algo más que mera lujuria. Rowan se sintió presa de una añoranza, necesitaba prolongar aquella estrecha intimidad. Era algo delicado y transparente y, como todo lo nuevo, podía ser fácilmente destruido.

Rowan no quería perderlo.

Él la lavó, le besó la piel hasta oírla gemir en voz alta.

– Rowan -le murmuró él al oído cuando la empujó contra la pared de baldosas de la ducha.

– Te deseo. -Su voz era ronca y grave, y sonaba como si no fuera ella.

Él se deslizó dentro de ella y ella lo envolvió con sus piernas, apoyada en la pared. Rowan le acarició la piel dura, sin afeitar de la cara y siguió hasta sus labios, buscándole la lengua, el placer de su sabor, deseando quedarse ahí y olvidar el mundo exterior. Darle el amor que jamás había podido compartir. Tomar el amor que él le daba.

No tenían demasiado tiempo, y ella decidió aprovecharlo al máximo.

Apretó los músculos y dejó escapar un gemido en la boca de John. Empujó la pelvis con fuerza, y él retrocedió.

Ella abrió los ojos y frunció el ceño.

– ¿Qué pasa?

– Nada.

John la levantó y la llevó, aún mojada, hasta la cama. Nunca había visto a Rowan tan relajada. Ella se incorporó y le tocó la cara con un gesto entrañable y a John se le aceleró el corazón. La penetró lentamente, mirando la reacción que su sensual invasión le dibujaba en el rostro. Entreabrió los labios al cerrar los ojos.

– Abre los ojos -dijo él, con voz grave, y ella los abrió de inmediato.

Él le sostuvo las manos por encima de la cabeza y la miró de frente mientras le hacía el amor. Rowan sentía un placer cada vez más intenso, y le envolvió la cintura con las piernas, respondiendo con un embate a cada uno de los de John. Cuando los ojos se le volvieron vidriosos de pasión, él la cogió en sus brazos y se derramó en ella. Rowan llegó al orgasmo con un gemido, murmurando su nombre.

Se quedaron así enredados, uno en los brazos del otro, respirando aceleradamente. Él tiró de la sábana para cubrirse y la estrechó en sus brazos. Sabía que debían levantarse, pero no quería dejarla ir. Ahora, no.

Ella apoyó la mano sobre su pecho, sobre su corazón, y él sintió el corazón de ella latiendo contra su brazo. Le apartó un mechón de pelo mojado de la cara y la besó en la frente.

– He oído que trabajabas para la DEA y que lo dejaste -dijo Rowan al cabo de un rato. El cambio de la pasión al trabajo lo sorprendió-. Supongo que es… sólo curiosidad. Saber de tu vida.

Rowan hizo ademán de separarse, pero él volvió a estrecharla. Si creía que iba a poder apartarse de su lado, le esperaba una sorpresa.

– Después de cinco años en el Comando Delta, decidí que ya había tenido suficiente y que era hora de pedir un cómodo puesto en el gobierno. -John intentó reír, pero su risa sonó vacía.

– Hmmm. Y yo ingresé en el FBI porque quería ser Dana Scully.

¿Rowan haciendo una broma? Pero John no sonrió. Pensaba en la mirada de De

– Tuve una infancia idílica -dijo, al cabo de un momento-. Un hogar al estilo de Leave it to Beaver . Mi padre era poli, un hombre recto y respetado. Mi madre se quedaba en casa, hacía galletas en el horno, nos llevaba a todas las actividades posibles e imaginables, siempre estaba ahí para escucharnos. Era una buena vida. ¡Jo!, era perfecta.

Echaba de menos a sus padres. Habían muerto con menos de un año de diferencia. Su padre, de un repentino infarto, y su madre, sospechaba John, de un corazón roto. Aquello había sucedido hacía tres años, pero todavía le entristecía.

– ¿No están vivos? -inquirió Rowan, con voz queda.

– No. -John carraspeó y tragó aquel dolor que de pronto había aflorado-. Mi mejor amigo era De

– ¿Tú eras el ladrón?

– A veces. A menudo me inventaba otros roles, a veces con Mickey, a veces con De

De

– De

Tengo un plan, Joh

– Yo quería que se alistara en el ejército conmigo. Me enrolé a los dieciocho años. No tenía grandes ilusiones de ir a la universidad, aunque allí fue donde acabé después de mis cinco años en las filas. Patrocinado por la Ley GI Hill.

– Es un buen programa.

Él se encogió de hombros.

– Sí, pues De

– Tú no lo sabías.

– Ni siquiera lo sospechaba. -Todavía se reprochaba el no haberse percatado de las actividades ilegales de su amigo-. Éramos jóvenes, no solíamos escribirnos con mucha frecuencia, y todavía no existía el correo electrónico. Tess me escribió, me contó que De

– Te sientes culpable por haberlo abandonado.

Claro que se sentía culpable. Si se hubiera quedado en Los Ángeles, De

Rowan le acarició el pecho. No era un gesto de lujuria sino de comprensión. Él le cogió la mano y se la llevó a los labios. Olía a jabón y a sexo y él no podía imaginarse estar en otra parte sino con ella. Compartir una historia que no había compartido con nadie, nunca con esos detalles.

– Volví a Los Ángeles y me matriculé en la UCLA. Busqué a De

La señora Schwartz parecía cansada, desgastada por los años que llevaba trabajando en dos sitios y criando sola a sus tres hijos.