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De regreso a la escalera me detuve en una puerta conocida. Toqué el timbre y salió una vieja gorda. Ya iba a cerrar la puerta como la otra mujer, cuando aparecieron detrás de ella unas gafas brillantes, y en la penumbra reconocí el rostro gris del señor Fleischma

Permanecí sentado durante un rato con ellos puesto que hacía mucho que no había estado sentado así, en un sillón blando de terciopelo rojo. La señora Fleischma

Se produjo un corto silencio, interrumpido por un solo sonido: la señora Fleischma

Entonces el viejo Steiner se removió en su asiento y observó: «Pero ¿qué es lo que habríamos podido hacer?», pronunciando la frase con una expresión de enfado y de queja a la vez. Le dije que nada, por supuesto, o algo, cualquier cosa, lo que hubiera sido una locura, otra locura, como la locura de no hacer nada, claro, la locura de no hacer nada. «En realidad -traté de explicarles- tampoco es eso.» «Entonces ¿qué es?», me preguntaron, casi perdiendo la paciencia, y yo seguí hablando más enfadado que ellos. Son los pasos. Todos habíamos estado dando pasos, yo también, y no sólo en la fila de Auschwitz sino antes, en casa. Yo había ido dando pasos con mi padre, con mi madre, con A

Veía, sí veía muy bien que no me comprendían, que mis palabras no les gustaban en absoluto y que algunas hasta los hacían enfadar. Veía que el señor Steiner trataba de interrumpirme, que casi se ponía de pie, veía que el señor Fleischma