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Así, el sábado – con la carta de míster Browning abierta sobre la mesa – empezó a vestirse. Leyó la última advertencia de él: «…y, al tomar esta actitud, me sitúo frente a la execrable táctica de los maridos, padres, hermanos y demás dominadores que haya en el mundo». De manera que si ella iba a Whitechapel, se ponía con esto contra Robert Browning y a favor de los padres, hermanos y demás dominadores. A pesar de ello, siguió vistiéndose. Un perro aullaba porque lo tenían atado. Estaba indefenso en poder de unos hombres crueles. Le parecía que los aullidos le gritaban: «¡Piensa en Flush!» Se calzó, se puso el manto y el sombrero. Miró una vez más la carta de míster Browning. «Me voy a casar contigo», leyó. El perro seguía aullando. Salió de la habitación, bajó las escaleras…
Henry Barrett le salió al encuentro y le dijo que, a su juicio, estaba muy expuesta a que la secuestraran y la asesinaran si se empeñaba en ir a Whitechapel. Dijo a Wilson que llamara un coche de alquiler. Wilson obedeció, temblorosa pero sumisa. Llegó el coche. Miss Barrett hizo subir primero a Wilson. Esta, aunque convencida de que la esperaba la muerte, montó en el coche. Miss Barrett dio al cochero la dirección de Ma
En vista de ello, el coche dio la vuelta y salió de la calle Ma
Pero ya abría el lacayo la puerta y, apeándose, se dirigió, escaleras arriba, a su habitación. Otra vez a su dormitorio.
El sábado fue el quinto día de encarcelamiento de Flush. Casi exhausto, perdidas casi todas las esperanzas, jadeaba tumbado en su rincón oscuro del atestado suelo. Se oían violentos portazos. Gritaban voces aguardentosas. Chillidos de mujeres. Parloteo de loros. Nunca habían charlado así los loros con las viudas de Maida Vale, pero es que ahora tenían que responder a los insultos que les dirigían las viejarronas. Flush se sentía la pelambre plagada de insectos; pero estaba demasiado débil, demasiado indiferente para sacudirse. Toda su vida pasada, con sus i
A decir verdad, las fuerzas de Wimpole Street luchaban todavía -hasta en estos momentos finales- por apartar a miss Barrett de Flush. El sábado por la tarde estuvo esperando a mister Taylor, pues la mujer inmensamente gorda había prometido que éste iría. Por fin vino, pero sin el perro. Envió un recado a miss Barrett: si ésta le pagaba en el acto seis guineas, volvería a Whitechapel y le traería el perro… le daba «su palabra de honor». Miss Barrett no sabía qué valor pudiera tener la palabra de honor de mister Taylor, pero le pareció «que no había otro recurso», pues la vida de Flush pendía de este hilo. Contó las guineas, y se las envió a míster Taylor, que esperaba abajo en el pasillo. Pero quiso la mala suerte que mientras esperaba Taylor en el pasillo -rodeado de paraguas, grabados, la felpuda alfombra y otros objetos valiosos – entrara Alfred Barrett. El ver al archienemigo en su propia casa, le hizo perder todo freno. Estalió su ira. Lo llamó «estafador, embustero y ladrón». En vista de ello, míster Taylor le devolvió los insultos. Y, lo peor de todo, juró estar «tan seguro de su salvación como de que no volveríamos a ver a nuestro perro»; y salió disparado de la casa. Así que a la mañana siguiente llegaría el terrible paquete sangriento.
Miss Barrett volvió a vestirse a toda prisa y corrió escaleras abajo. ¿Dónde estaba Wilson? Que buscase un coche. Iba a volver a Shoreditch inmediatamente. Acudió su familia, presurosa, para disuadirla. Oscurecía. Estaba ya muy debilitada. Incluso para un hombre, en perfecto estado de salud, resultaba aquella aventura de lo más arriesgado. Hacerlo ella, era una locura. Así se lo dijeron. Sus hermanos, sus hermanas, toda la familia la rodeó, amenazándola, disuadiéndola, «gritándome que me había vuelto loca, que era una terca, una caprichosa… Me insultaron tanto como lo hubieran hecho con mister Taylor». Pero no cejó en su empeño. Tuvieron que comprender, finalmente, la inutilidad de sus esfuerzos ante la locura de ella. Por mucho peligro que hubiera, habían de dejarla salirse con la suya. Septimus prometió que, si Ba volvía a su cuarto «y se ponía de buen humor», iría él mismo en busca de Taylor, le entregaría el dinero y traería el perro.
Mientras, en Whitechapel se diluía el crepúsculo en la negrura nocturna. Se abrió una vez más, de una patada, la puerta de la habitación. Un tipo peludo suspendió a Flush por el cogote, sacándole de su rincón. Al mirar la horrenda cara de su enemigo, no podía deducir si se lo llevaba para matarlo o para ponerlo en libertad. Le daba igual…, a no ser por el recuerdo fantasmal de algo. El hombre se agachó. ¿Para qué le hurgaban aquellos dedazos en su garganta? A trompicones, medio cegado y con las piernas bamboleantes, fue conducido Flush al aire libre.
Miss Barrett, en Wimpole Street, no podía tragar la comida. ¿Había muerto Flush o estaba aún vivo? No lo sabía. A las ocho se oyó llamar a la puerta; era la carta habitual de míster Browning. Pero, al abrirse la puerta para que dejaran la carta, algo más entró corriendo en el cuarto… Flush. Se fue derecho a su vasija color púrpura. Tres veces se la llenaron y aún seguía bebiendo. Miss Barrett contemplaba al perro – muy sucio y con expresión de tremendo asombro -, que no cesaba de beber. «No mostró tanto entusiasmo por verme como yo esperaba», observó. En efecto, sólo le interesaba una cosa en el mundo: agua limpia.
Miss Barrett, después de todo, sólo había visto un momento las caras de aquellos hombres y, aun así, los recordó toda su vida. Flush había estado a merced de ellos, viviendo en aquel ambiente durante cinco días enteros. Ahora, al verse de nuevo sobre cojines, lo único que le parecía dotado de una realidad era el agua fresca. Bebía continuamente. Los antiguos dioses del dormitorio – la vitrina de los libros, el ropero, los bustos – parecían haber perdido su substancia. Esta habitación no era ya el mundo entero; era sólo un refugio. Solamente un claro en la selva, protegido por temblorosos lampazos, mientras alrededor se arrastran las serpientes venenosas y merodean las fieras; una selva donde detrás de cada árbol acecha un asesino dispuesto a lanzarse sobre uno. Echado en el sofá – todavía atónito y exhausto – a los pies de miss Barrett, le resonaban en los oídos los aullidos de los perros atados y el chillar de los pájaros aterrorizados. Cuando se abrió la puerta, se sobresaltó, esperando ver entrar al hombre peludo con un cuchillo… pero no era sino mister Kenyon con un libro en la mano; era sólo Browning con sus guantes amarillos. Encogióse ante ellos. Ya no se fiaba de míster Kenyon ni de mister Browning. Tras aquellos rostros sonrientes y amistosos, se escondían la traición y la crueldad. Sus caricias eran fingidas. Temía incluso acompañar a Wilson a echar las cartas. No quería dar ni un paso si no le ponían la cadena. Cuando le decían: «Pobrecito Flush, ¿te cogieron los hombres malos?», levantaba la cabeza, gemía y callaba. Si, yendo por la calle, oía el restallar de un látigo, saltaba a la acera buscando seguridad. En casa se apelotonaba más cerca de miss Barrett que antes. Ella era la única que no lo había abandonado. Aún tenía alfuna fe en ella. Gradualmente, ésta fue tomando otra vez substancia a sus ojos. Agotado, tembloroso, sucio y muy adelgazado, yacía en el sofá a los pies de su ama.
[6] Quienes hayan leído Aurora Leigh … Pero, como esas personas no existen, hay que explirar que mistress Browning escribió un poema con ese título, uno de cuyos más vívidos es aquel que (aunque con la deformación natural en una artista que ve su tema desde un coche, con Wilson tirándole de la falda) describe un sector del hampa de Londres. Resulta evidente que mistress Browning poseía un fondo de curiosidad por la vida humana que no se satisfacía, ni muchísimo menos, con los bustos de Homero y Chaucer, que estaban sobre el lavabo en el dormitorio. (N. de A.)