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La verdad es que todo ha comenzado a ocurrir al mismo tiempo, el pasado y el posible futuro y el imposible presente. En las cenicientas semanas de temor diurno y terror nocturno que tuvieron lugar antes de que A

Para A

En esas interminables noches de octubre, echados el uno junto al otro en la oscuridad, estatuas derribadas de nosotros mismos, buscábamos escapar de un presente intolerable en el único tiempo verbal posible, el pasado, es decir, el pasado remoto. Revivíamos nuestros primeros días juntos, recordábamos, corregíamos, nos ayudábamos mutuamente, como dos ancianos que caminan tambaleándose por las murallas de una ciudad en la que vivieron hace muchos años.

Evocábamos especialmente el humeante verano londinense en el que nos conocimos y nos casamos. La primera vez que me fijé en A

Ah, esas fiestas, había tantas en aquella época. Cuando las rememoro nos veo llegando, deteniéndonos un momento en la puerta, yo con la mano en su zona lumbar, tocando, a través de la sutil seda, la fría y profunda grieta que allí había, su salvaje olor en mis narices y el calor de su pelo contra mi mejilla. Qué magnífica estampa debíamos de componer los dos, haciendo nuestra entrada, más altos que nadie, nuestra mirada enfocada por encima de sus cabezas, como si estuviera fija en algún paisaje lejano y hermoso que sólo nosotros teníamos el privilegio de ver.

En aquella época ella quería ser fotógrafa, y hacía unos melancólicos estudios de los rincones más desolados de la ciudad a primera hora de la mañana, todo hollín y plata sin pulir. Ella quería trabajar, hacer algo, ser alguien. Le atraía el East End, Brick Lane, Spitalfields, sitios así. Yo nunca me lo tomé muy en serio. A lo mejor debería haberlo hecho. Ella vivía con su padre en un apartamento alquilado de una mansión color hígado, en una de esas zonas aisladas y deprimentes que dan a Sloan Square. Era un lugar enorme, con una sucesión de espaciosas habitaciones de techos altos y altas ventanas de guillotina que parecían desviar su mirada vidriosa del simple espectáculo humano que tenía lugar entre ellas. Su padre, el viejo Charlie Weiss -«No te preocupes, no es un nombre judío»- me cogió aprecio enseguida. Yo era grande, joven e izquierdoso, y mi presencia en esas habitaciones doradas le divertía. Era un hombrecillo alegre de manos menudas y delicadas y pies diminutos. Su guardarropa me resultaba asombroso, pues tenía i

Una luz de verano espesa como la miel entraba por las altas ventanas y resplandecía sobre las alfombras estampadas. A

– Maquinaria pesada -dijo, procurando no reír.

Charlie contemplaba el espectáculo de su vida con sat¡sfacción y un cierto asombro ante el hecho de haber conseguido tanto y con tanta facilidad. Era un ladrón, probablemente peligroso, y de una inmoralidad absoluta y jovial. A