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Ha
Había dos botellas de vino blanco en el frigorífico. Ruth sacó una, la descorchó y se sirvió una copa. Fue al comedor y salió a la terraza. Cuando Ha
Allá, en el extremo profundo, rodeadas de azul, sus cabezas eran pequeñas. Ha
La cabeza de Ha
– He llegado pronto -empezó a decir Ha
– Anoche estabas aquí. Me llamaste después de haber jodido con mi padre. Yo podría haberte dicho que roncaba
– Ruthie, no… -intervino su padre
– Eres tú la que tiene un problema de jodienda, chica -replicó Ha
– Ha
– La mayoría de los países civilizados tienen leyes -siguió diciendo Ruth-. La mayoría de las sociedades se rigen por normas…
– ¡Eso ya lo sé! -le gritó Ha
– La mayoría de las familias siguen reglas, papá -le dijo Ruth a su padre-. Y la mayoría de los amigos también -añadió, dirigiéndose a Ha
– Muy bien, muy bien -replicó Ha
– Nunca te disculpas, ¿eh?
– De acuerdo, perdona -dijo Ha
– Ha sido una casualidad…, no se trata de nada planeado -le explicó Ted a su hija
– Eso debe de ser una novedad para ti, papá -comentó Ruth.
– Nos encontramos por casualidad en la ciudad -corroboró Ha
– No tengo ninguna necesidad de saber los detalles -replicó Ruth
– ¡Siempre eres tan superior! -exclamó Ha
– También puedes salir de mi casa -le dijo Ruth-. Recoge tus cosas y lárgate
La piscina carecía de escala, porque a Ted no le parecían estéticamente agradables. Ha
– ¿Desde cuándo es tu casa? -inquirió-. Creía que era de tu padre
– Ha
– Quiero que también te marches, papá, quiero estar a solas. He venido a casa para estar contigo y con mi mejor amiga, pero ahora quiero que os marchéis los dos
– Sigo siendo tu mejor amiga, por el amor de Dios -le dijo Ha
"La ratita escuálida", pensó Ruth
– Y yo todavía soy tu padre, Ruthie -añadió Ted-. No ha cambiado nada
– Lo que ha cambiado es que no quiero veros -replicó Ruth-. No quiero dormir en la misma casa con ninguno de los dos
– Ruthie, Ruthie.
– Ya te lo había dicho, Ted. Es una puñetera princesa, una prima do
Así pues, también habían hablado de ella.
– Ha
Pero ella entró en la casa y dejó que se cerrara bruscamente la puerta mosquitera. Ted siguió pedaleando en el agua, en el extremo profundo de la piscina. Podía pasarse así el día entero
– Tenía mucho de qué hablar contigo, papá -le dijo su hija
– Todavía podemos hablar, Ruthie. No ha cambiado nada -dijo
Ruth había apurado el vino. Miró la copa vacía y entonces la arrojó a la cabeza oscilante de su padre. No le alcanzó, ni mucho menos, y la copa se hundió en el agua, intacta y danzando, como una zapatilla de ballet, hacia el fondo de la piscina
– Quiero estar sola -volvió a decirle a su padre-. Querías joder con Ha
– Lo siento, Ruthie -dijo su padre, pero Ruth entró en la casa y le dejó allí, pedaleando en el agua
Ruth estaba en la cocina. Las rodillas le temblaban un poco mientras lavaba el arroz y lo dejaba escurrirse en un colador, y pensaba que probablemente había perdido el apetito. Fue un alivio para ella que su padre y Ha
Oyó el sonido de los zapatos de tacón alto de su amiga en el vestíbulo. Imaginó lo bien que le sentaban aquellos zapatos rosa asalmonado a una rubia seductora. Entonces oyó el ruido del Volvo azul marino, los anchos neumáticos que aplastaban la grava del sendero. (En el verano de 1958, el sendero de acceso a la casa de los Cole en Sagaponack era de tierra, pero Eduardo Gómez convenció a Ted para que pusiera grava. Había sacado esa idea del infame sendero que había en la casa de la señora Vaughn.)
Desde la cocina, Ruth oyó que el Volvo se dirigía al oeste por Parsonage Lane. Tal vez su padre llevaría a Ha
Pero cuando el aparato sonó, sólo una hora más tarde, Ruth pensó que podría tratarse de Allan y respondió
– ¿Qué? ¿Jugamos ese partido de squash? -le dijo Scott Saunders
– No estoy de humor para jugar al squash -mintió Ruth. Recordaba que la piel de aquel hombre tenía una tonalidad dorada, y sus pecas eran del color de la playa
– Si puedo alejarte unas horas de tu padre… -dijo Scott-, ¿qué te parece si cenamos juntos mañana?
Ruth no había podido cocinar la cena que Ha
– Lo siento, no estoy de humor para cenar -le dijo al abogado
– Puede que mañana estés de mejor ánimo
Ruth imaginaba la sonrisa de su interlocutor, aquella sonrisa de engreimiento
– Es posible… -le confesó Ruth, y de alguna manera encontró la fuerza necesaria para colgar el teléfono
No volvió a responder, aunque el teléfono se pasó la mitad de la noche sonando. Cada vez que lo hacía, confiaba en que no fuese Allan, y combatía el deseo de conectar el contestador de su padre. Pero estaba segura de que la mayoría de las llamadas eran de Ha
Aunque no había tenido energía para comer, se había bebido las dos botellas de vino blanco. Cubrió las verduras cortadas con una envoltura de plástico, cubrió también el arroz lavado y lo guardó en el frigorífico. Las gambas marinadas, que seguían en el frío reducto, se mantendrían bien durante la noche, pero, para mayor seguridad, Ruth les añadió el zumo de un limón
Tal vez la noche siguiente le apetecería comer algo. (Quizá con Scott Saunders.)
Estaba segura de que su padre volvería. Había esperado a medias ver su coche en el sendero por la mañana. A Ted le gustaba el papel de mártir, y le encantaría darle a Ruth la impresión de que se había pasado toda la noche en el Volvo
Pero por la mañana no había ni rastro del coche. El teléfono empezó a sonar a las siete de la mañana, y Ruth siguió sin responder. Buscó el contestador automático, pero no lo encontró en el cuarto de trabajo de su padre, donde solía estar. Tal vez estaba averiado y Ted lo había llevado a reparar
Ruth se arrepintió de haber entrado en el cuarto de trabajo de su padre. Por encima del escritorio, donde ahora Ted sólo escribía cartas, y clavada con una chincheta en la pared, estaba la lista de nombres y números telefónicos de sus actuales adversarios en el squash. Scott Saunders figuraba en lo alto de la lista. A Ruth le bastó ver ese dato para decirse: "Bueno, ya estoy liada otra vez". Junto al apellido Saunders había dos números telefónicos: el de su domicilio en Nueva York y otro de Bridgehampton. Ruth marcó este último, por supuesto. Aún no eran las siete y media, y, a juzgar por el tono de voz al otro lado de la línea, le había despertado